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Full text of "Luisa Luisi Ideas Sobre Educacion"

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LUISA LUISI 



IDEAS SOBRE 
EDUCACIÓN 

CON UN PRÓLOGO 

DEL 

Doctor VICTOR MERCANTE 




EDITOR: MAXIMINO GARCÍA 
MONTEVIDEO 
1922 



Prólogo 



7 



PRÓLOGO 



Conocí ;i líi St.'i, Luisa Luisi, leyendo sus versos con el 
encanto con que leía a Teócrito, Sófocles, Darío y 
Xervo antes de escribir «Frenos ^. Me seducían los temas, 
la forma, la simplicidad elocuente de la estrofa; la manera 
de verlos fenómenos, de penetrar en los interiores, de sen- 
tir el alma de las cosas, en imágenes de una incomparable 
bflleza. «En el lozano vergel de sus versos, decía Gandol- 
fo, hay flores de íntimo perfume y flores cultivadas al 
calor de la ciencia. Seduce por sus sentimientos variados 
y liondos, como las horas de inquietud y renovación que 
a nuestro pesar vivimos». 

Así es el < Canto a la Luz», así «Mediodía», así «La jor- 
nada del peroiírino», así «Sentir- e «Inquietud», libros 
que asiíínarán a f-uisa Luisi, cuando el historiador analice 
reposadamente, la obra de los bardos americanos, un lu- 
i^ar en la fila ilcstav.ada del Parnaso. Atravesamos una 
época en qui? se escribe mucho y no se lee, confundien- 
do flores y hojas, hastiados del papel y tanta lámina cuyo 
efecto ha sido insensibilizarnos para la emoción, de la 
misma manera que la cocaína insensibiliza los órganos 
para el dolor. Ul escritor sin los recursos llamativos de 
las columnas, a menudo poco sinceras de un diario, debe 
sentir el tormento de .un.-i duda continua, difícilmente di- 



8 Prólogo 



sipadu cun uua ^rjLn (ú, un trance de ácr juez de sí mis- 
mo. La Popularidad y el Silencio viven divorciados»por- 
que no pueden entenderse, como si la luz del siglo vivido 
sumiera en tinieblas nuestro juicio. Pretendo, así, e.xplicar- 
me \i\ indiferencia con que suele recibirse no solamente 
por el público sino por la prensa, ya consajjrada al cine 
y a los deportes, la producción intelectual, sino lleva una 
lirma amartillada violentamente sobre als^ún yunque, o 
impuesta con «resto matoide. «Nos hemos acostumbrado 
al aviso.;) 

Luisa Luisi, como .\da Ncgri, es educacionista; consa- 
jjíra parte de su tiempo a la literatura did;'ictica, abordan- 
do temas de circunstancias, ya sociales, ya profesionales, 
que como los de este libro, son de una concepción madura 
y se resuelven en indicaciones que se destacan por su 
penetración y claridad. Pienso como ella, que «el problema 
de la educación en nuestro ambiente» es moral, ligado 
intimamente al canicter y a la cultura. El Congreso de 
Río Janeiro tenía en su programa «La formación de la 
élite j, cuestión que preocupa hoy a los europeos, bajo el 
nombre de « educación de los más aptos », tema de mis 
lecciones en la Universidad durante quince artos. En « La 
Crisis de la Pubertad >, impugné a la escuela su carúcter 
nivelador y me extendí acerca de lo imprescindible que 
es ofrecer al niilo < oportunidíules > a sus tendencias; so- 
bre este principio se basaba la reforma que como direc- 
tor General de Enseñanza propicié en 1913, decretada 
por el ministro Saa\"e».lra Lamits. Fisher, ministro de edu- 
cación inglés, declaró hace poco: « El gran problema es- 
triba en dar a todos los niños una igualdad de oportuni- 
dades. Es preciso que los que tengan la capacidad inte- 
lectual y el vigor moral para elevarse por encima de la 
condición en que nacieron, tengan los medios de triunfar; 
es preciso que el creador, el inventor, el hombre de ac- 
ción, el jefe que, ignorado por si mismo está oculto en el 
nirto qui' ocupa un banco, encuentre ambiente favorable 



Prólogo 



9 



para su desarrollo .> El ministro Destré, inspirado en esas 
razones, hu presentado un proyecto relativo <a los más 
aptos > cuyo punto esencial os la creación de fondos mu- 
nicipales para favorecer su educación. Estamos después 
de la guerra, tocando el punto que preocupara antes que 
estallara, alrededor del cual han de resolverse los proble- 
mas de la edificación, de los pro.srnmas, de la disciplina 
del caríicter, del trabajo, del fin mismo de la escuela, que 
prepara para la vida. Descubrir las tendencias, darles am- 
biente, despertar intereses, favorecer actividades, son las 
premisas del silogismo escolar que involucra el Je la con- 
ducta y del carácter, hábilmente considerado por Luisa 
Luisi en sus primeros capítulos, insinuando procedimien- 
tos que contribuirán a reformar el sistema secular del 
« :uila », en el que maestros y niños lanfíuidecen como en 
una prisión arcaica, llenos de ansiedad y desasosiego, en 
la molesta situación del que resiste la vara niveladora de 
la disciplina, en un ambiente extraño a esa naturaleza en 
la que el espíritu de la poetisa encuentra tantas seduc- 
ciones. El carácter no puede acentuarse sin la libertad; una 
libertad de escuela abierta, de escuela cultural, de salas 
de trabajo y laboratorios; de cauces y vocaciones en que 
cada herencia, que no tenemos porqué suponer mala, fa- 
vorecida por el ambiente, pueda triunfar. Esta reforma 
se alcanzaría comenzando por abandonar la práctica inex- 
plicable de la inscripción por edades, cual la de un biblio- 
teciuio que colocara en los anaqueles los libros por su 
tamaño. El aula así, (ís un campo de batalla en el que to- 
dos pierden algo de sus mejores aptitudes, es decir el ex- 
poncnte de su carácter que es distinción del genio. El o. 
xamen atento de uno o dos años nos autorizarla a cons- 
tituir grupos de aptitudes análogas que recibirían la edu- 
cación adecuada sin violencia, sin contrariedad, sin renun- 
ciamientos, sin esa lucha penosa entre el maestro y el 
alumno que deja amarguras y odios, funestos a la vida. 
Son los frutos de una intL-rpretación equivocada del sis- 



10 



Prólogo 



tema líuicasteriano, del sabor y do la enseñanza seguidos 
por comodidad y h;\bilo, aunque el razonamiento admita 
la falsedad del principio en virtud del cual los escolásti- 
cos creían que todo lo que se enseñaba se aprendía. La 
Sta. T.Aiisa f.uisi, merced a la perspicacia de su observa- 
ción, señala una vez más el producto defectuoso de ki es- 
cuela al que contribuye un ho.yar que, sorprendido por 
los extraordinarios proixrosos del siulo XIX, no ha sabido 
seguirlos y es su víctima, seducido por el lujo, los place- 
res y las div(írsiones a cuyo seiTicio h.i puesto la ciencia 
sus inventos. {Remediaremos esta subversión de intereses? 

Una escuela inteligente, prestigiosa, .autónoma, rueda 
principal del engraniijo político drl (>stado, puede formar, 
los hábitos de una conducta sana, prescindiendo del hogar 
o reducitündolo a una acción menos efectiva, en razón de 
su falta de condiciones educadoras o por sus condiciones 
desfavorables a la escolaridad. 

r^.i madre, en presencia del problema didáctico, no es 
una cooperadora del macístro, porque generalmente, no 
comprende en su hijo, sino una vida que fácilmente debe 
realizarse de cierta manera y llegar a un punto, extraña 
a los procedimientos que conducen y :i los obstáculos que 
se interponen. La madre y la educadora son pei-sonas dis- 
tintas, sí bien quísicr.imos en la primera, la segunda. La 
segunda cmcuentra en la primera una fuerz.-i antagónica 
en razón de que la primera cuida valores físicos; la se- 
gunda, valores intelect^iales y sociales cuy;i complejidad 
requiere estudio. 

f-a madre es lógicamente ciega a las ineptitudes del hi- 
jo y, como el buho de la fábula, ve en él un;i obra inejor 
que la de los demás. El educador, sin ese instituto que 
por otra parte, la madre necesita, descubre bondades y fal- 
tas, corrije y arma así p.ira la vida. -íCuida de ellos con el fa- 
nático instinto de la leona que defiende sus cachorros ame- 
nazados por el peligro .3 Fsa es l.'i madre; f-uisa Luisi. en 
su bello artículo, :idviert«« lo difícil de esta doble funci<in 



Próloíio 



II 



que juzi>'ü incoiiciliublc, por los hechos que refiere, Ues- 
cnvueltos en un campo sentimental materno. Pero su in- 
fluencia es y será por ali^unos sii^los i nc o n ti arresta ble; 
ella fijará rumbo a la conducta de sus hijos y será, por la 
tolerancia, quien mejor proteja sus instintos y quien sir- 
va de ejemplo a su conducta. Por eso que el momento de 
la crisis de la puhcírlad es el de la crisis de los hotrares. 
Toda mujer debería prepararse para ejercer como madre, 
íunciones educadoras; pero cn^o ¿lue la escuela del futuro 
se hará carjio del niiio no bien cumpla siet<' artos. La leo- 
na verá siempre en su hijo un cachorro. 

f-a vida es una sucesión de puntos activos qucí s^iran al- 
rededor de un fin o están reufidos por él; l.is relijíiones 
lo buscaron fuera de nuestro mundo; algunos filósofos lo 
concibieron absoluto como el bien. Pero la conducta es 
human.!, se dcsenviu-ivc; ilentro de un sistem.i <ín (M qutí 
las relaciones son l.i clave del por qué, porque ellas con- 
tienen los términos del cálculo qu«? debemos realizar a 
fin de que la existencia produzca esa sensación de liber- 
tad que el hombre anhela; la línea recta, una especie de 
fuija del sistema, se resuelve en la imposibilidad de crear 
una fuerza superior a la de la masa de la que somos par- 
tes, conflicto o perturbación que mantiene al hombre en 
la intranquilidad. La armonía :tsí, es el fruto de un siste- 
ma de curvas sobre cuyos principios descansa la escuela. 
Rs una convivencia de formas rey:idas por las leyes de 
la afinidad, f^o primero que se impone es la adapt.ación, 
o renunciamiento «oportuno» a sí mismo, mientr.is sea po- 
sible darscí ;i los ilemás sin desmedro dií la propia forma. 

Físicamente interpretado, el etioismo es la .-icumuiación 
innec»ísaria de energía y la manifestación de valores apa- 
rentes. La oportunidad es espacio en cuanto a luyrar; es 
tiempo en cuanto .i momento; características históricas de 
l:i d(-;termin:ición humana. Evitlentemente la educación su- 
i)erdinada .il factor líeoLfráfico, a la experiencia del pasa- 
lIo. ;i los anhelos tk'l porvenir, relacionados con «>l pre- 



12 Prólogo 



sentó, obedece ;i principios «íenerales dentro de un siste- 
ma. Poro sufre la excepcicSn de las perturbaciones p cri- 
sis do los sistemas locales, (porque todo si ;tema es un con- 
junto do sistemas) reíjrido a la voz por lej-os, las que, adap- 
tadas, explican no la vida universal sino la circunscripta 
del naoinento. Dichos iiioinontos son instables, se deforman 
y resuelven lacilinont;- en o! universal que los absorbe, 
í-a forma es, asf, limitada; so disipa, voncid.i la resislen- 
K'.'vA que encontrara la línea do irravilaciún. Ivl sentido ab- 
soluto de la recta es la n:ida. Rso que llamamos existen- 
cia y j)o;4n>so son las manifestaciones producidas por una 
condici<')n fundaiiKMital de la eneriíía de presentar diver- 
sos estados de condensación. No debemos, al observar el 
fenómeno humano, asombrarnos úv las desviaciones que 
ofrocií ;i o.'ida p.-iso, obsesionados por la recta, ilusión de 
sentidos que la imaiíin.ición corriiio: por el contrario, ;id- 
mitiéndolas como norm.ales a las que el pedaiío^iro debe 
consairrar su atención para adaptarnos; es la tendencia, la 
vocación, el y:enio en fin, que siiTue dentro del sistema, 
una curva propia. No otra razón do. ser tendría el esíuer- 
7.0 realizado por l;i psicoloirla durante los últimos años pa- 
ra procurarse un método para conocer la dirección de las 
líneas de fuerza del niño para que el educacionista las fa- 
vorezca dentro del plan que constituye el prosírama de en- 
señanza. El principio de lii relatividad que es el de la ap- 
titud con que cada uno entra en contacto con los elemen- 
tos del sistema, fecundo en consecuencias didácticas, es 
una base. La actividiad tiene un centro de lyravitación o 
un fin que la toolotjía y la metafísica han pretendido de- 
finir. Sií trata de un absoluto que el sistema repudia. Por 
eso insistimos sobre el valor didáctico de la oportunidad. 
La armonía, amor proclamado por la política comtiana, 
es educacit'm. 

Pero l.i t:xporiencia nos autoriza a pensar que el esfuer- 
zo continuo del hombre, p.ira librarse de la is»norancia, 
tiene por objeto la plenitud ro.ilizablo en las cosas cuan- 



Prñln^n 



15 



do identificadas en un sistema, comprendiMnos que lo fi- 
nito o dominio absoluto, es la muerte porque desaparece 
la inquietud o deseo frente al misterio. Es indudable que 
la incapacidad cierra la imaginación al goce de la belle- 
za en el jueiro de la armonía cuyas leyes nos empeñamos 
en descubrir. Si el presente fuera el único instante dijino 
de ser vivido ¿Como podríamos ir hacia lo infinito, con- 
cebir la relatividad de las cosas nacida no del antagonis- 
mo sino del amor al que debemos ese devenir de las for- 
mas, sensación palpable de la vida t|ue el hombre supe- 
rior siente en la especie como verdad? No nos represen- 
tamos lo compuesto sin una fuerza de atracción que úna 
los componentes: átomos, cosas, individuos, pueblos. Esta 
cópula se realiza lejos del sacrificio, en el deleite volup- 
tuoso de ceder cuíUidadí.'s — en cuya conservación se em- 
peña el egoísmo - para que el mundo oirozca aspectos 
más pintorescos de su propia existencia. De esta suerte 
se cumple el primer objeto de la vid:i, la inmortalidad. 

Somos actividades que se resuelven en formas nuevas, 
f^a muerte es un trance para librarnos de lo realizado, 
cada vez que nos es dable mirar atrás. í-o inferior no es 
lo imperfecto. De la misma manera que la base de un edi- 
ficio sostiene las partes más elevadas donde es más grata 
la vida, así lo inferior explica designios y actividades en 
un campo de más luz, haciéndoles percibir el progreso 
como un estimulo para que el momento no nos detenga. 

La apro.Kimación del hombre a las cosas así no está 
librada a la voluntad sino a las inclinaciones, legado de 
la herencia con el que podemos actuarnos sin conflictos con 
nuestros semejantes; el ^^isteina, en su unidad, se nos ofrece 
variado y propicio, como caminos que condujeran al mis- 
mo centro, o del centro a diversos puntos de l.i curva en 
donde no primara otra ambición que la ile la marcha, f-a 
Humanidíid, por cierto, no consigue abrir del todo sus 
ojos a esta amplitud en la que caben las aspiraciones 
miis opuestas, precipitando por una angostura todos los 



Pmln¡ia 



inlcroses y en todos los hombres. ITna situaciyn in- 
c«)moU:i product roaccioin^s. al senlirst', los inadaptados, 
oprimidos y contrariados i n sus propias icndenciiLs. De 
allí actos de Tuerzas, iras y odios; riMvindicaciones y voc(!S 
do libertad. I,a cioiioia contribuye- con sus i'xplicacioncs, 
incdianlc o\ raciocinio, a atenuar los estados violentos o 
de sometimiento incondicional a la ley del fuerte, demos- 
trando que en el mundo nada es supei íluo; que los caminos 
son libertados puesto que satisíacen deseos; que los as- 
pectos son solicitaciones para comprendíamos dentro de 
él on la persecución de ideas que, ur-icias .i lo incontrover- 
tible de la síntesis, deben lundii-se con el ide;»l común, 
«más allá de las cosas», sensibilidad del espíritu a la ver- 
dad y a la belleza desprendidas d<'l interés con que el 
eiíofsmo trata de iiravarlas. 

Iil mal, a piísar de las razones aducidas en favor de la 
tesis colectiva, es la inadaptación del individuo al medio 
y se debe a la ineficacia de los esfuerzos para vencer 
las resistencias que determinan la imposibilidad que el 
buen sentido advierte en nosotros misnios. \o es el an- 
taiíonismo entre las cosas y el espíritu, sino la ausencia 
de alinidad entre el hombre y su objeto. Adaptarnos es 
relacionamos nicdiante la compnmsión y concebir no al 
través de los prejuicios de nuestra herencia paterna, sino 
ilesde las cimas de nuestra vida interior. 

r>a tendencia del hombre a considerarse una nota de 
arnionía en todo< sus i-ontactos, eleva, dolando a su per- 
sonalidad de ese viiíor afoclivo que constituye el otro as- 
pecto de la cxisti-ncia. N'iiiLiún dereeho teneinos di* lamen- 
tar los reveses sufridos por nuestros atropellos inca- 
pacidad de consciTuir lo que apeteoemos. Sin embariío los 
inconvenient(?sdel instado de inferioridad se salvan median- 
te la preparación de condiciones. Tal es el propósito de la 
cultura, cuyo carácter es histórico. N'o podríamos así. ob- 
jet.ar (-1 espíritu con que se ha di-seiivuelto la enseñanza 
y las previsiones adoptadas ilesde la (.'scuela primaria pa- 



Pm'mrn 15 

r:i disciplinar (>1 individuo m la obra de los demás a fin 
de comprender la propia. Pero- reconozcamos la uravila- 
ciún hacia el pasado y la tendencia a una estabilidad que 
es- el renunciamiento a la vida. 

La civilización de occidente pcrsiiíue los mismos idea- 
les desde hace treinta siijlos, en un callejón que no sabe 
como abandonar, no ob>ítante las contrariedades que sufre. 
Sus hombres tratan do jasti [icarias desde que la evolución 
colectiva al par de la biolóyica, no es una recta ítscenden- 
t(; sino una curva sometida a las crisis inevitables de unii 
e..Kperiencia insuficiente pero no tanto que quite el carác- 
ter de accidente al fenómeno. De esta suerte admite ma- 
les necesarios como la lucha por la vida y abre una puer- 
ta a la esperanza cuando declara su fe en la selección que 
un día habr;i de (,Mnancipanios, sufriendo en las llamas del 
examen, una especie de redención para ir lejos, lo que 
serííi la cosecha anhelada. Los filósofos, a pesíir de 1:ls 
tentativas de Santo Toinás, Descartes, Kant. Comte y 
Spenc.^.r han explicado la vida y su ética al modo grie;;o. 
.Vos afanaríamos inútilmente buscando una contradicción 
entre ellos o caminos que condujeran a puntos diferentes. 
La insinceridad de los catedriitícos obcecados por la idea 
de que cada época tiene su pensamiento, ha puesto en 
pu.i>fna la obra de los conductores iluminados por Platón, 
de quién, por otra parte, se dijeron siempre .sucesores. 
Tarde putlo, sin esfuerzo, advertir en el hombre, un te- 
naz empeño de imitación y Bcr¡íson nota que la evolu- 
ción creadora, es una acción lenta y difusa de cambios, 
pues « a la inteli^íencia no se presenta con claridad, sino 
lo inmóvil, caracterizado por la incomprensión de la vida ». 

La escuela contemponlnea ha intentado substituir su 
pivrama ».le historia por otro de creación y descubrimien- 
to. El círculo vicioso le ha vuelto a una práctica menos 
verbal pero no menos conmemorativa, al con.satfrar la re- 
peticiiMi para comprender el pasado, del que. hasta ahora no 
sabe prescindir, como un barco que navejía, de su brújula. 



Prólogo 



ünívorsidados como la de í-a Plata intentaron eman- 
ciparse, consai>:r:indose con fé a la investiijación. í*ero hí- 
pico era suponerlo, líl Jiliimno y «1 catedrático, opusieron 
la rpsislcíncía de la inadaptabilidad a los procedimientos 
que debían volvernos a la fórmula histórica, caracteriza- 
da por el imperio del libro, un álbum de vistas seducto- 
ras de la olir.L de los antepasados. La política comunmen- 
te rcííresiva de los pueblos nuevos, advierte a cada ins- 
tante la inoportunidad del esíuerzo para abrir la puerta 
por donde creemos recibir más luz. 

Til principio de adaptación supone actividades modifi- 
cadas por el factor ¡jreoírráíico de un punto. .Mas, es muy 
cierto i|ue sea cual fuere la fuerza de gravitación que 
obra sobre el hombre, subsiste en úl la libertad de ser- 
vir a un fin. Así como una ética sin ciencia no puede 
evitar la muerte, una ciencia sin ética no puede evitar la 
dispersión úk\ las actividatles porque usa las leyes y los 
inventos como armas de suicidio. Cuando el lobo despier- 
ta, los palacios mejor construidos son insegruros y la in- 
tranquilidad nos atormenta. 

La salud, ind¡scutiblem(;ni<', conserva el sistema, pero so- 
lo nos aproxima a la plenitud del alma, cuando gravita 
hacia la bondad de las cosas; la moral es tan necesaria 
que la vida es irrealizable sin ella. El siglo XX es una 
campaña formidable contra las enfermedades, di.!;na del 
iníls ardiente, elojíio. .Son los empeftos de las socied.ides 
protectoras, de los hit>:ienístas y los médicos para extir- 
par la enfermedad mediante el xseo, la nutrición, los tra- 
tamientos especiales y la profilaxis. Pero por otra parte 
advertiremos la incapacidad ilel hoyar, la escuela y los 
i^obiernos para contener la acción disolvente del teatro, 
los deportes, el juejío y la diversitin en los que se preci- 
pitan los intereses de la juventud. El vasto proí^rama de 
la EujLíenia. esbozada en consiresos recientes, tropieza con 
este aspecto critico de la tendencia. La inmortalidad, princi- 
pio conservador de la evolución, seduce como verdad estéti- 



Prólogo 



cu; pero la conducta no atina con cl camino que nos condu- 
ce a ella, sino por la violencia; ensayamos así marchas au- 
daces que sufren los accidentes de la curva cuando preten- 
demos substraemos a la gravitación del sistema a que se 
sudordinan las leyes del mundo ético no menos que las 
del mundo físico. Sin embargo el conocimiento, de ca- 
nlcter previsor evita el combate rudo; medimos el hombre; 
medimos las cosas. La conducta es la curva de nuestras acti- 
vidades. La escuela debe crear intereses dentro de la ten- 
dencia, porque ésta sea cual fuere, ofrece siempre un as- 
pecto constructor. Se ha tenido, sin embargo fé, en la ni- 
velación y miedo a las tendencias en las que el aula 
supone el caos. En verdad, esa fuerza que gastamos en 
conducir por un mismo camino las actividades, no pro- 
duce sino rebeldíiis porque es contraria a las líneas de 
orden del sistema. El interés es el producto de la li- 
bertad con que se manifiestan los sentimientos en contacto 
con las cosas. La voluntad del maestro no es un centro de 
gravitación; es una fuerza de excitación convertida en 
método para que el interés se resuelva en una forma. El 
conocimiento canaliza la energía adquirida en el contacto; 
solo íisí cada individuo realiza su obra sinceramente. 

La Sta. Luisi al solicitarme este Prólogo, me ha ofrecido 
la oportunidad de dar la síntesis de los principios que 
profeso en educación, en las primeras páginas de su con- 
ceptuoso libro. 

V. Mercante 

La I'lata, im. 



s 



/;■/ Probtcma üc la educación en nuestro ambiente 19 



El problema de la educación 
en nuestro ambiente 

1 

MISIÓN EDUCADORA DE LA ESCUELA PRIMARIA 

Pretender curar por leyes o decretos, males que afectan hon- 
damente a la naturaleza humana, es tarea vana, ya que sólo 
un carácter elevado, una conciencia escru|nilosa y un alto con- 
cepto del deber pueden en la vida privada como en la vida' pú- 
blica, asegurar un porvenir feh'z y grande a la humanidad en- 
tera. Las leyes, accidentales y pasajeras, sólo pueden aliviar los 
males, que sólo serán radicalmente curados cuando el concep- 
to del deber sea suficientemente firme para sobreponerse a la 
ambición, al interés o a la vanidad personales. 

Es a la escuela a quien pedimos el odvenimiento de esa hu- 
manidad futura y en ella colocamos nuestras más caras espe- 
ranzas, convencidos de que su acción nioralizadora será lo tí- 
nico que pueda penetrar en las capns hondas de la sociedad, 
y cambiar radicalmente los conceptos equivocados de la vida, 
sustituyendo, en los caracteres que se forman, por ideales des- 
interesados y puros, los actuales y mezquinos intereses que ri- 
gen la mayoría de las acciones humanas. ¿Será exagerar la 
importancia actual de la escuela primaria, esperando de ella 
más de lo que puede dar? ¿Es, acaso, una utopia pretender que 
ella cambie la faz de la humanidad y que nos dé el remedio a 
los males de las actuales democracias, males que devoran los . 
pueblos y los arrastran a un término que no podemos prever? 



'20 }£¡ Problema de ¡a educación en nue<^tro ambiente 



En todo caso la experiencia diaria nos prueba (|ue no estún 
en relación suficiente la importancia teórica y la Itiiportancin 
práctica de la escuela primaria. 

Es preciso buscar las causas profundas de este estado de 
cosas, estudiando los males que devoran nuestras escuelas y 
entorpecen y debilitan su acción. 

Es preciso tener el Valor suficiente para denunciarlos si se 
quiere que estos males sean alguna vez curados. 

Nuestras escuelas no dan todos los Frutos que estamos en 
derecho de esperar de ellas; no forman caracteres, no educan, 
ni mejoran la humanidad. 

La sociedad de hoy no es más elevada, mus moral, mus des- 
interesada que la sociedad de hace cincuenta aflos. 

No nos importe saber que hay, hoy, mayor número de hom- 
brea y mujeres que saben escribir y leer, que hace cincuenta 
aflos; de nada sirve la instrucción sino acompafla a un carácter 
íntegro y a una elevada concepción del deber. El mal será más 
grave, si a las ambiciones naturales se agrega un instrumento 
nuevo para satisfacerlas, y la instrucción es un instrumento que 
tanto puede colocarse al servicio de las causas justas como al 
servicio de los intereses personales. 

La escuela primaria, factor importantisimo de instrucción, 
perfeccionado maravillosamente en estos últimos cincuenta años, 
es deficientísimo todavía como factor educativo. La parte de 
educación moral que derrama en torno suyo es muy débil, con- 
trarrestada sin cesar por la acción muchas veces contraprodu- 
cente del hogar. 

Se ha querido ver en esto un bien en vez de un mal. La 
uniformidad absoluta en la educación, el sometimiento de la 
sociedad entera a un tipo fijo de carácter, establecido por el 
estado y al cual deban sujetarse todos, es indudablemente, la 
supresión de las personalidades fuertes y vigorosamente des- 
tacadas, la nivelación completa que, al colmar los abismos su- 
prime de golpe las cumbres atrevidas y victoriosas. 

La ingerencia demasiado pronunciada del E.stado dentro de 
la formación del carácter puede traer como consecuencia cj 



yj Pmhh'ma de la educación en nuestro ambiente 21 

debilitamiento de este mismo carácter que pretende formar. 
La escuela, al arrogarse funciones propias del hogar, va más 
allá de sus fines y acaba por falsear su verdadero fin. 

Tales son los argumentos con que se pretende combatir la 
obra educadora de la escuela como organismo social en el 
temor de que ella absorba y anule la influencia del hogar, múl- 
tiple, variada, cambiante y encontrada, que mantiene la hete- 
rogeneidad de caracteres, de ideas, de aspiraciones e ideales 
necesariamente diversos y equilibrados dentro de cada socie-' 
dad. Los que combaten la obra niveladora e igualitaria de la 
escuela temiendo que ella, como rama de la colectividad, con- 
tribuya a la disolución de la familia al descargarla de su más 
noble y elevada misión, sustituyendo a su influencia concreta 
y personal la influencia oficial, descarnada y seca como todo 
organismo gubernativo. Ven en la escuela, más qnc la obra de 
educación, un factor de aniquilamiento de la familia, grave- 
mente amenazada por las nuevas leyes que hacen posible su 
disolución absolutu. 

Sin entrar para nada en este grave y profundo problema, 
vamos a combatir los argumentos expresados en contra de 
la escuela, cuyo concepto se falsea al pretender que anula la 
obra normalmente preponderante del hogar. El peligro existi- 
ría, y seguramente grave, si la escuela fuese por casualidad el 
«único» factor educativo de la sociedad; si las leyes impusie- 
ran como obligación ineludible el envío de «todos» los niflos 
a la escuela pública. Pero no es esto lo que sucede, ni éste el 
ideal a que se aspira. Lejos de pretender la nivelación des- 
tructora de las costumbres, pretendemos dejarlas subsistentes, 
colmando los abismos de la miseria y la ignorancia. Junto a 
la acción de la escuela, paralela, encontrada o divergente, la 
acción del hogar debe subsistir, como debe subsistir la múlti- 
ple y variada acción de la enseflanza privada, que mantiene 
la diversidad de tendencias y la diversidad de aspiraciones, 
marcando mil rumbos diversos a la actividad insaciable de los 
hombres. 

El fin de la escuela primaria es proporcionar la educación 



'22 El Problema ilc la educación en nuestro ambiente 

u aquella purte du lu sociedad que quedaría privada de ella 
si la escuela no existiera. La escuela primaria peftenece de 
derecho a aquellos que no <pueden> recibir educación en su 
lio'jar. Es un correctivo y un complemento de la acción de 
este; de ningún modo un sustitutivo de ella. 

La influencia educadora de la familia, tomando la palabra en 
el sentido restrin<^ido de educación consciente y metódica, es 
una influencia nu'nima dentro de la sociedad. El hos^ar que educa 
realmente constituye una aristocracia cada Vez nuUs limitada por 
las incesantes y crecientes necesidades de la vida, que ale- 
jan a los padres de sus hijos, arrastrados por la corriente ava- 
salladora de las dificultades económicas. La obra de educa- 
ción es obra aristocrática, como toda obra que requiere lar- 
«jo tiempo disponible para dedicarse a ella. La inmensa mayo- 
ría de las familias no puede darse el lujo de una educación 
razonada y metódica. 

De ahí la necesidad de confiara manos especialistas la edu- 
cación de aquellos que no encuentran en su propio hogar por 
falta de tiempo o de disposiciones para ello, los cuidados que 
requiere la formación del carácter. De ahí la necesidad de la 
escuela pública. Ella deja subsistente la educación personal 
y privada; no la absorbe ni la anula; pero colma los vacíos por 
ella dejados y proporciona a los desheredados de la suerte su 
parte de enseñanza moral y de influencia educadora. 

Pero hay otra razón que aleja el peligro de la uniformidad 
en la educación. Los programas de enseñanza, los horarios, una 
orientación general dentro de la obra de la escuela, pueden 
ser impuestos por decretos gubernativos; pero la compleja y 
delicada obra de la educación del cunícter, debe forzosamente 
quedar librada ul criterio personal, a tas condicione? de la natu- 
raleza, a esa sugestión nativa propia del educador y que no se 
adquiere ni se modifica por leyes ni decretos. La educación 
es obra del razonamiento, hasta cierto punto solamente. iVlns 
que de ól depende del interés que en el niño sabe inspirar el 
educador, y de esa especie de contagio moral que hace perni- 
ciosa o favorable la presencia de algunas personas; contagio 



El Proh/cnta de la eiliicación en nuestro ambiente '25 



más o menos activo seijiiii la fuerza convincente de cada na- 
turaleza, que obra algunas veces por simple presencia, derra- 
mando en derredor, su niajinética influencia y perfila en la 
historia, a veces un Cristo, a veces un Napoleón conductores 
de las masas populares para el ensueño o para la acción. 

Por eso no puede ser uniforme la educación moral de la 
escuela. Dentro ile la orientación <jeneral de la enseilanza, la 
educación conserva los múltiples caracteres de sus múltiples 
factores. 

11 

POR QUÉ LA ESCUELA PRIMARIA NO EDUCA 
LAS CLASES NUMEROSAS Y LA DISCIPLINA ESCOLAR 

Hemos estudiado en el capítulo anterior la necesidad de 
la obra educativa de la escuela primaria; combatiendo 
los argumentos de aquellos que sostienen que la educación 
debe ser lu obra exclusiva del hogar. Dado por demostrado, 
pues, que la escuela debe ser ante todo educadora, veamos si 
cumple, en nuestro ambiente y dentro de la organización que 
tiene en nuestro país, la alta misión que le está enconiendoda. 

La formación de un carácter es la obra larga y paciente 
de una considerable suma de esfuerzos, y el resultado de un 
complejo y activo bullir de influencins, que se entrechocan, 
se cruzan, se modifican, se aiuilnn o se fortifican: liúbitos, 
tendencias, gustos personales, herencias o atavismos, sugestio- 
nes, razonamientos, ejemplos tomados de la diversidad de am- 
bientes y frecuentaciones; pues cada ser, cada cosa, cada una 
du las mil contingencias (|ue componen la vida, influye sobre el 
carácter aún del adulto, constantemente en vías de modificacio- 
nes y de transformaciones. De esa compleja y heterogénea 
mezcla de factores diversos, nace la personalidad de cada uno, 
como resultante de esa enorme suma de fuerzas que solicitan 



24 El Problema de la educación en nuestro ambiente 

en mil seiitídüs dtfuruiites el ulii:a iiuiiiuiui. Nadie pued« pro> 
nostícar el resultado definitivo de esa lucha, pues queda des- 
conocida para el educador una jjran parte de las influencias 
que obran sobre el carácter del niflo. 

Sólo conocemos del alma infantil, como del alma del hom> 
bre, las manifestaciones exteriores: sus reacciones, máseme- 
nos Violentas. Pero esas misinus reacciones que en muchos 
casos son demasiado débiles para ser percibidas, — sin que es- 
to implique debilidad en la modificación sufrida — son inter- 
pretadas por cada educador se^^ún el reflejo de su propia na- 
turaleza. Creemos muchas veces sin importancia, la influencia 
de una palabra, de un ejemplo, que se graba en la mente del 
niflo, sin que éste reaccione de inmediato en un sentido o en 
otro; creemos olvidada, desaparecida esa influencia, destruida 
bajo la fuerza de las mil otras que hieren su atención; y al 
cabo de largo tiempo, una tendencia fortalecida, un hábito ad- 
quirido dan razón de aquella causa nimia que muchas veces 
no podemos apreciar. La resultante aparece tan modificada 
por las mil otras fuerzas que obraron sobre el alma infantil, 
que nos es imposible descubrir la parte correspondiente a nues- 
tros actos. Por eso nos sorprende tantas Veces el resultado 
inesperado de la educación. Se da una importancia exa({erada 
a las palabras, pensando que el razonamiento es el más fuer- 
te de todos los móviles de la conducta humana; y se cree 
que después de haber enseñado la belleza de la caridad, de 
la abnegación, del respeto mutuo, de la dignidad, se ha for- 
mado un carácter. Pero se olvida que en la existencia diaria 
ese móvil está contrarrestado por mil otros, que, en la mayo- 
ría de los casos, son suministrados por el mismo educador; 
ejemplos de su vida corriente, ideas y conversaciones emi- 
tidas delante del niño, pasada la hora de la enseñanza, y en 
contradicción con los hermosos discursos expresados. Se sepa- 
ra Violentamente de la vida de todos los días, la vida teórí- 
ca que se enseña, y el niño, sincero, deja para la hora de la 
enseñanza teórica, las hermosas ideas y los sentimientos no- 
bles. Teniendo en cuenta la enorme y variada diversidad de 



El Problema de la educación en nuestro ambiente 'Jó 

factores que cooperan a la formación de un carúcter, es na- 
tural, sin embargo, conceder una parte preponderante a aque- 
llas fuerzas que, por su intensidad, o su constancia, obran más 
directamente y llegan a vencer a sus contrarias. 

La escuela por su carácter metódico y científico, obrando 
sobre el alma del níflo con toda la fuerza de su prestigio mo- 
ral y social, debe tener preponderancia sobre las otras, siem- 
pre que éstas, por su frecuencia, por su número, o por que 
adulen las tendencias hereditarias no la debiliten o la anulen. 

Esto es precisamente, lo que ocurre en nuestras escuelas 
públicas. Hemos tratado de sugerir la idea de la dificultad y 
de la complejidad de la formación de un carácter y de la enor- 
me lucha que debe sostener la fuerza dirigente, contra todas 
las fucfirzaa que la combaten. Pero si esta dificultad es grande 
en la formación de un carácter, cuando el educador puede es- 
tudiar todas las reacciones del sujeto, sus tendencias, y sus 
hábitos, esta dificultad se agrava en escala infinitamente su- 
perior, cuando el maestro debe distribuirse entre 50 o 60 
alumnos cuyas familias no conoce; que permanecen para él 
extrailas cuando no enemigas, tanto durante lus horas de cla- 
se, como durante la hora de la vida familiar. 

El maestro tiene que luchar contra enemigos cuyo número 
y cuya fuerza no conoce, dentro de cada carácter, que la 
mayoría de las veces, no se manifiesta como es. 

Mil causas diferentes contribuyen a destruir la obra educa- 
tiva del maestro, que agota sus energías y pierde sus entu- 
siasmos frente al resultado mezquino o nulo de sus desvelos. 
El elevado número de alumnos confiados a cada maestro, es 
ya por si solo, causa suficiente para entorpecer la obra de la 
educación. Es sabido que en las familias numerosas, la forma- 
ción de los caracteres se dificulta porque la madre no puede 
atender como sería necesario a cada uno de sus hijos: y que 
generalmente quedan perjudicados los últimos en favor de los 
primeros. Pues bien, en la familia, la madre está en contacto 
moral y material con sus hijos durante todas las horas del 
día. Las mil contingencias de la vida del hogar le permiten 



'Jtí El Problema de la educación en nuestro ambiente 

estudiar eii lu diversidad de sus manifestaciones todas* las fa- 
ces del carácter de sus hijos. Sabe qué tendencias *son las 
que es necesario fortalecer y cuáles es preciso contrarrestar. 
Tiene en su mano el medio de substraer los caracteres que 
se forman a los ejemplos perniciosos y a los medios que pue- 
dan perjudicarlos. Rodea el alma de sus hijos de una atmós- 
fera moral cuya composición conoce y modifica. Es, en una 
palabra, la única modeladora del carácter. 

Y con todas estas facilidades, teniendo en su mano el cariño 
Instintivo, el respeto de sus hijos y el conocimiento profundo 
de sus almas, se declara incapaz de educarlo (hablamos aún 
de las madres mas instruidas y de condición desahogada) por- 
que son demasiado numerosos. Júz;{uese la posición del maes- 
tro que tiene a su cargo .50 o 60 alumnos, que se le ¿onfían 
solamente durante A horas diarias, — y no todos los días, — 
tiempo que debe emplear en la enseilanza de pogramas esta- 
blecidos, de una extensión que no se debe desdeñar. 

Todas las horas del día escolar, hasta los menores instantes 
están destinados de antemano por horarios a los cuales es pre- 
ciso sujetarse a riesgo de no cumplir los programas. No es 
posible destinar siquiera una hora diaria «a no hacer nada» es 
decir, a conversar con los alumnos, a estudiarlos, a inspirarles 
confianza a fin de que se demuestren en la sinceridad de sus 
naturalezas: a dejarlos en libertad de obrar espontáneamente 
a fin de conocer sus tendencias naturales; corregir unas y es- 
timular las otras. Ese «no hacer nada» tan necesario, tan indis- 
pensable en la obra de educación; ese «no hacer nada» que 
es libertad en el alumno, que es movimiento de almas y es- 
pontaneidad de caracteres, no se puede obtener en nuestras 
escuelas, cuyas clases demasiado numerosas exigen una disci* 
plinu más o menos suavizada dentro de las exigencias de ca- 
da escuela, pero funesta siempre, tanto mus cuanto sea más 
estricta, de toda verdadera y razonada obra de educación.- 

Es este el mayor tormento del maestro verdaderamente cons- 
ciente de su misión. La obligación de cumplir los programas 
dentro del horario escolar, en cinses tan numerosas que el me- 



E¡ Problema de ía educación en nuestro ambiente '27 

lur iiijviiiiieiitJ, repetido en tíú, 7u, y aún 9i) aluninus, impide 
que se oiga la pniabrn del maestro, obliga a una disciplina 
que nivela los caracteres, cohibe las reacciones espontáneas 
de los niños y exige a tantas naturalezas diferentes las mis- 
mas manifestaciones exteriores. 

Entre la obligación de enseñar en un tiempo determinado, 
un conjunto de nociones determinadas. — enseñanza que debe 
ser fiscalizada cada año — y la educación del carácter, obra 
paciente, hecha de detalles y que escapa a toda fiscalización 
anual, nuestros maestros no vacilan — y nadie podrá conde- 
narlos por esto — y se dedican por entero, cuerpo y almo, a 
la enseñanza, disciplinando en orden admirable sus clases; y 
sacrifican así la obra de la educación escolar. La disciplina, 
indispensable a la enseñanza, es la enemiga principal de la 
educación. Y no es solamente en cuanto condena a una for- 
zada inmovilidad a los niños, revoltosos y desordenados por 
naturaleza, — que al fin de cuentas sería un mal relativa- 
mente pequeño, dadas las horas de recreo, y el escaso tiem- 
po de vida escolar, — sino y ante todo porque sus preceptos 
están reñidos con las mus elementales nociones de la justicia. 

Consideremos en efecto, una sola de sus manifestaciones, pa- 
ra no entrar en demasiados detalles: la hora obligatoria de en- 
trada. Una escuela bien organizada debe exigir a todos sus a- 
lumnos una puntualidad estricta, como educación de los hábi- 
tos, además del orden necesario para comenzar las tareas es- 
colares sin pérdida de tiempo. La orden debe ser general, sin 
excepciones, y acusa de injusticia la natural condescendencia 
del maestro frente a casos especiultsimos. Pues bien, aquellos 
que lleguen después de la hora deben ser castigados. Pero 
entre estos últimos, los hay que se ven obligados a infrin- 
gir la orden por cumplir tareas domésticas, muchas veces su- ^ 
periores a sus fuerzas, aún en los niños de pequeAa edad 
(el ejercicio del magisterio revela muchas miserias y muchos 
dolores); los hay que llegan después de horas por desidia de 
las madres, que no se preocupan en aprontar a sus hijos, y 
aún que los dejan en Ih libertad de asistir o no asistir n la es- 



12H El problema de la educación en nuestro ambiente 

cuela; los hoy que posponen la escuela a cualquier ocupación 
sin importancia, y que llegan a ella después de hora, de vuelta 
de un paseo, de una compra o de una diligencia sin impor- 
tancia; los hay cuya salud delicada los obliga a una hora es- 
pecial de comida; y los hay por último que deben recorrer 
distancias muy largas. 

Entre todas estas causas y mil otras que el maestro no co- 
noce porque quedan en el dominio del hogar, tiene aquél que 
seleccionar unas y otras, castigar éstas y disculpar aquellas. 
Pero el maestro las conoce solamente por las manifestaciones 
de los niños o las esquelas de los padres. Desgraciadamente 
los primeros mienten con desenvoltura admirable, enseñados 
muchas veces por aquellos, que sólo tratan de evitarles un 
castigo, sin pensar en las consecuencias morales de sus actos, 
y los últimos, mús culpables aún, no vacilan en firmar una fal- 
sedad con ese mismo objeto, destruyendo asi ia obra paciente 
de la educación. En esa colaboración del padre con el hijo se 
trata de engañar al maestro para evitar un castigo, y el niño 
aprende la utilidad de la mentira y la facilidad del engaño. 
Son aún mús graves las consecuencias. El maestro debe acep- 
tar la esquela firmada, pues no puede rechazarla sin acusar 
al padre de una mentira, delante de su hijo, aún cuando ten- 
ga la seguridad de que así sea, pues esto equivaldría a desau- 
torizarlo y a sembrar la semilla de la irrespetuosidad dentro 
del seno de las familias. En cambio sin la prueba escrita de 
los padres, o sin la convicción que dá el conocimiento de un 
cúracter, castiga al inocente que se ha visto retardado por 
su trabajo, premiando así, con la impunidad, el engaño, y cas- 
tigando no sólo la inocencia sino el trabajo. Hay mús. El 
niño, que por las comodidades de su hogar, asiste puntual- 
mente a la escuela, es recompensado, y castigado aquel que 
sufre ya desde tan niño el delito de la miseria y el abandono. 
Se dice que el maestro debe deslindar con su tacto y su de- 
licadeza, estas injusticias. Los que son maestros, y maestros 
escrupulosos y conscientes, saben perfectamente que en donde 
hay una buena disciplina hay una gran inmoralidad, que es la 



£/ prohlcma de la educación en nucslro anthienlc 



29 



injusticia. El caso que cito, es uno sólo de los mil que com- 
ponen la organización de una escuela. Cudntas resignaciones 
infantiles, cuántas miradas de sumisión, son la prueba evidente 
de todas las injusticias que se cometen en nombre de la augusta 
disciplina! 



LOS LOCALES ESCOLARES Y EL PROBLEMA 
DE SU EDIFICACION 



las clases demasiado numerosas, primera causa que obra en 
Lw contra de la educación en la escuela primaria, son la con- 
secuencia de la estrechez, de la deficiencia de los locales es- 
colares, muy lejos todavía de responder a ios necesidades de 
la educación nacional. El mal, que afucta hondamente a nues- 
tras escuelas y que destruye en germen los esfuerzos desinte- 
resados del maestro, tiene raíces múltiples y profundas. La fal- 
ta de locales escolares, es tal vez una de las mayores, que 
mantiene vivo y destructor el enemigo de la educación a pe- 
sar de combatirse las otras causas, muy importantes también, 
que cooperan a la destrucción de la obra educativa. 

Pero el problema de la edificación escolar, por la suma de 
capitales que requiere para su solución afecta a la nación en- 
tera, al paso que los problemas secundarios, quedan dentro 
del dominio restrini4ido de una sola rama de la administración 
nacional. Carecemos de edificios escolares. Es esta una ver- 
dad demasiado conocida para que insistamos sobre ella. Pero 
hay en esta verdad un mal entendido que es necesario disi- 
par. Cuando decimos que faltan locales escolares, no enten- 
demos que faltan locales expresamente construidos para es- 
cuelas, con todas las comodidades y todas las reglas que la 
pedagogía exige. Esto, por demasiado sabido, es inútil repe- 
tirlo. Lo que falta en nuestra población, especialmente en al- 



50 



•^iiiius radios cxcusivaineiitu poblndos, es Iti'^ar material donda 
colocar a los niños. 

Deniostrúbaiiios intís arriba, cómo el exceso de niñís en una 
clase, reduce el trabajo del maestro al de un simple trnsmisor 
de conocimientos elementales, despojiindolo por completo de 
su augusta y noble misión de educndor; y transforma a los niilos 
— que pierden su individualidad en el conjunto demasiado nu- 
meroso — en simples unidades de un todo i|ue se pretende 
transformar en homc^éneo. El muestro no ve ya, ni puede 
verlo, en una clase, la reunión de varias naturalezas diferen- 
tes .|ue es necesario ^niar y modificar, adaptándose a sus 
modalidades particulares, identificándose con cada carácter 
y poniéndose así en contacto moral con sus alumnos. El 
conocimiento individual de cada niño, se pierde en ese enor- 
me montón de cabecitas diferentes, que acaban por fundirse 
para el maestro, un un va^4o y movedizo con<jlonierado cuyas 
manifestaciones de conjunto son las únicas que pueden tener- 
se en cuenta para contenerlas continuamente e impedir asi 
que se desborden. La investigación de los hechos individuales 
se hace imposible por el tiempo excesivo que requieren; y se 
impone entonces la coacción y la prohibición, como medios de 
obtener orden y tiempo. Impedir que los niflos obren espon- 
táneamente para no tener que corregirlos, es el fin que se 
propone el maestro, rebajado, disminuido en sus nobles tareas 
por causa de una absoluta falta de espacio. Nada hay (|ue 
desmoralice tanto a un maestro, que conoce toda la importan- 
cia de su obra, como verse impedido de llevarla a cubo por 
una causa puramente material y túcilmente reparable. Fácil es 
destinar capitales, — y Veremos más adelante (|ue no nacen 
falta demasiado fuertes — en la reparnción de edificios esco- 
lares; lo difícil es encontrar naturalezas bastante abnegadas, 
inteligencias bastante cultivadas y corazones bastante desinte- 
resados para dar todas sus energías y todas sus actividades en 
servicio de una causa noble. Pues bien, cuando la casualidad 
o la natural evolución humana producen en un momento dado 
frutos de esta naturaleza, la sociedad parece complacerse en po- 



51 



iter trabas a la libre inanifestaciúii de sus energías y de sus idea- 
les. Después de iiaber dedicado muy loables y muy nobles esfuer- 
zos en elevar el nivel intelectual y moral de los maestros, se 
rebaja el nivel de las escuelas, impidiendo a esos mismos ma- 
estros, por causa de la deficiencia de locales, ejercer ta ple- 
nitud de su misión, noble y elevada únicamente por la influen- 
cia moral que ejercen en la sociedad. 

Desgraciadamente, esta grave y profunda influencia que 
ejerce la estrechez de los locales escolares, sobre su misión, 
no es la única que debemos lamentar en esta crisis — que 
esperamos pasajera — de la escuela primaria. Despojada de 
sus atribuciones de educadora por las causas apuntadas, le 
queda, sin embargo una misión importante que llenar, al com- 
batir y desterrar el analfabetismo de las clases desheredadas 
de la sociedad. Si bien este último papel carece de la eleva- 
da nobleza y de la casi omnipotencia que son patrimonio de 
la educación como factor activo de la sociedad futura, es sin 
embargo muy grande y muy importante todavía para conce- 
derle toda la importancia que merece. Pero la falta de locales 
escolares es tan grande; el mal es tan profundo, que llega a 
impedir el buen funcionamiento de las clases, hasta en ese 
reducido papel. En efecto, volvemos a repetirlo, los locales 
escolares son deficientísimos aún en las peores condiciones: 
deficientes materialmente, porque los niños son excesivamente 
más numerosos de lo que pueden contener esos locales. Nues- 
tras escuelas reúnen en salones con capacidad para 40 o 5C 
alumnos, 70, bO y a veces, hasta 100. Los niilos carecen del 
úrea que necesitan para moverse; carecen del cubaje de aire 
que la higiene les adjudica como mínimum, y aún así quedan 
.sin instrucción muchos niifos que no asisten a las escuelas 
porque no son admitidos en ellas, pasado con exceso el má- 
ximum que es posible admitir. Existe una ley que castiga con 
multa a los padres que no envían sus hijos a la escuela; pues 
bien, en muchos casos los niños quedan sin instrucción por- 
que la escuela no puede recibirlos. No se diga que exagera- 
mos. La mayoría de nuestras escuelas tiene un promedio de 



Til El problema de la cdíicación en niirsirn ambiente 

asistencia media muy superior al que puede atender. Los ma- 
estros al recibir en la escuela mayor número de niños de los 
que razonablemente debieran, tratan de repartir entre todas 
las criaturas la instrucción público, aún a riesgo de rebajar 
su nivel. 

Nada hay más triste que las escenas presenciadas diariamen- 
te al empezar las clases, cuando el maestro se resiste a admitir 
imis alumnos, y las madres se desesperan al ver a sus hijos sin 
escuela por un ailo mus. Y el mal se agrava día a día. Se 
agrava con el crecimiento de la población cada vez más in- 
tenso, y se agrava más aún con el desalojo que los propietarios 
significan a las escuelas. Estas deben funcionar en locales 
provisorios, generalmente alternando con otras en diferentes 
días o en diferentes horas. Las consecuencias de esta medida 
— la única que es posible tomar frente al desalojo de la es- 
cuela — son funestas para la organización de la enseñanza; no 
mencionamos ya la educación, perdida completamente en el 
nnutra'^io de todos los esfuerzos. El niño que no asiste regular- 
mente a la escuela pierde el gusto y la voluntad de continuar 
en ella. El mayor aliciente para la puntual asistencia de los 
niños, es que ellos mismos noten y aprecien sus progresos, y 
adquieran así la ambición de perseverar en ese camino. Con 
la asistencia alternada de clases se pierde completamente 
todo deseo, de parte de alumnos y maestros, de continuar una 
obra que de antemano se comprende fracasada, y se desor- 
ganizan excelentes escuelas y se desaniman elementos progresis- 
tas y entusiastas. 



Hemos tratado de suf^erir una idea aproximada de los gra- 
ves inconvenientes que trae aparejados para la causa de la e- 
ducación y la instrucción, la falta de locales escolares. Pero 
sus inconvenientes higiénicos son aún más serios, si cabe* 
pues afectan a- la salud de todo un pueblo al preparar una in- 
fancia debilitada y anémica por falta de aire y de movimiento. 

La falta de local, trae aparejada la condensación de alumnos 



¡:l problema de la educación en nncs/ro amlücnlc 



en los existentes; y ya sabemos las consecuencias funestas pa- 
ra la salud de las criaturas, que trae upiirejado el pasar 4 o 5 
horas encerradas en salones cuya capacidad alcanza solamen- 
te para la mitad de sus ocupantes. 

Asusta el porcentaje de tuberculosos que arrojan las estadís- 
ticas de nuestro pnís. A nadie soprenden'a esto, si conociera 
las condiciones hiyiúnicas en que funcionan las escuelas públi- 
cas. 

La infancia debe ser rodeada de mil cuidados, preservada 
de contagios, fortificadas con ejercicios al aire libre, con de- 
portes y juegos que o.xijíenen sus pulmones y desarrollen .sus 
músculos. Hues bien, en nuestro país, se la encierra durante 
las horas de sol en el invierno, en locales estrechos, sin ven- 
tilación; se la amontona como rebaño inconsciente y se prepa- 
ran asi '•eneraciones enfermizas y débiles, predispuestas a to- 
dos los couta'jjiüs y al desarrollo de todas las enfermedades he- 
reditarias. Y luejio se acotan los esfuerzos para curar el mal; 
el mal que se fomenta, que se incuba en los locales malsanos, 
y antihigiénicos. El alcoholismo concluye la obra comenzada, 
en coj,)eración con las fábricas; no e.vtrai^cmos pues, el núme- 
ro considerable de tuberculosos que arrojan las estadísticas de 
nuestro país. 

En muchas escuelas, que carecen de patios techados, los 
alumnos deben permanecer todo el día en ios salones de cla- 
se, ya sea porque la lluvia impide la salida a los patios descu- 
biertos, o |>orque el sol demasiado fuerte del verano hace im- 
posible la estada en ellos. En las escuelas que se reparten un 
solo local para dos o tres, — dos iiifimtiles y una de adultos, co- 
mo lo son la mayoría — el mal es más 'Jruve aún, pues la falta 
de intervalos entre el funcíoiiainíeiito du unas y olrns impide la 
ventilación de los salones de clase, lo que da un promedio de U 
a 10 horas diarias, en que dichos salones están ocupados por 
criaturas, sin más ventilación que la muy incompleta que 
se puede efectuar en el tiempo <|ue media entre la salida y la 
entrada de dos clases. ' 

Muchos locales carecen de fuentes surtidoras: muchos sufren 



3 



34 



El problema de la educación en nuestro ambiente 



las emanaciones perjudiciales de caflos vecinos o de sybsuelos 
mal saneados; la mayoría se encuentra en condiciones peligro- 
sas, amenazando ruina; los que no son desalojados por los pro- 
pietarios, es necesasio clausurarlos por sus condiciones desas- 
trosas, y por todos ellos se paga alquileres exorbitantes, que 
no están en relación con el estado de su conservación. 

Contrasta singularmente, con el cuadro que hemos trazado 
en pc'iginas anteriores, el lujo y las comodidodes con que es- 
tán construidos los edificios escolares cu Buenos Aires y, en 
general, en toda la República Argentina. Al paso que nosotros 
concedemos una importancia enorme a la preparación de los 
maestros, al desempeño de sus funciones — fiscalizando su 
conducta hasta en los más ínfimos detalles de la vida escolar — , 
a la preparación de los programas de las escuelas, a la me- 
todología de la enseñanza, a la administración escolar; es de- 
cir, a todo el complicado resorte de la organización técnica 
de la escuela, y dejamos de lado, despreciándola casi, como 
una verdadera exterioriznción ostentatoria, la cuestión de los 
edificios, nuestros vecinos le conceden una importancia pre- 
ponderante, destinando capitales considerables a la construc- 
ción de edificios lujosos y confortables. 

Reconociendo que el principal factor de la obra social de la 
escuela primaria es el prestigio con que se la rodee, nuestros ve- 
cinos tratan de atraer las simpatías y el respeto del pueblo por 
medio de aquello que primero pueda herir su imaginación e inspi- 
rar su aprecio: por la magnificencia de sus locales, que habla a 
los ojos del pueblo de su consideración y de su prestigio. Para 
los espíritus incultos — que son la inmensa mayoría — una 
escuela que posea un hermoso local es una escuela muy superior 
a aquella que no lo posee. Se mide la educación y la enseñan- 
za por la extensión de los patios y el número de lo.s salones, por 
el mármol de sus escaleras y el estuco de sus paredes. Nues- 
tro pueblo no escapa a la influencia de la belleza, y acude 
desde radios lejanos a las escuelas que poseen locales nuevos. 
Sin discutir la importancia de ninguna escuela en particular, es 
necesario reconocer In influencia de los edificios escolares en 



li¡ proMeni J lic ¡a ci/iicaiióii cu iiiicslro ambicnic .V« 

la enorme afluencia de iiiAos que acuden n los recientemen- 
te construidos y en el respeto mezclado de admiración que 
despiertan esos mismos edificios en el alma de los alumnos y 
de sus padres. No escapan no solamente n esta debilidad — muy 
excusable, por cierto, y muy comprensible, puesto que la exterio- 
ridad es siempre lo que primero seduce e iuteresa, tanto en ma- 
teria de edificación como en materia personal — las personas in- 
cultas, sino aquellas mús cultas y mús instruidas. Si queremos da 
a un extranjero, de paso por nuestra ciudad, una idea de la 
importancia de nuestras escuelas, nos apresuramos a mostrarle 
los nuevos edificios escolares, muy satisfechos de poder riva- 
lizar, aún en pequeña escala, con los suntuosos edificios de la 
vecina orilla. El funcionamiento de la escuela requiere tiem- 
po y preparación para ser comprendido, al paso que un her- 
moso edificio se aprecia fácilmente. ¿Y no debe ser un pnis 
muy adelantado en materia de instrucción aquel que posee 
tan hermosos y tan ricos locales para escuelas?.:. 

No queremos caer en ninyuna exayeración ni conceder una 
importancia demasiado yrande al edificio material, pero no 
debemos, en manera al¡¿una, despreciar, como lo hemos hecho 
hasta ahora, la parte considerable de su influencia. Nuestras 
escuelas, aún a pesar de todos los defectos que hemos señala- 
do, son muy superiores a las de la mayoria de las naciones 
sudamericanas. La dedicación de sus maestros, el adelanto de 
sus métodos, lo razonable de sus proyramas, las colocan en 
luyar muy alto entre las demás de América. Tiempo es que 
completemos su obra, que se nmlüyrn por falta de esa misma 
e.xterioridiid, a hi que tanta iiiiportniicia se concede en otras par- 
tes. Bien está el no caer en el extremo de considerar como 
único factor importante de la escuela, el edificio lujoso y con- 
tijrtnble; pero, cuando las escuelas carecen por completo de 
locales apropiados, se cae en el otro extremo, .sin solucionar 
el problema. 

Hasta ahora no se ha encontrado remedio alyuno al mal. 
La construcción de tres o cuatro edificios escolares, en los 
cuales se han gastado .sunuis considerables, no es, de n¡n:4ún 



56 



Izl problema de la ciUicación en nticsliv ¡iinhicnlc 



modo, la solución que se busca, y es caer en el defecto que 
seflalaba, el destinar todo el capital de que se dispone, a^a cons- 
trucción de unos pocos edificios, cuando el problema es tnn 
vasto y tnn urgente. Necesitamos locales para «todas» las es- 
cuelas públicas. Si hasta hoy han podido funcionar, con mt^s o 
menos inconvenientes, en edificios arrendados, la valorización 
creciente de la tierra y la especulación de los propietarios 
hacen imposible la continuación de ese sistema, ni pnso que 
el acrecentamiento de la población y la deficiencia de esos 
mismos locales los hacen completamente inadecuados para sus 
funciones. No es posible, además, esperar la lenta construcción 
de edificios nuevos, ni bastaría el empréstito de tres millones 
que se propone para edificación escolar, para dotar a la ciudad 
de los 80 o 90 edificios que necesita, si para cada uno de ellos 
se destinan las sumas que requirieron los ya construidos. 

Por otra parte, el lujo que se derrocha en las escuelas es 
perjudicial a la misma educación. Las escuelas públicas estñn 
destinadas a aquellos que no poseen medios de educar a sus 
hijos. Despertar en ellos ideas y necesidades de un lujo que 
no podrán proporcionarse mús adelante es establecer más y 
más la diferencia entre la educación y la condición social, y 
esa ambición irrefrenada y apetitos insatisfechos que arrastran 
a los compromisos de conciencia y a la infelicidad de la vida. 
El local escolar demasiado lujoso es, por consiguiente, doble- 
mente perjudicial, no solo porque aleja cada vez mús la solu- 
ción definitiva del poblema, sino por lo que influye en materia 
de educación sobre el alma del alumno. Pedimos, para los edi- 
ficios escolares, mucho aire, mucha luz, espacio suficiente, pa- 
tios techados y abiertos, alegría, higiene, verdura, jardines y 
plantas para ser cultivadas por los niilos; pero no son necesa- 
rias grandes escalinatas de mármol, ni estatuas de dudoso ar- 
te, ni verjas costosas, ni adornos arquitectónicos en su facha- 
da. La belleza no debe ser excluida de la escuela; el lujo, si. 
La belleza está al alcance de todos, porque todos pueden cul- 
tivar una maceta de claveles o una cortina de verdura, y ador- 
nar con la obra de sus manos, hábiles y amorosas, el salón 



El problema de la educación en nnesíro ambiente 37 



clesnudu, demasiado frío, demasiado imponente de la escuela. 

Si el problema de la edificación escolar se ha presentado 
hasta ahora de tan difícil solución, es porque lo hemos plan- 
teado en términos demasiado vastos. La solución estaría en 
una mayor modestia y en un criterio mejor inspirado de las 
necesidades de la escuela. 

La adquisición de aquellos edificios particulares que se en- 
cuentren en meiores condiciones y su reparación dentro de 
las mús ursjentes necesidades, ayudaría también a la solución 
del problema, en la espera de que las condiciones de riqueza 
nacional permitan dotar a todas las escuelas de edificios cons- 
truidos según todas las e.\igencias de la pedagogía. 

Entre tanto, funcionan nuestras escuelas y funcionarán tal 
vez por muchos años todavía, en locales malsanos y antihigié- 
nicos, en comparación con los cuales los primeros serían ca- 
si palacios. Esperemos que se arribe a un término medio sa- 
tisfactorio, sacrificando las ambiciones demasiado grandes de 
lujo, para conseguir las cuales se condena a los niflos a un 
presente indefinido de malestar y de peligro para la salud. 
iMás sencillez, mayor modestia en los locales escolares, y ma- 
yor número de ellos; si no podemos conseguir ta perfección 
pora todos, no condenemos a la mayoría en provecho de unos 
pocos. Tal es la solución que nos parece más acertada. 



tS Valor peiUiiióaico ilc los Des/i/cs y ñ'rsiíis f-sco/arcs 



Valor pedagógico de los Desfiles 
y Fiestas Escolares 

Lit Directiva de la Asociación ijosú Pedro Vá- 
rela interpretando el pensamiento y el sentir del 
Maj^istcrio imcionnl respecto de este asunto, con- 
fió n imu comisión especial desi¡{nnda de su seno. 
In tarea de realizar un estudio aceren de cuestión 
tan interesante. Diclin Comisión presentó el trabni'o 
c|ue Vn a leerse, siendo considerado en sesión del 
1." de Septiembre del año actual, en In que, previa 
lectura por el miembro informante Srta. Luisa Luisí. 
se acordó elevarlo a la Dirección General de Ins- 
trucción Primaria, y publicarlo en folleto, para ser 
repartido entre los maestros de la República. 

He nqiii Iti resolución aludida: 

Montevideo. Septiembre 1." de 191 '2. 
Aprobado. el¿vcsc a lu Dirección General de ins- 
trucción Primaría, u imprímanse 'i.300 eiemplurcs 
del presente trabajo por cuenta de la Asociación. 

J.viMK FiiKuiiit Oi.Ais. Presidente. 
Curios T. (liimlui. Secretario. 

la realización, en estos úlliiuos artos, de algunas fiestas y des- 
Lw files escolares, fiestas del árbol, torneos «¡iinnásticos, y 
desfiles en iicnoral, ha ilado ocasión a los maestros de Mon- 
tevideo de palpar con la experiencia personal, alélanos de .-us 
inconvenientes serios, (|ue lle!4an hasta a ser perjudiciales a la 
labor eficiente de la Escuela. Son estas observaciones perso- 



Va/or pcdaaóifico de tos Desfiles y Fiestas Escolares 59 

iKiIus, recocidas entre el magisterio activu, que la Asociación 
«José P. Várela» se permite presentar a esa H. Dirección, a 
fin de que los datos de la experiencia se unan a las ideas 
teóricas de los que en su mano tienen el destino de la Escue- 
la. La Asociación «José P. Várela» confía en que estas re- 
flexiones, inspiradas en un deseo de perfeccionamiento y de 
procjresü, sean tenidas on cuenta por esa H. Dirección, pues 
no puede desconocerse el valor de las observaciones de la 
experiencia, recogidas con espíritu desapasionado, e inspira- 
das en un constante anhelo de ver coronados por mayor éxito 
los esfuerzos, penosos a Veces, entusiastas siempre, de los 
que dedican su inteligencia y su corazón a la realización, en 
el futuro, de una sociedad mejor. 

Trataremos, pues, de indicar las razones en las cuales 
basarnos nuestras observaciones, señalando ante todo las de 
orden práctico e inmediato de algunas fiestas, tomando como 
tipo de ellas la Fiesta del Arbol, para indicar luego los in- 
convenientes que desde el punto de vista educativo hemos 
observado en todos los desfiles escolares, contentándonos con 
recordar solamente los inconvenientes higiénicos, pues se ha 
insistido ya bastante sobre ellos para que sea necesario vol- 
ver a desarrollarlos de nuevo. 

Propondremos, por fin, la manera más eficaz que nos ha su- 
gerido la experiencia, para obtener los resultados que se bus- 
can, salvando los inconvenientes apuntados. Empecemos por 
estudiar el valor práctico y pedagógico de la Fiesta del Ar- 
bol, por ser la última de las realizadas. 

No se discute, no se pone en duda por un sólo instante, la 
importancia del cultivo del árbol, y la necesidad de una pro- 
paganda seria y sostenida en favor de su plantación y sus 
cuidados. Pero estudiemos con un criterio completamente inj- 
parcial y desapasionado los medios que se han empleado has- 
ta ahora para conseguirlo. Se trata de despertar en el alma 
del niilo, mente y corazón al mismo tiempo, el amor al árbol, 
y la necesidad de cultivarlo. Y se lo lleva para esto, en com- 
p:iflia de los demás de su escuela, a un paraje señalado de 



10 Valor pcil(i_!iO:íico lic los Dcs/i/es y Ficsias ICscoliircs 



iiiilunuitiu, piisuo público, callu o plaza, oii doiulo, pré^iarudüs 
con anticipación, esperan los fosos ni joven árbol, yo provis- 
to de sus mices, (|iic, abandonando su criadero primitivo, en- 
tra a prestar su concurso activo en la vida colectiva con los 

demás de su ospecie. Allá van las uscuelas con aire de fiesta, 
oí Pabellón Nacional a la cabeza rodeado de su ijuardia do 
iionor, y detrís do él, en filas de correcta formación, las ñi- 
flas vestidas casi todas de blanco, con sus moflas que ondean 
al vionto como mariposas cautivas; los Varones, con sus cjo- 
rras y trajes i;4uales, marchando al compús del tambor (|ue 
marca el paso, precozmente convertidos en los t<uerrcros que 
suüñan ser en el futuro. El conjunto, lo reconocemos, no pue- 
de ser más encantador. Es todo el porvenir que marcha al 
mismo tiempo; es la humanidad del maflana, guiada y prote!4i- 
tla por la humanidad de hoy. Como poesía, como belleza, co- 
mo sentimiento, nada hay más dulce, más enternecedor. 

Pero dejemos por un instante las apariencias que seducen, 
y bajemos al fondo de esas almas (lue despiertan y se forman, 
y veamos qué semillas fjcrminiin en ellas al tiempo que marcan 
dócilmente el paso, conscientes ya de que condensan los mi- 
radas del país entero. Vetimos qué efecto producirá en ellos 
la ceremonia que se prepara; qué consecuencias, que modifica- 
ciones educativas llevará a esos corazones nuevos la Fiesta 
del Arbol que celebran. 

Como consecuencia práctica ¿consi'Jue despertar el amor al 
árbol que se planta? No olvidemos las condiciones en que se 
realiza. El niño se traslada con sus compañeros a un paraje le- 
jano, casi siempre, de la localidad de su escuela. Conducido por 
sus maestros, camina sin reconocer las calles muchas veces, has- 
ta que se le indica dónde debe detenerse: y allí encuentra los 
fosos abiertos, en donde debe colocar los arbolitos, también ya 
preijurados de antemano. Tres o cuatro niños de cada escuela, 
que cuenta ¡jenerahnenie -UX) o .tCH) alinniios, toman el arbolito, 
iliri<j!idos siempre por su.-: maestros, y, bajo la mirada de los em- 
pleados nuuiicipale.s (|ue también dan >us «:onsejos, temerosos 
de que el ir.Mbaji). mal hecho, deba ser vuelto a empezar por 



Valor peilagó}*ico tic ¡os Desfiles y Fiestas Escolares 41 

uIIoü; y, con su dubilos manus, c|iic nu soportan el peso de las 
palas, destinadas a manos de adultos, cclmn penosamente algu- 
nas paladas de tierra sobre el hoyo abierto. Entonan lue^jo una 
canción adecuada a las circuntancias y emprenden el regreso a 
sus escuelas, terminada nsí la ceremonia de que se ha hablado, 
y (|ue se ha preparado desde largo tiempo atrás. Vuelto a sus 
tareas diarias, el niño no oye mus hablar del árbol que ha plan- 
tado; no recuerda el sitio exacto en donde lo ha colocado, ni 
sería capaz de reconocerlo si por casualidad volviera a encon- 
trarse frente a él. ¿Y es con esta ceremonia que pretendemos 
despertar en su alma el amor al Arbol? ¿Es así cómo conseguire- 
mos que vea en cada uno un amigo, y que, abandonada la es- 
cuela, trasmita a los que lo rodean, el respeto y el culto de 
los árboles? El amor a la vegetación, amiga y protectora del 
hombre, nace, ante todo, de la clara conciencia de sus bene- 
ficios y de la experiencia, personalmente adquirida, de los tra- 
bajos y desvelos que sijinifica su lozanía. Así como no es ma- 
dre, en la elevada y noble acepción de la palabra, quien aban- 
dona la criatura a la que ha dado vida-, así como el amor ma- 
terno se forma con la suma de preocupaciones, de cuidados, 
de inteligencia empleada, de sacrificios consumados, c|ue repre- 
senta un hijo, así el amor al árbol, que es también el resultado 
de larga suma de cuidados y desvelos, no puede ser real y 
duradero sino en el caso en que la misma mano que lo planta 
vigile diariamente la nueva vida delicada y frágil, y la enderece 
y la proteja, y la sostenga, con el mismo carillo, con el mismo 
cuidado, con la misma preocupación que si de un hijo se trata- 
ra. Es solamente el árbol que una vez plantado se visita día a 
día, y se ve crecer año tras ai)o; cuyas yemas se contemplan 
abrir en cada primavera, y sus hojas caer en cada otoflo; el 
árbol por el cual se tiembla si el tiempo no le es propicio, y 
a quien se defiende diariamente de las hormigas, de los pará- 
sitos y de las enfermedades, ese vínicamente es el árbol que 
se ama, ese, e! árbol ile quien po<lrá decir el niilo cuando 
lo Vea lozano, "es obra mía." Pretender lo contrario es un 
absurdo. 



•l'i Valor pcdaiiósíico de los Desfiícs y Fiesías Escolara: 



No os cuii vanos formalismos como se obtienen wsuitudos 
eficaces. El niflo no conoce nada sobre plantación ele árboles; 
¡jjnora la preparación del terreno, y la forma de criar las nue- 
vas plantas hasta (|ue adíiuieran el desarrollo suficiente para 
ser trasplantadas al definitivo Iui4ar de su destino; no recono- 
ce siquiera la especie del árbol ijiie planta; iijnora las enfer- 
medades (|ue lo atacan, los parásitos que lo invaden, y la for- 
ma eficaz de combatir unas y otros, pues no es siquiera una 
lec'-.ión de agricultura práctica lo (|ue se pretende enseflar a 
ios niños con esa ceremonia, ya que para abreviarla en lo po- 
sible, a fin de salvar inconvenientes de otra índole, no se puede 
uar una explicación circunstanciada a ese respecto. No tiene 
siquiera la satisfacción de pensar que ha transformado un lu- 
'¿ar árido en un pequeflo bosquecillo, puesto que lo han con- 
ducido a I adiares ya poblados de frondosos y tupidos árboles, 
el Prado, el Parque Urbano, etc. Siquiera, cuando hace ya mu- 
chos años se celebró por vez primera la Fiesta del Arbol, 
vieron los niños suryir el Parque Urbano de la playa desnuda 
a donde fueron a plantar cada uno su delicada planta. Y, aún 
cuando no haya sido ésta obra de sus manos, les queda la 
piadosa ilusión de haber contribuido con sus manos de niños 
ni embellecimiento de la ciudad natal. Pero hoy ni esta ilu- 
sión les queda. No sabrán siquiera si el árbol plantado ha con- 
servado vida, ü si ha sido inútil su obra, pues los (|ue vuelven 
al lugar de la plantación serán muy pocos, aquellos solamente 
cuyos padres dispouíjan del tiempo necesario para conducirlos. 

Los demás, que son inmensa mayoría, olvidarán por comple- 
to el árbol plantado, y sólo conservarán como recuerdo, un día 
de sol, mucha gente, una fiesta en la (|ue tomaron parte, y 
una canción entonada frente al público, que contempla el desfi- 
le de las escuelas ct)nio se contempla un espectáculo <]raciüso 
y conmovedor al mismo tiempo. Pero, como obra eficaz y du- 
radera, como medio du obtener un resultado positivo, sería ne- 
cesario un procedimiento diferente. 

Sería preciso que, junto a cada escuela e inmediato a ella, 
i.-xistiera un pequeño terreno (no os necesario que sea muy e.x- 



Valor pedagógico Je ¡os Desfiles y Fiesias Escolares 43 

iLMiüu, iil'^unos iiiutrus cuadrados busturíaii) dusiiiiudu al cultivo 
lie plantas y de árboles: algo así como un pequeño jardín 
o parque en miniatura, tal como se hace actualmente en l»s 
Iiscuclas Rurales para enseflar la agricultura práctica. 

Este pequeño terreno, cultivado exclusivamente por ios aluin- 
nus, bajo la dirección inmediata de sus maestros, sería el or- 
f^ullo y la belle/u de la escuela. Cada clase tendría a su car- 
<i() un cantero en donde cadn alumno sería responsable de u- 
lui planta y dispusiera de las flores y frutas que de ella ob- 
tuviera. Allí el niño la vería crecer día por día, y, para po- 
der cuidarla con esmero, se vería obligado a estudiar y bus- 
car los medios más eficaces de 'salvarla de insectos, de en- 
fermedades, de las inclemencias del tiempo, de todas las 
coutigencius que la amenazan diariamente. La escuela tendría 
su tiempo destinado al cultivo, hora que el maestro destinaría 
también a dar consejos e instrucciones sobre agricultura, sobre 
botánica, aún sobre zoología. El ejercicio al aire libre se agre- 
miaría así a la enseñanza práctica: sería un descanso saludable 
despué.s del encierro dentro de las clases. El amor a la vege- 
tación nacería de los cuidados otorgados y de la conciencia de 
los trabajos y desvelos que representa un jardín bien cultiva- 
do. La emulación, agregada al amor así despertado, haría de 
cada niño un pequeño ugrícultor. 

Ya no existiría el peligro de que el niño, transportado a la 
campaña úrída, continuara frente a la csterílidad de su mora- 
da. El amor al pequeño jardín de la escuela, perdurando en su 
¡ilina, le hará llevar a su hogar la ambición y el deseo de un 
peijiieño oasis de verdura. Y respetaría también la vegetación 
agv^na, pues el haber cuilivudo con sus propias manos las mis- 
plantas que ve luego en parques y jardines les dará la 
conciencia clara, sugerída por su propia experíencia personal, 
(lv!l irabaio que repret^enta. . . ¿Por qué no .se realiza, pues, en 
!a u^^diiiri de lo po.>íible esta indicación? En los hcrmo.sos edi- 
r¡cio.< escolares, con!-;tru:dos recientemente, nada costaría des- 
tii-.ar una pequeña porción de terreno a jardín escolar que em- 
bellecería L'l local, ya de por sí árido y frío de la escuela. 



44 Vaior pedaí^ó0co de los Desfiles y Fieslas Escolaren 



Por desgracia, no es solamente su inutilidad el único incon- 
veniente que debemos setlalar en la Fiesta del Arbo^ Hay un 
factor educativo, de suma importancia, que encontraremos en 
todos los desfiles, torneos gimnásticos, etc., y que es preciso 
tener en cuenta, pues influye poderosamente en la formación 
y el desarrollo de las almas jóvenes, en las que se quiere in- 
culcar un sentimiento poderoso y nuevo. 

Hay en toda alma humana una tendencia marcadísima, de la 
que no se libertan ni aún los espíritus superiores: la in- 
fluencia que sobre el juicio y el valor de una persona ejercen 
sus atavíos exteriores. Si el amor al dinero corroe y mina des- 
de su base la sociedad moderna; si moralistas y escritores 
contemplan con profundo desaliento la influencia creciente y 
el estrago cada vez mayor que en el fondo de las almas 
causa el afán inmoderado del dinero; si el problema, cada vez 
más difícil, cada vez más angustioso de la economía social, se 
presenta insoluble o radical para unos u otros, busquemos en 
las fuentes mismas de la vida, busquemos en la infancia, en 
donde nacen y se desarrollan los sentimientos primitivos, la 
forma de atenuar las desigualdades sociales, dulcificando la a- 
margura de los desheredados, realizando hasta donde sea po- 
sible un ideal de justicia y de igualdad. 

Es la escuela, santuario único y último refugio de los gran- 
des ideales, quien debe tratar de realizar esta aspiración de 
fraternidad humana; y a su puerta deben detenerse, como ante 
un asilo inviolable, las pequcflas mezquindades, las rivalidades, 
las vanidades humanas: todo lo que agosta el sentimiento, 
todo lo que marchita la fé noble y profunda en la justicia, en 
la igualdad. 

Realizar, aún por poco tiempo y en pequeña escala, esa 
sociedad a la que todos aspiramos, cuya única desigualdad 
esté basada en el talento y en el corazón ¿no es, acaso, el 
ideal más noble a que se puede aspirar? ¿Y no es, acaso, 
preparar su advenimiento definitivo el crearla una vez siquiera 
un la vida de cada uno de los hombres futuros? 

Hay en todos nosotros un fresco rincón de la memoria 



Valor pciia^ó^ico ilc los Desfiles y Fiestas Escolares 45 



destinado a los recuerdos de In escuela. Y es tanto más 
apacible y dulce el recuerdo de esc tiempo privilegiado, cuanto 
más se ha esforzado el maestro por realizar en la escuela el 
ti|)0 de la sociedad ideal. 

Un niilo debe ser iíjual para otro niño, pues si es dolorosa 
e irritante la injusticia que coloc.i un dos planos diferentes de 
la escala social a dos hombres di; la misma inteligencia, del 
mismo corazón, de ins mismas aspiraciones e ideales, condenan- 
do al primero a unu condición do disfrazada esclavitud pura 
la vida entera por el solo azar di:! nacimiento, más dolorosa, 
más profundamente irritante y sublcvadora es la injusticia que 
hace diferentes en los bancos du lu escuela a dos niflos igual- 
mente hermosos, porque son dos míiIos. 

Y estas pequeñas diferencias, estas pequeñas injusticias, que 
pasan casi inadvertidas porque estamos habituados a palpar- 
las día a día en la monotonía de lu existencia diaria, detalles 
a los que no prestamos atención, pí)rque nuestro carácter está 
formado ya y resbalan indiferentes sobre nuestro corazón 
bastante fuerte para despreciarlas o agriado ya por las 
injusticias de la vida corriente, son las que van a formar los 
eternos descontentos, los rebeldes, los ambiciosos, los que no 
trepidan en medios poco escrupulosos para sastifacer aspiracio- 
nes ilegitimas. Porque de esos detalles insignificantes están 
formados los caracteres. Cada nueva pequeña diferencia es 
una semHia que germinará indefectiblemente, porque de esas 
semillas no hay ninguna infecunda. Semillas que se transforma- 
rán más adelante en rebelión, en odio, en envidia, o en una 
resignación inconsciente y pasiva, peor aún que lu intransigen- 
cia y el odio, porque mata toda actividad, toda aspiración, 
cristalizando en el trabajo diario, sin belleza y sin entusiasmo, 
la energía y la voluntad prometedoras de un porvenir de paz 
y de fraternidad. Por eso es tan delicado, tan minucioso, el 
trabajo del educador, (|ue siembra siempre, con su ejemplo, 
con su palabra, con cada uno do sus actos, sentimientos que 
van a formar el alma del niño. Por eso, debe desterrar con to- 
das sus fuerzas del terreno de la escuela todo lo que represen- 



•1(5 \'(ilor pctt.ffi'rfirn de /na Pi-stí/fs y Ficsfn< F<co¡ore^ 

te injusticia o diferencia, porque c\ alma del niño ei^de una 
sensibilidad delicadísima para percibirlas allí donde un adulto 
no sería capaz de comprenderlas. Por eso, porque cada acto 
lie! maestro aparece aumentado en proporciones inmensas en 
el alma del niflo, como imágenes tiiie se Q'^randan al pasar por 
el cristal que las aumenta, lo (]iie parece insignificante y nimio 
en nuestra vida de adultos es de importancia capital en el 
alma del niflo, como lo sería im insecto en la vida micros- 
cópica del átomo. ¿Y que injusticia más irritante y dolorosa 
c|ue la c|ue, más o menos disfrazada, encierran todas las fiestas 
escolares? No es tan solo la Fiesta del Arbol: son, sobre todo, 
los torneos gimnásticos, los desfiles escolares, donde la es- 
cuela olvida su misión educadora y destruye en un momento 
sus pacientes esfuerzos de niveladora social. Es, ante todo y 
sobre todo, la cuestión del vestir. Bien sabemos que no se 
e.\igc a ninguna escuela el presentarse en una forma deter- 
minada; bien sabemos que no se exige a los niños que acudan 
a la fiesta vestidos de un color determinado, ni en traje de 
carácter, pero se fomenta de una manera velado, insidiosa 
esa preocupación, anteponiéndola así a las grandes preocupa- 
ciones de humanidad, que deben ser las únicas que llenen el 
espíritu del hombre de valer. El maestro conspira con las 
autoridades escolares, conspira con los padres, con la pren- 
sa y con el público en general, para sembrar las semillas 
de la rivalidad y de la injusticia. Observemos en el seno de 
los hogares lo que sucede cuando se trata de una fiesta de ese 
género. El maestro ha preguntado a sus alumnos quienes son 
los que concurrirán a dicha fiesta. Sobre los 4Ü() o 500 alumnos 
inscriptos .sólo responden afirmativamente 150 o '200, es decir, 
en la mayoría de los casos, menos ile la mitad. Las causas de 
esta anomalía son múltiples. El maestro pide entre los que concu- 
rren, a los (jue puedan, que se hagan vestido de un color deter- 
minado, o pregunta n los padres si consienten en comprar a 
sus hijas (pues se trata sobre todo de escuelas de niitas) un 
vestido de carácter para tal juego o canto. Primer elemento de 
vanidad. Muchos padres se abstendrán de enviar a sus hijos a 



47 



esa fiesta por no poder proporcionarles el vestido que se pi- 
de, para que no haya diferencia entre sus hijos y los otros ni- 
ños, pues al tratarse de fiestas stirgcn todas las rivalidades y 
todas las mezquindades de los adultos. 

Pero, aún cuando el maestro ni siquiera indique la con- 
veniencia del color uniforme en el vestir, quedará siempre que 
el müs pobre no quiera rivalizar con el mus rico en un acto 
(|ue es puramente de ostentación, puesto que no se trata de 
la expansiva nle^Jría y libertad del niilo. Más aun, hemos podido 
observar en diferente ocasión que el niflo mismo con el solo 
fin de ir igualmente vestido que los otros, engaña a sus padres, 
haciéndoles creer que el maestro ha exigido el uniforme de 
color. Detalle de importancia suma, pues pone de manifiesto ya 
en el alma del niflo el uso del medio ilícito para obtener un 
resultado de pura vanidad. Dejemos que ese sentimcnto se 
desarrolle sin combatirlo; observemos la influencia del tiempo, 
y obtendremos en el futuro un desgraciado más, amargado, en- 
venenado por la desigualdad social, y apto ya para ingresar en las 
filas de los que sacrifican la fuerza de la conciencia a la sastis- 
f acción de la vanidad. Y este caso, que se repite con excesiva 
frecuencia, al que no se da importancia generalmente, es el 
germen de todos los sentimientos que luego pretendemos com- 
batir en la sociedad. Se dirá que cabe al maestro la respon- 
sabilidad completa de ese estado de cosas, y que él debe ser 
quien arranque de raíz tendencias y perjuicios que existen des- 
de tiempo inmemorial. Sí, el maestro debe hacerlo, y a él debe 
u.xigírsele la realización posible de una sociedad mejor: pero 
<: dentro de la escuela ». 

Dentro de la escuela, él es soberano, y puede plasmar con 
manos propias el alma de los niilos. Pero, al sacarlo de su sa- 
<<rndo recinto, ya no es su influencia la que domina. Conspiran 
contra su obra educadora las influencias exteriores: la aproba- 
ción del público que contempla el desfile y que manifiesta 
siempre en una forma o en otra, la escuela que mús le satisface; 
la prensa, (|ue alaba a una escuela determinada, estableciendo 
así rivalidades y competencias, que, si de hecho existen, sólo 



•IS Valor ¡tndn "pifien de íns Pc/ilrs y Fie<fit.< /:.<colarcs 



deben existir por la nutural eficacia de las actividades eniplc- 
adas, pero nunca por la belleza del conjunto, (|uc sacriyca, pura 
ser obtenida, la verdadera finalidad de la escuela; y, por úl- 
timo, la aprobación de las autoridades escolares, diri'^ida u tuia 
vana apariencia de belleza, aprobación aini niús funesta que la 
del público y la de la prensa, pues pervierte el sereno crite- 
rio del maestro, haciendo nacer en su alma el deseo de obte- 
ner esa aprobación, aún a costa del sacrificio de los principios 
directores de la educación, deseo cine, por lo humano, no pue- 
de ser condenado en absoluto. Así se divide la unidad de la 
escuela, estableciendo rivalidades en la «escuela», competen- 
cias y concursos perfectamente organizados con el nombre de 
torneos gimnásticos. La escuela debe ser « una », «■ una » su in- 
fluencia educadora, « tma » como alma y como espirita La ma- 
yor o menor preponderancia de una escuela sobre otra surjjirá 
espontáneamente de la labor realizada por el maestro; pero no 
debe jamás ser alcanzada por exterioridades, cuya influencia 
educadora no puede ser apreciada por el público, pues sólo el 
que es maestro reconoce en la disciplina exacjerada, en la be- 
lleza del conjunto escolar, lo que hay de intimamente desmo- 
ralizador para el ánimo del niño. Nada más hermoso, en efec- 
to, que una ascuela de niñas todas vestidas de blanco, con su 
bandera nacional al frente, custodiada por la Guardia de Ho- 
nor. Pero, si para conseguir esta armonía de conjunto se han 
elegido las niñas de mejor apariencia; si para alcanzar mayor 
belleza se eligen para la Guardia de Honor las niñas que me- 
jor cuadran por su vestido o por su rostro, toda esa belleza es 
funesta, pues está cimentada en la injusticia, en la envidia y en 
la vanidad. Hay algo más. Bn la última fiesta del árbol reali- 
zada se repartieron bombones a los niños que asistieron a 
ella. liQué carácter tenía esa reparticiün?:¿Se quiso con ella pre- 
miar al niño que asistió o la fiesta? Luego, al menos favoreci- 
do por la suerte, a aquel <iue no pudo asistir a dicha fiesta, se 
le priva también de ese placer. Muchos eran los niúos que desea- 
ban asistir a ella y que no pudieron hacerlo por las mil contin- 
gencias que en la vida del pobre posponen siempre el placer a 



Viiiór pcduiítiiíia) Je /r>s r>cs/ik-s y J 'iesias fsco/itrcs 4!) 

la iicccsiilail. Y esa»: criaturas t\uc sentían >»a el pesar ile verse 
menos favorecidas (|iiu sus compañeros sabrán (|ue han sido pri- 
vndiu< de esc placer: todos sabemos qué contornos de drama 
adcjiiieren en el alma del niño las pequeñas contrariedades co- 
mo esa. Pero lo que tiene de penoso ese detalle, banal si se 
quiere en la vida del hogar, es que se realice en el recinto de 
la escuela, y la esctiola lo sancione. ¡ La escuela, que debe ser 
consoladora, aniiiJa y educadora al misujo tiempo! Toda recom- 
pensa, todo placer que no vaya unido al mérito, es en la escue- 
la una inmoralidad, por(|ue prepara las ¡grandes inmoralidades 
del futuro. 

No se nos di:4a que citanu)s detalles. Toda la obra de la 
educación es una obra de dctolles, y son precisamente los más 
insiiinificantcs los (|uc más deben tenerse en cuenta, porque ca- 
si siempre pa.san inadvertidos. Podríamos citar más casos aún. 
miles como éste. Bástennos los ya citados. 

Hemos estudiado ya la importancia de los desfiles escolares 
bajo su doble faz, eficiente y educadora. Réstanos estudiarla 
aún bajo su faz lu'i^iéuica. Veamos qué influencia tienen en la 
salud del niño los torneos 'Jíimnásticos, las fiestas del árbol, 
ios desfiles escolares en tíeneral. Todas estas justas se reali- 
zan al aire libre, con el pretexto de favorecer la e.^cpansión 
infantil y proporcionar a los niños un día de aire puro, oxige- 
nando sus pulmones, empobrecidos en el ambiente cerrado 
lie los claustros escolares. El principio no puede ser mejor; 
pero su aplicación es contraproducente. En efecto, estas fies- 
tas deben celebrarse únicamente en la primavera y en el oto- 
ño, cuando el calor no es demasiado intenso y no existe, por 
lo tanto, el |)oligro de las in.solaciones; pero cuando la ausen- 
cia de frío >' de luiiuod^^l evita enfriamientos y neumonías. 
Por desgracia, las sanas advertencias del Cuerpo Médico Es- 
colar no se han tenido en cuenta, y se realizan torneos esco- 
lares, fiestas del árbol y desfiles en el crudo rigor del invier- 
no. Sobre la tierra húmeda, e.'ipuestos ni frío, al viento, y a la 
humedad, deben los niños esperar a veces largas horas a (|ue 
lleguen las escuelas todas (|ue deben tomar parte en la fiesta 



50 Vaíor pt'daiióiíico Ue los Dcs/í/cs j* /•'icstiis I:scoU¡rc< 



se rcali/.a. y yn saboinos lo ilifíoil (|iic es ol un^nni/ar una 
fiesta en la que tomen parto millares de niitos. La experiencia 
lo ha demostrado y lo demuestra día a día. Hemos podMo ob 
servar que el número de niflos enfermos aumenta después de 
la realización de algunas de esas fiestas. La espera al sol con 
la cabeza descubierta, sobre la tierra lu'imeda. cxpuesto.s al 
frío, generalmente con vestidos poco abrigados, pues por ves- 
tirse de colores claros iilili/.an las niñas sus trajes de verano, 
tiene forzosamente que producir esos resultados. Y se avjrc- 
\ia a ellos las largas distancias que deben recorrer, el ejerci- 
cicio a que no están habituados, y la falta de abrigos para 
cubrirse después del ejercicio. 

Todas estas razones, que no creemos necesario desarrollar 
más por ser del dominio de las autoridades escolares, nos ha- 
cen condenar, por anti-higiénicas, anti-moralizadoras, e inútiles, 
las fiestas y desfiles escolares. Pero creemos que el principio 
perseguido en todos ellos es perfectamente pedagógico. Nos 
permitiremos, por tanto, después de haber condenado las for- 
mas establecidas, indicar aquellas que más en armonía consi- 
deramos con aquellos fines. 



Nada más higiénico y mejor para los niños que pasan lar- 
gas horas encerrados en los locales escolares, y que salen de 
ellos para encerrarse luego en piezas de inquilinato, en donde 
viven apiñadas hasta seis y siete personas; nada mejor, deci- 
mos, que los paseos al aire libre en la plena expansión de la 
naturaleza (pero «paseos», nó desfiles). Sirvan de modelo lo.>, 
recientemente organizados a la Florida y a Minas. Que los ni- 
ños acudan libremente, con sus trajes de diario, a correr, a 
saltar, a jugar, bajo la mirada amiga del maestro. Que no ha- 
ya desfile, ni disciplina, ni público que üb.serve, ni carácter de 
fiesta. Una atmósfera de familia, sin intervención de comités, 
ni de invitados. Cada maestro divide su escuela en grupos no 
demasiado tuimcrosos, para que la vigilancia pueda ser fácil- 



Va/or pc(hi^:()<ttco de ios Desfiles y Fiestas Lscolarcs 51 



mente rcali/.iula en la libertad del campo, y por turno propor- 
ciono a sus alumnos In benéfica influencia del aire y del so!. 

Estos paseos deben ser únicamente realizados en la prima- 
síera y el otoflo, cuando la tenipcratura suave evite el peligro 
de enfriamientos y resfríos. Así, en la libertad completa de 
un ambiente absolutamente familiar, los niños pueden trasla- 
darse a las localidades vecinas de campaña, elij^iendo diferen- 
tes parajes, a fin de (|ue conozcan su País y visiten, aunqu'í 
solo sea una vez en su vida, la campaña uruguya. Es sorpren- 
dente la ¡««norancia y el aislamiento en que viven los niños 
pobres. Muchos no han viajado nunca en tranvía eléctrico; no 
conocen el ferro-carril, no han ido siquiera a pasear a los al- 
rededores. Fuera del barrio en que habitan, el resto de la 
ciudad y del País entero es completamente desconocido para 
filos. Hijos de obreros, la mayoría no tienen la dulce alegría 
del paseo dominical en compañía de sus padres, pues éstos 
suelen preferir las diversiones groseras entre compañeros a 
la sana felicidad que proporciona la compañía de los hijos. 
Estos paseos, así organizados, abren horizontes inmensos en 
el alma de los niños. Les hacen conocer la Naturaleza fecun- 
da y Mer.r.vrchora, amar los árboles, el sol, los püjaros, todas 
las bellfezn.s que la tierra nos brinda generosa, y que despre- 
ciamos, encerrados en la insalubre y opresora ciudad. 

Es una tregua a la labor diaria, una onda de salud y de a- 
legría que inunda el alma y el cuerpo de los niños. 

Les da apreciaciones nuevas y variadas sobre botánica y 
/.ool()}»ía prácticas, y mil y mil conocimientos que no pertene- 
cen a ninguna ciencia o que pertenecen a la síntesis de todas 
ellas, la ciencia de las cosas. Y, sobre todas estas ventajas, 
estrecha ¡os lazos de cariño entre maestros y alumnos, y en- 
ti'.- ios ali-.ainos entre sí; permite que se conozcan y se apre- 
cien, piic> en el transcurso de la vida escolar, demasiado me- 
ii;di-:ula. -Ii-aiasiado sistemada, no queda tiempo para la libre 
L'.\¡)aiiáiv¡(l;!i| de los caracteres que se disimulan y .se ignoran 
L'.ijo \.i<. r. '^lus establecidas de un horario estrecho. 

No e.\isie!¡ en estos paseos los inconvenientes señalados en 



52 Valor pcilagógico de los Dca/ilcs y Jüeslas fscolarcs 



los desfiles escolares, pues son una continuación de la vida 
de la escuela, a las que los niños acuden con el traje de todos los 
días, sin la preocupación de vanidad, antes bien, con la liber- 
tad y tranc|uilidad que da el uso del vestido que no se teme 
manchar con el pasto verde ni desgarrar con las ramas de los 
árboles. La única dificultad que existiría co el precio de los 
pasajes del ferrocarril, que los niños de familias pobres no 
pueden costear por baratos que sean; pero una disposición so- 
licitada a la Municipalidad y a las compañías ferrocarrileras 
podría salv.irlo, estableciendo el pasaje libre para los escola- 
res, siempre que vayan acompañados de sus maestros, en ex- 
cursiones escolares y en días y fechas determinadas para su 
realización. 

Así se conseguiría el resultado que se busca, sin los graves 
inconvenientes apuntados. 

Y sólo en alguna circunstancia especialísima, cuando se quie- 
ra grabar con caracteres indelebles en la mente de los niños 
alguna fecha gloriosa, solemnizándola de una manera extraor- 
dinaria, la procesión escolar puede dar su nota de belleza y 
de poesía, porque frente a una grandiosa manifestación hacia 
lu patria callan los intereses de la escuela, que una vez, por 
excepción, no pueden ser gravemente perjudicados. 

El homenaje supremo a la patria en fechas en que la cola- 
boración del País entero, y especialmente la de la infancia, 
sea necesaria, hará acallar por un instante los graves inconve- 
nientes apuntados, para dejar subsistir únicamente el sentimien- 
to' poderoso y fuerte de amor y de respeto hacia el País. Pe- 
ro es necesario que la fecha que conmemore sea grandiosa y 
el cnso excepcional. Si no os así. los intereses de la escuela, 
la educación de la infancia, están sobre todos los intereses, 
puesto que los condensan todos, ya que son el origen y la 
base de ellos. 



Proyecto de Rc¡*¡amerHo para tas Escudas de Priictica & 



Proyecto de Reglamento 
para las Escuelas de Práctica 



Este trabajo fué presentado a la Dirección de 
InstriiccK'jn Primaria con fecho Abril' de 1912, por 
encardo especial del entonces Inspector Nacional 
de I. Primaria, Dr. Abel J. Pérez. Algunas de las 
disposiciones en ¿I aconseiadas, se han llevado ya 
a la práctica, aunque como disposiciones aisladas. 

NinüUn reüiamento orgánico existe, a nuestro co- 
nocimiento, que determine las funciones de las Es- 
cuelas de Práctica, por lo que, creemos de interés 
publicar este, tal como fué presentado en esa fecha 
y publicado en los Anales de Instrucción Primaria, 
Tomo XI. N.» 1 al 15. 

El Autor. 

Artículo 1." — Las Escuelas de Práctica dependerán direc- 
tamente de la Dirección G. de Instrucción Primaria. 

De los alumnos-maestros 

kxi. 2." — Cada Escuela de Práctica admitirá solamente un 
número de aluiiinos-mnestros que no pasará de veinte. 

.\rt. 5." — La práctica reglamentaría comenzará en el mes 
de iMarzo de cada nfio. 

.\rt. 4." — Los exámenes prácticos se realizarán en un so- 
lo período anual, que podrá ser en los meses de Noviembre 
o Diciembre y en los mismos Establecimientos. 



54 Proyecto de RcUlanwnlo para las Escuelas de Práctica 



Art. 5." — El Director de lu lisciiela Je Práctica deberá 
integrar el Tribunal Examinador y tener en él voz y voto. * 

Art. 6." — Ningún aspirante [jodrú rendir examen práctico 
si cuenta más de veinte faltas en el ai^o escolar. 

Art. 7." — Cada aspirante deberá desempeñar una suplen- 
cia en una Escuela cualquiera de la Capital. 

Art. 8." — Los aspirantes tienen facultod de cunibiar de Es- 
cuela de Práctica, necesitando para tal caso el conforme de 
ambos Directores. 

Art. 9." -- Para poder rendir examen práctico, cada aspi- 
rante deberá haber dado, por lo menos, i|ulnce lecciones prác- 
ticas. 

Art. 10. — Dentro de las horas de clase los Practicantes es- 
tán sometidos a la dirección técnica y disciplinaria del Director. 

Art. 11. — El Practicante que por insubordinación o mal 
comportamiento sea acreedor a una pena, será suspendido 
por el término que el Inspector Nacional juzgue conveniente. 

Del Director 

Artículo 12. — Son atribuciones del Director: 

a) Dirigir personalmente, preparar y criticar por lo me- 
nos dos lecciones prácticas diarias. 

b) Distribuir diariamente la tarea de los Practicantes, de- 
signando a cada uno la clase en que debe permanecer. 

c) Llevar o hacer llevar un registro diario de las leccio- 
nes prácticas dadas, revisándolo por lo menos una vez 
por semana y dejando constancia de ello con su fírnui. 

d) Dar lecciones modelos en cada cinse siempre que así 
lo juzgue conveniente, y por lo menos una de cada asig- 
natura. 

e) Clasificar las lecciones prácticas de los alumnos y es- 
tablecer mensunlmente el promedio de las clasificacio- 
nes. 

/; Llevar o hacer llevar un registro de las asistencias de 
los alumnos-maestros. 



Proyecto ilc Rcüíainenlo para las Esune.las de Práctica 5^ 



i!) Pro¡)o»er en cada caso y de acuerdo con el Inspector 
Nacional las personas que deban ocupar los interinatos 
en caso de vacancia de los puestos de Ayudantes. 
fi) Indicar quién deba suplirlo en la dirección de la prác- 
tica, en caso de imposibilidad personal de hacerlo. 
i) Indicar las lecciones modelos que deban dar los Ayu- 

dantes delante de todos los Practicantes reunidos. 
i) Suspender, de acuerdo con el Inspector Nacional, al Prac- 
ticante que se haya hecho acreedor a una pena. 
AV Velar por la marcha de la enseñanza común dentro de 
las posibilidades compatibles con su cargo especial. 
Art. 15. — Los Ayudantes de las Escuelas de Practica debe- 
rán diríyir la práctica en ios casos en que lo indique el Director 
y en la misma forma que éste; así como dar las lecciones prác- 
ticas que aquel les indique. 

.\rt. 14. — Los puestos vacantes por licencia del Ayudante 
titular deberán ser provistos directamente por el Inspector Na- 
cional A propuesta del Director. 

.\rt. lo. — Los puestos vacantes por renuncia del titular se- 
rán provistos por interinatos que no pasarán de dos arlos, a pro- 
puesta del Director y con aprobación de la Dirección General 
de Instrución Primaria. 

Pasado este plazo el Ayudante interino será confirmado en 
Ui efectividad siempre que su cometido haya sido llenado sn- 
ti.sfactoriamente. En caso contrario se procederá a nuevo 
nombramiento interino por el término de dos arlos. 

krt. lij. — Los Secretarios de las Escuelas de Práctica 
deberán llevar todos los libros de Administración Escolar, 
«Ncepción hecha del "Libro Diario" que será llevado por el 
Dirtfclor. 

Ari. '.7. — Deberán sustituir a los Ayudantes en caso de 
faltas •|:'.e no pasen de dos o tres días y cuando así lo dis- 
¡)i:n;.ia el Director. 

.\"t. ;.s. — Están sujetos a las mismas obligaciones que los 
\yi!>iuiiics en lo que se refiere al cumplimiento de su tarea. 



5() Proyecto Je Re¡iU¡mei¡!o para /as /-sciie/tiíi ilc Pniclica 

Exposición de motivos » 

Iintre la iiiísión teórica (|iie todos los peda^o'^istas, con 
|>e(|ueñHs diferencias que no afectan a su fondo, atribuyen u 
la educación primaria, y el resultodo prúctico c|ue se observa 
en el niño (|ue lia cursado los odio luIüs de nuestras Escuelas 
públicas, se nota una separación, que tiende uuis y nuis a con- 
vertirse en abismo. Desde la Reforma Vareliana hosta nuestros 
días lian transcurrido ya cerca de 55 años, lo que si^^nifica 
que los niños que entonces comenzaron a frecuentar nuestras 
Escuelas, es decir, la primera generación que aprovechó de 
la Reforma ha dado ya sus frutos. La sociedad de hoy es el 
producto de lu labor de esa Reforma. Solamente ahora pode- 
mos,, pues, juzgar de la bondad y eficacia de esos nuevos 
métodos, que, reformando la Escuela de entonces, debieron 
fi)rzosanicnte, como consecuencia lógica, refornmr la socie- 
dad de hoy. 

Frente al resultado concreto de esa obra en la que se 
fundaron tantas esperanzas, cabe preguntar ahora, haciendo 
el balance de sus resultados positivos: ¿lis lu sociedad de 
hoy, más moral, más consciente de sus derechos pero tnm- 
bión de sus deberes, que la sociedad de entonces? 

/.Es la sociedad de hoy más ilustrada, más amante de la 
ciencia, que la sociedad de entonces? 

Sin hacer un juicio demasiado temerario, creo que se pue- 
de responder sin vacilación con una negativa a la primera 
pregunta. La ambición irryfrenada; el amor del dinero con- 
seguido a cualquier costa, ai'i'.i por el sacrificio de los delica- 
dos escrúpulos de cniicinn<:;a: la iin|)ac¡encia por obtener 
resultados utateriales quo sobrepasen siempre al esfuerzo de 
la inteligencia y del trabajo; la ligereza, l¡i frivolidad del 
juicio, eso .'aü'ücr-al/cr ninral funesto a loda elevación de 
carácter, reinan hoy soberanos sobre nuestra sociedad al igual, 
sino C'jii mayor fuerza que en la sociedad de entonces. Ir.n 
v'ano se disfraza la falta de escrúpulos morales con el nom- 
bre d«i sen/íilo prúctico: -A desprendinnenlo, la generosidad, 



l*royccto de Reglamento para ¡us Esencias tic Practica 57 

la uspeciilacíóii desinteresada de la ciencia dejan, más y más, 
el paso al negocio brutal, a la industria productiva de 
inmediato. 

El nivel moral de la sociedad no se ha elevado sensiblemente 
desde 1878 hasta nuestros días. 

Queda, coniú compensación, la elevación del nivel intelec- 
tual, c|ue esa sí, es iniie<^able. Hay, en nuestros días, un ;nayur 
número de hombres y mujeres en las clases más desheredadas 
de la sociedad, que suben leer, escribir, resolver cuestiones 
uritinéticas. l£s hoy menor, el número de los infelices (|ue se 
dejan enjjailur con Facilidad por no conocer las reglas arit- 
méticas, por no saber escribir un recibo, o no saber reclamar- 
lo de quien corresponde. Pero la educación moral del individuo, 
no ha sufrido variación sensible. 

El problema se presenta, pues, sólo parcialmente solucionado. 
La acción mús importante, lu acción primordial de la Escuela, 
no se cumple como debiera. 

La causa de ello está, ¡inte todo, en la preparación que se 
da a los Maestros. De ella depende, antes que nada, la eficacia 
o la inutilidad de nuestras Escuelas. De nada sirve, en efecto, 
un e.\celente método de enseñanza, si ha de ser erróneamente 
aplicado; y, viceversa, una Escuela puede dar óptimos frutos, 
si el iMaestro es capaz de corregir con su criterio sano, su 
dedicación, su perseverancia, los métodos y las disposiciones 
equivocadas. 

Formar Maestros, pues, debe ser antes que ninguna otra la 
preocupación de las naciones que quieran obtener un resul- 
tado positivo en materia íle educación. Así lo hace notar con 
justísima razón Gréard al estudiur la reforma de la enseñanza 
secundaria en Francia; y así se ha comprendido también en 
nuestro país al elevar el nivel de los eonucimientos exigidos 
un los e.vámenes nmgisterialos Nuestros Maestros, como la 
sociedad en general, son hoy, más instruidos que antes. La 
preparación teórica del nmestro, sobre todo del normalista, 
es suficiente para desempeñar con brillantez In mi.sión que 
lu está encomendada. Pero no basta, para ser buen .V\uestro 



rvS Proyecto Je Reglamento para /aa f-aciieUis de Practica 



coiiucur con iiinyor o menor prol'nnclidad los ulenientos cieitfí- 
ncosqneestii Humado a enseflnr. No us bnen Muestro aquel que 
solamente knsi!:.^a bien; lo es ante todo, aquel i|iie educa bien. 
Pero el i)n|)el de educador es el unís difícil, el mús complejo, el 
más delicado de cuantos pueilii desempeílar una persona; y, 
como lo hace notar Duyard, al ocuparse de la fornmción de 
proltísorea de Enseflanza Secundaria, el único para el cual 
no se prepara al Muestro; el único para el que no se exi'Je 
certificado de competencia; el único que no se puede mani- 
festar en exámenes ni en concursos. Y es que la competencia 
en materia de educación no se da a conocer en un breve ac- 
to de examen. Porque la educación de un niflo es la suma, o 
mejor, la resultante de un sin número de fuerzas, tendencias, 
ejemplos, herencias, ambiente, consejos, lecturas, enseñanzas, 
que se entrecruzan, se mezclan, se anulan y se refuerzan en 
el misterioso laboratorio que es el alma humana, la que saldrá 
fundida de ese vasto y desconocido crisol en el que cada uno 
de los que rodean al alma que se forma pone su elemento 
propio, sin poder prever qué acción resultará después, de esa 
compleja y enorme mezcla de diferentes influencias. 

Pero entre todas ellas, mds poderosa, más eficaz, debe ser 
forzosamente lo influencia del que más asidua o más profun- 
damente ejerza su acción sobre el espirilu del nino. La fami> 
lia, ante todo, al reunir en ella sola la presencia continua y 
la fuerza de la herencia, tiene la preponderancia casi e.xclu- 
siva en esa enorme y misteriosa preparación de espíritus. Pe- 
ro junto a la influencia innegable de la familia y del ambien- 
te, la acción de la Escuela, menos frecuente, pero más inten- 
sa por la consideración y el respeto que impone, corriye o re- 
fuerza, se<iún sea contraria o paralela, la acción perjudicial o 
deficiente del hoyar. 

Si el ideal de la Escuela, reformadora de la sociedad y cri- 
sol e.<<clusiVo de su fundación, iio puede ser alcanzado por com- 
pleto porque el hojjor debilita y contraría su influencia, puede 
ella, sin embar<j[o, reforzar su acción educadora e influir más 
eficazmente en la mejora social a (|ue se aspira. 



Proyecto de Re¡ilamento para las Escuelas Je Practica 59 

Sin declarar la bancarrota de la Escuela frente al resulta- 
do casi nei^ativo de su influencia social, cabe, sin embargo, 
constatar su impotencia educadora, resultado de nutltiples y 
complejas resultancias que no pueden, todas, ser corregidas. 
Sin aspirar tampoco a un ideal irrealizable de influencia todo- 
poderosa, cabe reforzar su eficacia y obtener así un resultado 
positivo más encryico, impidiendo que su acción de por sí dé- 
bil e incompleta perezca ahogada bajo el cúmulo de otras fuer- 
zas contrarias, que tienden a anular su influencia en lu socie- 
dad. Y antes que todo, el medio de reforzar esa acción es pre- 
cisamente dirigirse a las fuentes vivas de la Escuela, al Maes- 
tro, encargado de llevar a la práctica, de convertir en realidad 
las aspiraciones teóricas que anhelamos. 

Y es que la preporación del Maestro ha sido hasta ahora 
preferentemente teórica, olvidándose que la teoría es sólo In 
preparación de la práctica y que ésta solamente, razonada, 
consciente, puede formar un buen educador y un buen Maes- 
tro. Obedeciendo tal vez con demasiada ceguera a la ley que 
somete el progreso a las oscilaciones de un péndulo, hemos 
posado del antiguo «Fit fabricando faver» a la preparación 
puramente teórica. Durante muchos años, — y aún hoy en la ma- 
yoría de los pueblos de campana — la única preparación que 
se éxigín al Maestro de enseñanza primaria era la práctica 
que debía ejercer junto a un Maestro ya formado, no tomán- 
dose en cuenta, o casi nada, la preparación teórica indispen- 
sable al buen desempeño de su misión. 

lÜa reacción, violenta como siempre, llevó a los Maestros 
a una preparación teórica más profunda lo que no hubiera sido 
nin<¿ún mal si junto a ella se hubiera mantenido la práctica ne- 
cesaria para completarla. Pero, como toda reacción violenta y 
no evolutiva, la reforma suprimió al mismo tiempo lo bueno y 
lü malo del antiguo sistema, y se creyó que el estudio de la 
psicología, de la pedagogía y de la metodología en el libro ina- 
nimado y por decirlo así, muerto, podrían sustituir a la expe- 
riencia nacida del contacto diario en la viviente y real manifes- 
tación ;|(í la psicología infantil. 



Proveció de ffeglamenío para ¡as Escuelas de Práctica 



La práctica exiiíida pora obtener el titulo de l.er ¿rodo, ly} 
responde siquiera a las necesidades de la profesión. Si bien es 
cierto que en Francia fué creado el cuerpo de d/éves-maUres 
adjunto a las Escuelas y formado por todos los que aspiraban 
a dedicarse a la ensetlanza como estudio obligatorio antes de 
confiárseles una escuela y como única preparación exigíble, 
esto tuvo únicamente un motivo de interés pecuniario, pues se 
destinaba a ayudur a los Maestros en sus tareas demasiado so- 
brecargadas, y aún se les designaba una compensación a sus 
servicios, lo que prueba el carácter utilitario con que fueron 
creados. No se daba a este stage obligatorio el carácter de 
preparación profesional; era niús bien el medio de reclutar el 
personal ensenante, escaso en cierta época, de una manera 
más fácil y menos onerosa a la Nación. En cada Escuela, es- 
pecialmente en las de campaña, los mejores discípulos de las 
clases superiores ayudaban al Maestro a dictar su clase, con- 
fiúndoseles los alumnos de menor edad (con lo que se pone 
de manifiesto la escasa preparación pedagógica de los auto- 
res del proyecto,) bajo lo dirección inmediata de aquel. Con lo 
que se consigue (agregan dichos autores) formar buenos Maes- 
tros y aliviar el trabajo excesivo de los ya existentes sin sa- 
crificio alguno de parte del Estado (citado por O. Gréard). 

Hay en la práctica del magisterio, y no en la práctica de 
la enseñanza, que son cosas diferentes, factores varios que con- 
tribuyen en diversa escala a la formación de un buen Maestro. 

Pero lo que en nuestras Escuelas se conoce con el non\t>re 
de práctica de la enseflanza, es una rama solamente de la prác- 
tica total. En efecto, como decía más arriba, no basta saber 
enseñar para ser un buen Maestro. La metodología aplica- 
da, el arte de ensf;:'Mr, i-.-s ta! >>¿ lo menos importante de su 
acción compleja e importaiitísiina. El alunino-mnestro aprende 
a someter sus Itíccioiii's a mi ;:Ian inteligente y metódico; apren- 
de a adaptar su lenguaje ai lenguaje del nulo; a refrenar su 
mente demasiado inipulsiVá que le lleva a continuar con c.'<ce- 
siva rapidez la marcha ascendente de la ciencia, olvidando con 
huí la frcc'.ienciu (|uu si: oaso es demasiado rápido pnra el ni- 



Proveció de Reglamento para ¡as Escuelas ile Práctica fil 



flo. El alumno'inaestro aprende a enseñar., no aprende a edu- 
car. Terminada su práctica übliiiatoria de un ai^o, consejíuido 
al fin el titulo que anhela y que le faculta para obtener una 
clase, debe comenzar de nuevo su aprendizaje esta vez den- 
tro de las condiciones verdaderas de la realidad. En efecto, 
nuestros alumnos-maestros, tanto tos que efectúan la práctica 
reglamentaria en las Escuelas de Aplicación como los que fre- 
cuentan las Eicualas de Práctica, pre;)aran sus lecciones, se- 
ñaladas de antemano por el Director de Prúctica; forman por 
escrito su plan, corregido por él; dan sus lecciones frente al 
Director de la Escuela, al Ayudante de la clase y a to- 
dos sus compañeros; y luego' critican y clasifican sus lec- 
ciones señalando sus defectos y poniendo de relieve sus 
cualidades salientes. Es un sistema casi perfecto de metodo- 
logía práctica: no es un sistema de práctica magisterial. En e- 
fecto, la presencia de ese Tribunal, que resulta Imponente para 
niños y Practicantes, cohibe la libre expansión de unos y otros; 
exacerba la timidez del que comienza a tratar con niños y a 
quien asusta la fijeza y la atención de tantos ojos dirigidos 
sobre su persona. Pero el más grave inconveniente es que el 
alumno-maestro en estas condiciones no conoce verdaderamen- 
te los mil y un detalles que se manifiestan en una clase en- 
tregada por entero a su Maestro; a un Maestro nuevo, sin la 
práctica que dan los ailos de enseñanza y la observación y el 
estudio de los niilos. La clase, en presencia del Director y 
del Ayudante no se muestra en toda su libertad: la libertad del 
niño que reconoce instintivamente a quien a ellos se dirige; y 
lo juzga y lo condena con una severidad, con una justeza ta- 
les, como no lo haría un Tribunal de miembros e.xperimenta- 
dos. El dominio sereno de la clase se obtiene solamente cuan- 
do el alumno-maestro dominándose a sí mismo y libertando su 
espíritu de la tensión en que lo coloca la presencia del Direc- 
tor, del Ayudante, y de los compañeros, pueda dedicar toda su 
atención y toda su energía a la clase que lo escucha y que lo 
juzga. .Apenas sí en las lecciones prácticas consigue ponerse 
en comunicación con el espíritu del niño; adaptar su lengua- 



ivi Provcctn de Ket^lamenin para hts l:<ciiela< -¡c Práctica 

¡c ni del alumno; distinguir la profunda diferencia que exis- 
te entre una noción entendida y una noción aprendida; soin?- 
terse a la lentitud, a la repetición que requiere la enseñanza. 
Pero el conocimiento y el dominio del niño, los mil insignifican. 
tes detalles que escapan al Maestro que empieza, y que consti- 
tuyen toda la obra de educación: el criterio que se necesita 
para desarrollar un programa en los diez meses del curso esco- 
lar paso a paso, sin la rapidez que amontona las nociones 
sin darles tiempo a ser asimiladadas por completo, y sin la 
lentitud exagerada que roba el tiempo a su total desarrollo; 
la profundidad de la enseñanza calculada por el tiempo que 
requiere la completa asimilación de un programa; los mil 
recursos de que debe valerse un Maestro colocado en con- 
diciones desfavorables de capacidad de sus salones, de falta 
de elementos necesarios para la enseñanza; el modo de des- 
pertar el cariño y el interés del niño y atraer así una asisten- 
cia elevada y constante: todos esos recursos que hacen de la 
enseñanza un arte sometido a la ciencia, no pueden ser adqui- 
ridos en una Escuela única y en un curso único. El alumno- 
maestro que concluye su práctica reglamentaria conoce una 
única fisonomía escolar: la de la Escuela que lo formó; y tra- 
tará de llevar a su clase las cualidades y los defectos que obser- 
va, demasiado inexperto todavía para reconocer y distinguir 
unos de otros; pues hay prácticas viciosas que aparentan re- 
sultados halagüeños, escondiendo como frutos tardíos, vicios pro- 
fundos en la educación. 

Y cuando ci novel Maestro se encuentra frente a la clase 
que se le ha confiado, responsable de ella y solo para dirigir- 
la, se le presentan mil inconvenientes que no había podido 
prever porque no existían en las condiciones en que se en- 
contraba: y se ve desamparado, perdido, sintiendo que le aban- 
donan los conocimientos aprendidos, inútiles frente a una cla- 
se que no puede dominar. Entonces debe comenzar de nuevo 
su práctica verdadera en la plena libertad de sus fuerzas úni- 
cas y abandonado completamente a ellas. El primer año de -¡u 
trabajo, tal vez ios dos primeros, son casi perdidos; y la cía 



Proyecto de Reclámenlo para las Escuelas de Prdctici 6v5 

se debe ser sacrificada al aprendizaje mal hecho o incomple- 
to. Entonces adquirirá a su propia costa la paciencia, la per- 
severancia, la ener<;ía, la atención constante y dividida, pre- 
sente en cada detalle y en el conjunto — la ciencia de divi- 
dirse en tantas partes como alumnos y de enseñar a uno por 
uno y a todos juntos: de conocer todos ios caracteres y de 
adaptarse a ellos concentrando en sí mismo todas las energías 
y todas las actividades para irradiarlas luego, foco y centro 
de la clase de la cual es también alma e impulso. 

Para evitar en lo posible pantos inconvenientes que alejan 
la preparación actual del Maestro de lo que debería ser una 
práctica regular lo más perfecta posible, es necesario dejar 
al alumno-maestro entregado a sus propias fuerzas, y adqui- 
rir a costa de ellas las condiciones necesarias de una buena 
preparación. Para esto indicamos un procedimiento aunque de- 
fectuoso todavía, el único verdaderamente práctico que sea com- 
patible con el modo de funcionar de nuestras Escuelas. Sería 
éste el de refundir en una sola institución el cuerpo de Su- 
pienies y el de Practicantes: El Director de la Escuela de 
Práctica indica los alumnos-maestros que han cursado seis 
meses en su Escuela y que poseen, por consiguiente, algunas 
nociones de metodología práctica, y algún conocimiento del 
niiio. Estos alumnos-maestros serán llamados a desempeñar 
las suplencias que no pasen de veinte días en todas las Es- 
cuelas de la Capital, sin retribución alguna; pues formaría par- 
te lie !a práctica reglamentaria y obligatoria, dentro del año exi- 
<^ido como tiempo mínimo. Con esta disposición se consegui- 
rían algunas ventajas imposibles de obtener dentro del fun- 
cionamiento de las Escuelas de Práctica. 

En efecto, para desempeñar la suplencia para la que ha 
sido I .'.ornado, el aiumno-maestro se encuentra librado a sus 
.:í-'^¡'ias ti:e:-zas; adquiere el dominio de la clase y la confian- 
za de si mismo que no puede obtener bajo la vigilancia del 
r. ir.ictor y del ayudante de la clase; se pone en contacto con 
p.i'M) úuránte todas las horas del día escolar y no única- 
'líente durante las horas de práctica; hace, pues, una prácti- 



I')} Proyecto Je Rc¿liiinento para Ui> l-^ciielit-- 'le Prdeticii 



ca intensiva de aljiiinos ilias, muy importante y difícil de oh> 
tener en una Escuela de Práctica en que el Ayudante no pue- 
de abandonar la clase sin preiexto alj^uno durante varios días. 

Además, durante su estada en otras Escuelas, aprende a 
conocer diferentes criterios y diferentes prácticas escolares: 
y forma su criterio personal de la observación y la coirpara- 
ción, salvando al mismo tiempo, el peligro de (|ue todos los 
alumnos-maestros de una misma Escuela de Príictica $ean la 
copia fiel de su Director. 

Pero no s-e crea que con la prematura comparación de di- 
ferentes prácticas pierda el alumno-maestro la linea general 
de su criterio: y las contradictorias observaciones (admitiendo 
que ellas sean contradictorias), transformen en un caos su 
mente recién abierta a la enseñanza; la obligación de volver 
a la Escuela de Práctica, terminado el desempeño de la su- 
plencia, evitaría el inconveniente señalado. Esta reforma, com- 
plemento necesario a ima buena práctica, no puede siquiera, 
perjudicar a las Escuelas en que ella se desempeña; pues en 
el corto espacio de tiempo en que se desarrolla no puede 
causar un grave perjuicio la íalta de competencia del alum- 
no-maestro. Obtendríamos también una sensible economía en 
el presupuesto de licencias, tan escaso siempre para los Ma- 
estros enfermos. * 



El modo de efectuar los e.viimenes prácticot;, tal como tiene 
lugar actualmente, proL^enía ¿.-aves inconvenientes. En efecto, 
el i>\anien se efectúa j medida iiwí el aspirante lo solicita. 1:1 
primer inconveniente ,-ecae .-«obre ol propio aspirante, que de- 
be esperar, para re:idir «.vurL!:. a que se presenten Varios 
otros, pues se p.'efiere siei:-.;:r'.=; la realización de dos o tres a 
•jii mismo tiempo, par;, i^'.wr nombrar un tribuna! es- 
;)ecial para cada uno. De (.¡onde resulta (pie, si el Hspirante 
es (ic v'ampaf.a ;.' d^Lv- .'oU'er :i alia para reanudar íus ta- 
reas esC'>!ares. como es -an íitvruente que suceda en E>ciie- 
lus cuyo personal eí'e-.tiia la :;ri.:Otica al tiempo que desempe- 



Proyecto de líc-ilumciUo pura his t'scuc/a> Je Práctica Gj 



ña un cargo escolar, — queda perjudicada la Escuela a que per- 
tenece y el candidato mismo, que prolonga su estada con los 
correspondientes gastos y continuación de su licencia. 

La época fija y conocida de antemano para la realización 
de lüs exúmenes prácticos, permite al aspirante de campaña 
bajar a la capital en fecha fija y regresar al lugar de su re< 
sidencia sin demoras perjudiciales. 

La terminación de todos los cursos de práctica antes del fi.i 
del año, permite, además, a los candidatos recibidos, presen* 
tarse a los concursos de ayudantías que deben realizarse an- 
tes de la apertura de las Escuelas, a fin de dotar a éstas de 
su personal efectivo, y evitar en lo posible el cambio de .Ayu- 
dantes durante el curso escolar, cambio tan perjudicial a la 
buena marcha de la enseñanza. 

Pero hay aún otra razón que exige la realización de los 
exfimenes prácticos en una sala fecha: y es ésta el nombra- 
miento del Tribunal Examinador. Con el sistema actual, es pre- 
ciso nombrar una Mesa e.xaminadora para cada aspirante o ca- 
da dos. El excesivo número de e.xámenes solicitados, requiere 
el nombramiento de igual número de examinadores, los que son 
elegidos, generalmente, entre los mismos Maestros en ejer- 
cicio. Pero éstos, se niegan en la mayoría de los casos, a aban- 
donar las tareas de su Escuela,— lo que ha dado motivo a una 
disposición reciente sobre penas que les deben ser aplicadas —; 
dificulta enormemente la forninción de Tribunales y demora 
por una parte, la realización del acto, obligando, por otra, a 
echar mano de elementos inexpertos o incapaces, llan'.ados a 
¡uzílar del método de las Escuelas de Práctica sin base sufi- 
ciente de juicio. El criterio personal, ran diverso y varia- 
ble en esta parte, cunduce además, a resultados verdadera- 
mente sorprendentes, como lo es el rechazar a un candidato 
por !as mismas razones que lo hacían considerar en las Es- 
cueias de Práctica como elemento de valer; y viceversa, de- 
clarar sobresalientes individualidades consic'eraüss cunio ver- 
dadei-amente deficientes. Y como el alunino-ir.aesiro. sigue en 
Oíí j el criterio de su Director, se ve expuesto a sorpresas 

3 



U(-) Proyecto ile Reglamento para las Escuetaa de Pri'u-tica 



desagradables que dejan mal parado el prestigio y la impor<« 
tancia de estas instituciones. 

La razón de precedente puede también invocarse en este 
punto. Los cursos prtlcticos de las Escuelas de Aplicación ter- 
minan para todos los aspirantes al mismo tiempo; y en su Tri- 
bunal examinador, el Director de Práctica tiene voz y voto. El 
hecho de haber señalado establecimientos especiales para 
(|ue se efectúe la práctica de los Maestros nacionales, coloca a 
dichos establecimientos en las mismas condiciones de curso re- 
cular y obligatorio que las Escuelas de Aplicación. No hay, pues, 
razón para aceptar en un caso, y rechazar en otro, un proce- 
dimiento cuyos Inconvenientes no han sido seílalados todavía, 
y sí sus ventajas numerosas. En cuanto al Tribunal encargado 
de recibir dichos exámenes puede estar formado por varios 
miembros pertenecientes al Magisterio activo, presidido como 
es de práctica corriente, por un Vocal de la Dirección o cual- 
quier otra persona expresamente delegada por ella, y debe ser 
integrado con voz y voto, como se efectúa en todos los exá- 
menes de curso regular en las Universidades y Escuelas Nor- 
móles, por el profesor de la materia, que en este caso lo es 
el Director de Práctica. 

El número de alumnos-maestros que deban admitirse en ca- 
da Escuela es otro punto interesante que debe ser regla- 
mentado expresamente. La preparación práctica se dificulta, 
en efecto, enormemente cuando los aspirantes son muy nu- 
merosos, pues la práctica magisterial, diversamente de las 
otras enseñanzas, requiere una participación casi exclusiva- 
mente personal para ser eficaz. Iin los cursos de enseñanza 
teórica la palabro del Maestro a todos llega por igual, y a pe- 
sar del número aún excesivo de alumnos con que puede con- 
tar una clase, la eficacia resulta asegurada por la atención 
de todos. 

Pero las clases prácticas, sean del orden que sean, requie- 
ren el ejercicio de las facultades y encrgias individuales que só- 
lo pueden desarrollarse sucesivamente; por lo que cada alum- 
no, para <)btener un resultado provechoso, debe intervenir lo 



Proyecto tic Rc¡ííamcnto para las EscucUts Uc Prdctica (t7 



inús frecuentemente posible en el curso. Por esta causa hemos 
indicado un tníniinuin de 15 lecciones para cada uno, sin per- 
juicio de todas aquellas que pueda dar con los Ayudantes de las 
cinses y que no pertenecen al curso regular. 

I3stc iníiiinutm esti) calculado con respecto al número de 
Practicantes de cada Escuela. I£ii efecto, If) lecciones por a- 
lumno, da alrededor de 303 lecciones de 20 alumnos-maestros 
por [iscuela. Batas 5UU lecciones, a ruzón de dos por día, que 
deben ser dirigidas, corregidas y preparadas por el Director, 
.suponen un promedio de 150 días de clase. Es todo lo que po- 
demos exigir, si se tiene en cuenta que es necesario descon- 
tar los días de lluvia, en los que, la falta de alumnos dificul- 
ta la realización del curso. En cuanto a las lecciones modelos 
dudas por el Director, quedan fuera del curso. 

Esta causa sería ya de por sí suficiente para no permitir un 
númer.) mayor de 20 alumnos en cada Escuela de Práctica; 
pero se agregan otras relacionadas con las clases ordinarias, 
nuiy dignas de tenerse en cuenta; y son ellas, ante todo, el 
desorden y dificultad que representa en los locales escolares 
ya de por sí estrechos e insuficientes, la presencia durante 
todo el dia escolar de 5Ú, 60 y aún más aspirantes, como su- 
cede actualmente en In Escuela de Aplicación de Seiloritos. 
Este número excesivo, agregado al total de alumnos de las 
clases, apenas suficientes para contenerlos, constituye una a- 
glomeración tal de personas cuyo silencio y orden es imposi- 
hle de mantener; y crea situaciones violentísimas para unos y 
oíros dificultando gravemente la doble enseilanzn, común y 
in.'<<^iáier:al, que se llcvn a cubo. 

La ubicación de las Escuelas de Práctico influye poderosa- 
uitíiiie en la distribución de los alumnos-maestros, libres de e- 
i(:'jir (il Establecimiento que ujejor convenga a la situación 
ile SII3 domicilios particulares; y esto explica perfectamente 
■'.'I ¿-íceso de alumnos en las Escuelas centrales y su menor 
•'Lsuti.lad en las colocadas fuere del rndio céntrico: tanto más, 
si .u' ■i(í!íc en cuenta que la fulta de ganancia inmediata im- 
:)ícii; ■i\ -<so del tranvía para muchos alumnos. Esto sería una 



IW Proyecto de Jícglamcnto para las t'sciiclas de P.-di-Üca 



razón para colocar a dichos aluiniios en las mismas condicio- 
nes (|iie los de la Escuela Normal, a los efectos del medio a- « 
bono en los tranvías. 

Dos medidas pueden corre^Jír estos inconvenientes: limitar 
el número de aspirantes a un máximo ciue no deba pasnr en 
nin<jún caso de 20, número suficiente para cpie el curso prác- 
tico resulte provechoso, y dejar libertad al exceso de candida- 
tos de ubicarse en los demás Establecimientos similares. Crear 
un mayor número de Escuelas de Práctica ya c|ue el exis- 
tente no alcanza y estudiar la ubicación respectiva de las 
mismas, de modo que su número esté en relación crecien- 
te al núcleo respectivo de población; teniendo en cuenta los 
pueblos cercanos y la distribución de las lincas de tranvías. 
O bien, distribuir el nrimcro de aspirantes proporcíonalmente 
en todas las Escuelas de Práctica sin consultar las Ventajas 
de cada uno; pero esta solución nos parece ulyo violenta. 

La reglamentación del cambio de Escuela por parte de los 
alumnos se justifica por los inconvenientes que traería apare- 
jados el movimiento de aquellos sin motivo importante. 

La facilidad paru cambiar de Escuelas de Práctica no debe, 
sin embarco, restringirse demasiado, pues la misma ra/.ón que 
nos hizo admitir su libre elección por parte del alumno quo 
tiene en cuenta lo mayor o menor proximidad de sus domicilios, 
nos debe hacer aceptar como lójjico el cambio de dichos estable- 
cimientos cuando éstos hayan dejado de encontrarse en las con- 
diciones primitivas. Se hace necesario el conforme de los dos 
Directores, para evitar en lo posible el movimiento excesivo de 
alumnos, que pierden con el cambio de dirección una parte de 
sus conocimientos al adaptarlos a un criterio diferente. 

Siendo !aa Escuelas de Práctica establecimientos de ense- 
fianzH organizados con un fin determinado, conviene asegurar 
su recular funcionamiento con una asistencia obliííatoria de 
los alumnos-maestros: los <\w. no podrán rendir examen prác- 
tico si cuentan más J« ío.lt'i<s en el año. Este punto está 
relacionado con una disposición viyente i|ue requíiín; i.-l plazo 
de ttn ario entre el examen toórico y el práctico; así como con 



Proyecto de Reiilamcnto para ¡as Escuelas de Práctica 69 

otra que establece un inínímun de 160 asistencias para el ejer- 
cicio de la práctica. Estas 160 asistencias pueden estar distri- 
buidas en tal forma, que hagan inútil todo trabajo metodizado 
de parte del Director. En efcto, estas 160 asistencias corres- 
ponden solamente a 7 meses de clase; de modo que queda un 
excedente de 5 meses en que el aspirante puede perfectamente 
dejar de trabajar. 

Al establecer las Escuelas de PrActica se ha cambiado de 
hecho el espíritu de la práctica obli'iatoria, transformándola 
en un curso recular y metódico, con profesores que se espe- 
cializan en ello, en vez de dejarla librada al criterio forzosa- 
mente variable y sin responsabilidad alguna que caraterizaba 
al sistema anterior. Al darle, pues, el carácter reglamentario 
se la coloca en condiciones especiales que, al tiempo que la 
mejoran, exi<<en por parte del alumno circunstancias diversas. 
Se hace, pues, necesario cambiar aquella disposición, para exi- 
<^ir al alumno-maestro un curso único de un año con menos 
de 20 faltas, salvo casos de licencia por enfermedad; supri- 
miendo por lo tanto la disposición que exige el plazo de un 
aílo entre el examen teórico y el práctico, por no tener ya 
razón de ser. Concluido el curso, el aspirante puede rendir 
examen en la fecha indicada para su realización. 

Dos puntos interesantes nos quedan aún por tratar, y son: 
la provisión de las Ayudantías vacantes por renuncia o por li- 
cencia. 

Las tareas especiales del Director de Práctica lo dificultan 
grandemente para ejercer una vigilancia estrecha sobre la en- 
señanza común de la Escuela a su cargo, y con mayor razón 
para atender las clases que queden sin Maestro. Ahora bien, 
cuando un Ayudante solicita licencia, suele quedar la clase 
sin Maestro durante varios díus, a causa de los trámites mús 
o menos lar^Jos que es necesario efectuar, lo que dificulta gran- 
demente la marcha regular de la Escuela. 

Se ha tratado de remediar en lo posible este inconveniente 
dando a los Secretarios la atribución de sustituir a los Maes- 
tros que faltasen; pero esta disposición es insuficiente, pues 



70 Proyecto de Re¡ilamento para /as Escuelas de Práctica 

el Secretario si bien puede dejar sus tareas durante un i.;íu o 
dos, no puede hacerlo en un plazo más largo sin perjudicar ' 
la buena marcha administrativa de la Escuela. Como, por utra 
parte, las funciones de Secretaría son completamente diversas 
de las de Ayudante, falta a los Secretarios esa prrictica diaria 
que no necesita de la intervención frecuente del Director, por 
lo que, en muchos casos resulta menos inconveniente a éste 
hacerse él mismo car¿o de la clase, que tener que atender 
al mismo tiempo tres o cuatro trabajos a la ve?.. Pero esta.s 
dificultades se hacen mucho más graves cuando se trata del 
nombramiento de Ayudantes interinos, en que tiene que interve- 
nir la Dirección; pues los trámites son más largos, y el re- 
cargo de tareas impuesto a esa Corporación le hacen casi 
imposible expedirse de inmediato. Hemos tratado de subsa- 
nar estas dificultades colocando las Escuelas de Práctica bajo 
la dependencia inmediata de la Dirección, de modo que las 
suplencias puedan ser provistas directamente por el Inspec- 
tor .Nacional, suprimiendo de este modo los trámites largo.s 
y enojosos tan perjudiciales a la marcha de estas Escuelas. 
El nombramiento de interinos queda también facilitado por 
la presentación directa de la solicitud a la Dirección en el 
mismo día en que se produce la vacante, lo que facilita el 
nombramiento evitando la demora de los expedientes en Se- 
cretaría. 

En cuanto a la provisión de puestos efectivos, presenta difi- 
cultades que es más delicado aún solucionar. 

Hasta ahora, dos son los procedimientos empleados en el 
nombramiento: el concurso y el nombramiento directo, .'^ir.bos 
presentan ventajas e inconvenientes. El concurso permite de- 
mostrar aptitudes que hubieran quedado ignoradas aún por el 
mismo que las posee; es una ^a.'antía inmensa de justicia y de 
honradez en el nombramiento; y deja abierto el camino, sin fa- 
voritismos ni padrinazgos, a todo elemento de valer que sólo 
tiene la fuerza de su mérito para abrirse camino en su carre- 
ra. Desde el punto de vista del candidato, el concurso es 
insustituible. Pero desde el punto de vista de la Institución pue- 



Proveció de Reglamento para las Escuelas de Práctica 71 

de i)resentar serios inconveniente. Hay, en efecto, cualidades 
muy apreciables que no se manifiestan en el acto de un con- 
curso. La perseverancia, el tesón, la puntualidad, la concien- 
cia del deber y la honradez en la profesión, no pueden en ma- 
nera aiyuna, demostrarse en las pruebas forzosamente limita- 
das del concurso. Conviene muchas veces más la plasticidad 
intelectual que se amolda a las indicaciones de la experiencia, 
'.{uc la brillantez un poco fatua del que, i<2norando todavía las 
verdaderas dificultades de la práctica, confía demasiado en 
sus propias fuerzas, y cierra su entendimiento a los consejos 
y advertencias del Director, llegando por fin, después de un 
camino mucho más largo, a las mismas conclusiones que él. 
f^i elemento de azar, es además, muy grande en estas prue- 
bas; y aún más en los concursos de Ayudantías, en que las 
pruebas, muy limitadas, por su misma índole, dejan un campo 
mayor a la suerte, para decidir en último término del valor de 
im candidato. Los concursos de Ayudantías, colocan, además, 
a los Directores de Escuelas en una curiosa situación. En to- 
do organismo en que la responsabilidad recae casi entera en 
su Director, éste tiene la facultad de elegir el personal que 
crea más idóneo para secundarlo en su tarea; pues justo es 
que quien tiene la responsabilidad tenga también en su mano 
los medios de hacerla efectiva. Pues bien, los Directores de 
Escuelas no sólo no tienen la facultad de elegir su personal, 
sino que son ellos ele<<idos o desechados por los .Ayudantes, 
que suelen rechazar las Escuelas por motivos nimios y aún 
sin motivo. Los concursos de .'\yudantias, además, por efecto 
de la clasificación que establecen entre los aspirantes, permi- 
len que los últimos, que pueden ser pésimos o muy buenos, 
se'jún el nivel general del concurso, estén en las mismas con- 
diciones que los primeros, a pesar de su inferioridad relativa. 
V.w Director debe, pues, aceptar el candidato que se le pre- 
stii-ta, aún cuando esté perfectamente seguro de su incapacidad. 

i'.n.nalía, corregida en algo en la práctica, gracias a la 
i>ri'.c'si:cia y amjr a !a causa que revelan siempre los Maes- 
t! .)í\ :-,c ^eja de existir, y .si ha sido tolerada hasta ahora sin 



72 Proyecto de Reíi¡antenio para úis £<cueh¡s tic /'nirtica 

inayures iticativeiiieiites por lus Üirectores ¿a ias biscuel-.ts co- 
munes, no puede serlo, en manera algunn, para las Escuelas ' 
especiales como lo son las de Práctica. Para estas Escuelas es 
necesario buscar otro procedimiento más de acuerdo con sus 
necesidades. 

El nombramiento directo a pro,)ue3ta del Director, presen- 
ta también algunos inconvenientes. Las aptitudes verdaderas 
de un .Maestro sólo se revelan con la práctica. 

Hemos desechado el concurso por ser insuficiente para pro- 
bar dichas a¡:titudes. El nombramiento directo es aún peor que 
el concurso. Preferimos, por lo tanto, un procedimiento de 
prueba que creemos tenga mayores ventajas, y que se ha apli- 
cado ya en la provisión de los Directores de las Escuelas 
Rurales creadas por ley de 7 de mayo de 1910. 

El nombramiento efectivo es precedido de un interinato de 
prueba por el término de dos años, en los cuales el candida- 
to puede demostrar prácticamente todas sus condiciones, tan- 
to las que se ponen de manifiesto en los concursos, como las 
que indicábamos más arriba, de perseverancia, conciencia pro- 
fesional, puntualidad, etc. Permite al Director elegir su perso- 
nal entre los mejores clement.os del magisterio y cerciorarse 
por sí mismo da las cualidades de su candidato, sin exponer- 
se a efectuar un nombramiento definitivo perjudicando la Es- 
cuela por un juicio demapiado rápido o equivocado sobre a- 
quel. La efectividad del puesto es un aliciente para el mismo 
en el buen desempcilo de su tarea, y el plazo de prueba 
elegido, — í/tí>' a/los - es suficiente para que las resoluciones 
de buen comportamiento tonicí'as en previsión de la efectivi- 
dad, se conviertan en habito, y iiagan tal vez de un .Maestro 
mediocre o poco briü.inte. un buísn elemento, con el aprendi- 
zaje efectuado en vista de esc objeio determinado. 

Con el estudio de -ísíc -hki: íU'wos por terminada la expo- 
sición de los motivos que nos inducid» a presentar este 
proyecto de Reglamento. 

Los artículos restantes íoh üe::iasiado evidentes por sí mis- 
mos para necesitar una explicaci 'm detallada y especial. 



75 



Misión de la mujer 
como madre y como educadora 

Conterencia dada a las alitmnas del 'Curso 
de Adultos S." I por la señorita Luisa Liiisi. 

NO tienen mis sencillas palabras pretensión de conferencia. 
Cuando la inteiiítente Directora de este Curso, señora 
Teresa Volonté de Costa, solicitó mi contribución para la aran- 
de y simpática obra que realiza al frente de su Curso de Adul- 
tos, la idea me sedujo desde el primer momento. Una palabra 
extraña, diversa de la que se está habituado a oir todos los 
días, rompe un poco la monotonía de las clases y trae algo de 
vida exterior al recinto un poco cerrado de todas nuestras 
instituciones de educación. 

Pero la palabra conferencia me parece demasiado «jrave, 
para lo que yo pueda deciros. Una conversación solamente 
entre vosotras y yo. Pero, ¿de qué podré hablaros que os in- 
terese, y que pueda seros de aiyuiia utilidad? ¡Es tan difícil 
interesar y agradar en una simple conversación, que debe for- 
zosamente ser breve para no cansar! Y he pensado que hay 
algo que nos interesa siempre poderosamente a todas las mu- 
jeres, puesto que es nuestra finalidad suprema. Y son las cria- 
turas. 

Nosotras como maestras — y vosotras romo madres o futu- 
ras madres — realizamos una obra en colaboración, aportando 
nosotras el fruto de nuestros estudios, de nuestros desvelos 
consagrados a ese único fin: vosotras, dando la existencia, los 
cuidados materiales y la influencia poderosa c irreer.plaxable 
del hogar. 



74 Misión tic la mujer como madre j' como cducmloru 

Nimstra obra, pues, es soliihiria, y ilubeiiios trabiijar siumpre 
de acuerdo. La misíóu de la madre üs, naturahncnte, nuicho 
niús vasta, niAs amplia, uiús profunda; y es la que dard eii de- 
finitiva toda su influencia al cariicter posterior de los criatu- 
ras. 

Por eso, quiero Imblnros lioy de esa ntisma ¡ufUiencia, para 
que las que yn son madres, y las que aún no lo sean, puedan 
comprender más claramente la inmensa responsabilidad que 
pesa sobre nuestros hombros. 

Cuando se habla generalmente de la misión de In mujur, se 
dice que ella todo lo puede, puesto que es, en definitiva, (|uien 
modela el carácter de los hombres, y plasma así la forma de 
las sociedades que han de venir. Y en efecto: hombres y mu- 
jeres, somos lo que nuestras madres han querido que fué.se- 
mos. Lo (|ue han querido hacer o lo que han hecho de noso- 
tros, que no siempre es lo mismo. Todas las mujeres desean 
vivamente que sus hijos lleyuen a ser, cuando crecidos, hom- 
bres de bien: que adquieran una posición desahogada, que ob- 
tengan consideración, estima, relaciones, que sean ah^uien en 
fin. ¿Cuántas lo consiguen? Muy pocas. Por eso decía que so- 
mos lo que ellas nos han hecho, que no siempre es lo mismo 
que decir: lo que han querido que fuésemos. Y esto tiene una 
explicación muy sencilla. A las jóvenes no se les enseña en 
qué consiste su misión de madres. Por eso, en ¡jeneral, no sa- 
ben serlo. Van al matrimonio pensando solamente en que de- 
ben casarse porque sus madres así lo hicieron, porque sus 
amigas lo harán; porque les atrae con toda su poesía, la dul- 
zura y el encanto del amor; pero iio porque piensen que ma- 
flana serán madres, y que esto si;4nil'ica una «Jrave, una dulce, 
pero una enorme responsabilidad. 

Las mejores, cuidan de sus hijos lueijo, con un cariño que 
no por profundo y apasionado es el nuis a pro|)ósito para ha- 
cerlos felices. 

Cuidan de ellos con el mismo intenso y fanático instinto de 
la leona que defiende sus cachorros, amenazados de al<¡¡ún pe- 
ligro; se desviven por ellos: los mecen en sus brazos noches 



Misión Je la mujer como madre v como educadora 75 

(>:itei';iá |)aru o!>teiiur su siieíiu, cu uu sacrificio a veces com- 
pleto de sus |)rü|)ias horas de descanso; eiitre<¡|aiulo así, con 
una yenurosidad admirable, todo el caudal de sus eneryías y 
todas las reservas de su salud; pasan las noches en Vela junto 
a la cabecera del hijo enfermo, para ir lue^o, ai clarear el 
día, al trabajo del ho'^ar, o fuera del hoyar.... 

Y oreen haber cumplido así, ampliamente, con su misión ma- 
terna. Y bien: yo quiero deciros que no bastan los cuidados 
físicos cuya tí.\a:4ernciün mal entendida llega a Veces a ser per- 
judicial para la misma salud de la criatura. 

Yo quiero deciros que los hijos exigen aún más de las madres 
y (|ue ellas deben dar, dar siempre más, en una inmolación total 
de su felicidad y de su vida. Porque no en balde se da al nom- 
bre lie madre la divina aureola del martirio y la santidad de las 
anli'Juas fervorosidades religiosas; esa es, y más aún, la misión 
suprema de la mujer. Pero es preciso que ella sepa que no 
basta dar al mundo un nuevo sér para llanmrse madre; y que 
usle nombre sólo debe ser reservado para aquella que, al salvar- 
lo do todas las acechanzas mortales que lo rodean en su primera 
edad y aún después, bajo forma de mil distintas enfermedades, 
Vela también sobre su espíritu, forma su carácter, crea, en una 
palabra, la personalidad fuerte, independiente y consciente de 
sí misma, que debe ser en el futuro. 

Y esta últinm finalidad de la misión materna, es la más im- 
portante, pero por eso también, la más difícil. Nada puede ha- 
cer para cumplirla el instintivo amor maternol, que empuja a 
sacrificar la e.^cistencia si fuera necesario, para ahorrar un do- 
lor a la propia criatura. Al contrario, ese mismo instintivo y 
c¡o;io amor es el que conspira generalmente a la desdicha fu- 
tura de los hijos. 

Rl dolor es necesario para formar el carácter. Pero debe ser 
ana mano firme y segura - e.\-enta de compasiones y sentimen- 
ralismos fime.<«tús; pero clarividente para evitar su aplicación 
(núrii. y .■:oi>re todo libre de apasionamientos y de cóleras — la 
que debe -losar, como una medicina, el tónico soberano del su- 
irimit::iti}. 



7fi Misión de la majcr como inaiire j* como cduiuidora 

Madres du una iiicúiisciunciu asiisladi)ra, se resisten a cas- 
ti<jar, aún sin violencia, las faltas a veces 'graves de sus hijos, 
ocultándolas a la vigilancia severa del padre, para evitarle así 
un castigo i]ue, por deinnsindo brutal, sería también funesto. Y 
así, entre In induh^encía cómplice de la madre, y la brutalidad 
excesiva del padre, crece y se desarrolla la semilla del maU 
en el olmii inocente de las criaturas. 

Tan culpable os entonces la una como ol otro. Esa falta (jue 
empieza por ser insignificante, y a veces inocente en si mis- 
ma: una rabo:ia a la escuela, una mentira a la madre o a la ma- 
estra, un de esos pequei^os robos tan conuincs en todas las 
criaturas, u pesar del ejemplo honrado del hO{|ar, deben ser, sin 
embargo, castigadas para evitar que se transforme en hábito 
funesto, lo que no es sino una de las tantas tendencias ances- 
trales que aparecen violentamente en el alma de las criaturas. 
Pero deben ser castigados con prudencia. Si decís a los ni- 
ños, para horrorizarlos de su falta, (pie es un ladrón, emplean- 
do usí una pal.'ibra que debe ser un estigma ponéis en su es- 
píritu una mancha que luego os será difícil de borrar. Es pre- 
ciso que el niño tenga abierta ante sí, ampliamente, las puer- 
tas de su propia perfección, y que la sugestión constante de 
los padres lo convenzan de que es bueno, para obligarlo a ser- 
lo, si no lo es. Puesto que así como se sugestiona para el mal, 
dnndo a los niños calificativos que ellos no merecen por sus 
faltas leves, así también se puede conseguir una espléndida 
cosecha de virtudes, obligando al niño a ser como nosotros le 
convencemos de que es. Y sobre todo, es preciso snber dife- 
renciar las travesuras propias de la edad, de aquellas faltas 
mucho más graves por la trascendencia futura que pueden te- 
ner. .\hí está gran parte del secreto de la educación. Una seve- 
ridad e.xcesiva coarta la liiwi; cx|?i!nsión de los sentimientos y 
hace al niño receloso y disimulado. 

He visto muchas veces, ilemasiadas por desgracia, ejemplos 
de verdadera corrupción por parte de los mismos padres. Voy 
a citaros un solo caso para (|ue podáis juzgar. En la escuela 
que dirijo faltó ima vez a una alumna un compás, que llevaba 



Misión ife la nui/cr como madre v como ciliicadnra 77 



la imirca de una casa extranjera, cunipús (|iie había sido traí- 
do uonio recuerdo, de Europa. Este detalle es de importancia, 
por cuanto sirvió después para identificar la pieza. Al aflo 
siguiente la ducíla reconoce su compás en la caja de vttiles de 
una compañera, y lo pone inmediatamente en conocimiento de 
la maestra de lu clase, c|iie pertenecía ya a un uño superior. 
Se procede inmediatamente a las averi'Juaciones del caso. La 
poseedora nctuiil sostiene su derecho, indicando haberlo reci- 
bido de las propias manos de su padre, mientras lu otra sos- 
tiene que no os posible encontrar esa marca en Montevideo. 
Se llama al padre de la segunda pura aclarar el asunto; y a- 
quí nos encontramos con lo que llamo una verdadera inmorali- 
dad paterna. Este señor sostiene en mi presencia que el com- 
pás ha sido adquirido por él mismo en una joyería, cuyas se- 
ñas me huijo dar para poder comprobar la exactitud, y defien- 
de a su hija en forma tan apasionada que no vacila en acusar 
a la otra ulumna de robo y a nosotras de querer encubrir el 
delito. Pues bien: la comprobíición fué sencillísima. El joyero 
indicado fué visto sin hacerle saber el por qué, a fin de que 
suministrara un compús de la misma marca que el disputado, 
puesto que, se le dijo, había él vendido uno semejante. El jo- 
yero, que no había sido prevenido con bastante anticipación 
por el padre, de quien era amí^o, manifiesta que nuncu ha 
recibido compases de marca al'juna, puesto que no se dedica 
a la venta de ese artículo. Con lo que queda comprobada la 
falta de veracidad del padre de lu seriunda alumna. 

Ahora bien: la falta de una niña que se encuentre poseedo- 
ra de un objeto que no le pertenece, puede, en muchas cir- 
custancias, no revestir <Jravedad. Esta se<junda alumna podía 
haber encontrado el compás en un banco, o en la calle, extra- 
viado por su dueña; y si bien no debió guardarlo para sí, la 
falta no tiene lu misma gravedad que si lo hubiera sacudo de 
la caja de aquella. 

Pero lo verdaderamei\te grave para la educación del carác- 
ter es el apoyo moral del padre que sostiene la falta y la 
mentira de su hija con su propia mentira, en unn mal enten- 



7S .1 //■>;■<>'/ ilf la iniifcr como iiititlrc y como nliiaulnro 

tlida solidaridad del iioi^ar. Y estu es lo (|tiu iiiiiero haceros ver. 

La niña se siente apoyada en sn fnita: no sólo disculpada, 
sí que también defendida por la autoridad paterna. ¿Cómo luc- 
<J[o ese mismo padre podrá ensefiar n su hija la inmoralidad 
de la mentira y del en<4ni\o? ¿Cónio y por qué medios podra 
inculcar la fuerza del carácter que uds hace reconocer las 
propias faltas en una dii4nisima intención de pensamiento? 

Esc mismo disimulo enseñado para sostener, imi contra de 
la maestra, lo que el padre creyó, en su iynorancia, ser un 
ataque a la honorabilidad del lio<^ar — que no estuvo jamás 
en tela de juicio — ha de volverse forzosamente en contra 
de ese mismo padre, cuando la hija, aprovechando deniasiado 
bien la enseilnnza del mal, haya uso de la mentira para ocul- 
tar faltas más 'graves. 

He aquí por qué os decía antes que el ser madre encierra 
una <jran responsabilidad. 

La madre es para las criaturas la e.cpresióu más completa 
de la perfección humana. 

Si en realidad las madres no «jozan de ese ilimitado respe- 
to de sus hijos, es porque ellas mismas, con sus propias mu- 
nos y por Ujjereza o inconsciencia, destruyen criminalmente 
la obra natural del caritio filial. 

Por que el hijo copia desde su primera infancia los «jestos, 
las palabras, las expresiones de su madre, y u medida que 
pasa el tiempo esa imitación inconsciente y puramente física 
de sus primeros afios, va convirtiC'udúsc en una más honda y 
profunda imitueión moral, que es el primero y el nuis eficu/. 
de los medios de educación. 

Es una observación simple a fuerza de ser común, la de las 
criaturas que toman la misma Voz y emplean las mismas ex- 
presiones que sn madre para dirijíirse a las demás personas, 
y que tanta «Jracia nos causa en boqnitas de tres y cnalro 
aflos. Y el afán de la niña de ocho o diez que espera la sali- 
da de su madre para vestir sus trajes y jui>ur a las visitas, os 
también otra prueba que todas hemos liecho, acerca de esa mis- 
ma imitación. 



Mi<i('m-di' la mujer contó niadrc y como cdiicadorn 7í) 



Pues bien : no olvidemos que asi como el niño copia adema- 
nes y expresiones del cuerpo, copia también, y casi servilmen- 
te, en sus primeros años lus actitudes y los ejemplos morales. 
Gabriel Tarde había hecho de la imitación el fundamento de 
todo un sistema filosófico. 

Sin desdeñar los otros innumerables factores que entran en 
lu. formación del carácter, es necesario dar a la imitación, 
fortalecida por la su<jestión, todo su enorme valor educacional. 

Y puesto que esa imitación puramente pasiva constituye ca- 
si por sí sola todo el primer fundamento de la educación, fá- 
cil es comprender cómo del modelo presentado ha de depen- 
der forzosamente el valor de las imitaciones. 

De ahí la necesidad continua de la vigilancia sobre sí mis- 
ma que debe observar la mujer que tiene la fortuna y la respon- 
sabilidad de llamarse madre. Cada uno de sus actos, cada 
una de sus palabras, cada uno de sus gestos son observados 
y yrubados indeleblemente en el alma de sus hijos. 

r.N*> hubüis observado niiis de una vez que un r{iro de frase, 
una expresión empleada en cualquier conversación y que ha- 
béis olvidado Vosotras mismas, es repetido al cabo de tres, 
cuatro, a veces mds días, por unu criatura cuya presencia no 
habíais advertido? Pues bien: escuchada por vuestro oyente, 
esa frase fué u grabarse hondamente en su delicado cerebro, 
y allí, modificando por quién sabe qué obscuro proceso psico- 
lógico su espíritu infantil, ha reaparecido ya completamente 
asimilada y formando parte de su sub-conciencia. 

Pensad, pues, que cadn una de las almos infantiles es una 
dclicodísinia placa fotoyrúfica en la que van a dibujarse las 
impresiones que recibe del mundo exterior. Pero si las indife- 
rentes pusnn sin alterar a veces la constitución de su espíritu, 
aquellas que provienen de los seres.que lo rodean y a quie- 
nes mira como entidades superiores: el padre, la madre, los 
maesiro.s, van a grabarse para siempre en su espíritu, trans- 
fc.-üuíndose luego en los actos de su vida ulterior. 

Todos h:^mos sentido, cuando niños, esa veneración especial 
•jue :i03 inspiraron nuestros padres, que nos hacia considerar- 



so 



los como ¡íigcwtcs buenos, al ilecir de Aimtole France, colo- 
cados en nuestro llorar pora velar por nuestro bienestar y i)or 
nuestra felicidad; todos los liemos considerado, a poco que 
nuestros padres se huyan preocupado del alto ejemplo (|ne 
daban, como seres diferentes de las denius personas, de otra 
esencia, superior, distinta; y ¡cómo nos liemos sentido doloro- 
saniente heridos por cualquiera de esas polabros que los ni-' 
rtos se diriijen unos n otros para niortificarse, cuando ellas 
ii)an dirigidas contra nuestros propios padres! 

Nunca olvidTré, pjrque esto iin constituido para nn' el dolor 
inús ¡grande de mi Vida, el din en que, ya señorita, constaté 
(|ue mi padre era una persona como las demás y que como 
las deniús podía equivocarse. 

Sentir que mi padre, a quien consideraba con una venera- 
ción rayana en idolatría, pudiera haber cometido una equivo- 
cación, constituyó para mí un sufrimiento tal, que sólo puedo 
compararlo al que deben experimentar aquellos fervientes re- 
ligiosos que sienten un día el Vacío y la inanidad de sus dioses. 

La vida, lue'jo. lia vuelto a su lu-^ar las cosas, y al bajar a 
mi padre de aquel pedestal que por demasiado alto no era 
humano, lo ha colocado más cerca de mí, y por eso mismo 
unís al alcance de mi ternura humana. 

Y bien: estos sentimientos que han sido nuestros propios 
sentimientos infantiles, serán ta:nbicn los que e.xperimcnten 
las criaturas con respecto a nosotri>s. A nosotros tocará ser 
ese ídolo colocado fuera de la realidad, rodeado de esa mis- 
ma aureola de perfección, hecho Dios por el carirto y el res- 
peto de .sus hijos. .\ nosotros, pues, nos toca merecerlo, tra- 
bajar sobre nosotros mi.smos para i)ue nuestros hijos no vean, 
sino hechos ya hombri;s, que bajo íu|uel manto de veneración 
y nustícísmo latía un covniúw huni.ino, que para permanecer 
liasta tan tarde merecedor de ese religioso respeto de sus fie- 
les, debió mil veces torcerse, doblei.;arse, levantarse sobre sí 
mismo, ahoiinr sus propios deseos y sus propias salisfacciones 
psirn levantarse, incólume e intacto por sobre todas Uis luchas 
y por sobre todas las vuh^aridades. 



Misión de la mujer eomo madre v como educadora SI 

Y la madre, por estar iiuis cerca, mús en contacto, más tier- 
namente unida a sus liljos que el padre, yana en cariAo lo que 
pierde a menudo en autoridad. ¡Cuántas veces he recibido de 
las madres de mis alumnas, confesiones como ésta: «Seño- 
rilo, repréndala usted <|ue tiene nuis autoridad tpie yo.» o sino; 
«A usted le hacen más caso que a mi; yo no puedo con ellas,» 
y otras mil frases semejantes que revelan bien a las claras que 
las madres no gozan del respeto de sus hijos. 

Pero ese respeto ellas mismas lo han destruido. Ellas, que 
no reprenden a sus hijos cuando lo merecen, porque temen 
que el niño, colérico por su educación, no pueda ser luego do- 
minado, y se cansan de amenazar y de gritar, mientras los 
pilluelos corren y se esconden, haciendo burla del enojo, para 
evitar el castigo materno. 

Es preciso que las madres se convenzan de que la autori- 
dad no está reilida con el cariño y que una madre severa pe- 
ro justa, que castiga sin violencia y sin cólera, sabe querer 
más y mejor que la madre débil que perdona porque sí y cas- 
tiga sin moderación cuando la cólera la ciega. 

Ese capricho en el castigo, esa vnriobilidad en el humor, 
esa falta de paciencia y de dulzura, esa ligereza y esa incons- 
ciencia, son las culpables de que los hijos pierdan tan pronto 
el respeto de sus padres, y lo que es peor aún, conviertan 
las criaturas, generalmente buenas, en los seres imperfectos 
o criminales que somos todos los mortales. 

¡Cuántos crímenes, cuántos robos — y sin llegar átales e:> 
tremos — cuántas desgracias y cuántas injusticias han sido 
fomentadas, iniciadas, podría decir cultivadas, en el hogar, por 
esta misma inconsciencia de los padres.' 

Aquel que puso en manos de la criatura de ocho años la 
Vara con que castigaba a sus hermanítos menores por cualquier 
falta, es el único responsable del fratricidio que destruyó en 
un instante la honra y la felicidad de la familia. 

.^quel otro que ríe de la crueldad de su hijo, empeñado en 
hacer sufrir a un perro para distraerse, es el culpable de to- 
das sus crueldades y de todos sus crímenes futuros. 

(i 



SJ Misión de ¡a mujer como madre y como educadora 



Y aquella madre que para tener quietos a sus cuatro varo- 
nes insoportables, que no la dejan dedicarse con tranquilidod 
a la costura o a los quehaceres domésticos, pone en sus ma- 
nos el primer juejjo de barajas, es quien debe ser castigada 
únicamente por el delito de defraudación que el jue<<o impele 
siempre a cometer. 

Sólo a tí, madre inconsciente, que lloras hoy con lá<irimns 
de sau'Jre el vicio de ebriedad de tu injo, y todns sus terri- 
bles consecuencias, debes culpar, cuando, criminal sin saber- 
lo, pusiste en sus manos, por ¡Jracia que fuera aplaudida por 
todos los presentes, la primera copa de vino y obligaste a be- 
ber a la inocencia de sus tres aflos, la primera gota del ve- 
neno que hoy lo arrastra al abismo de la demencia! 

Y todos los vicios, todos los errores, todas las vanidades, 
tienen así en el hogar su pximer germen y su ulterior cultivo; 
y sólo, cuando es tarde ya para arrancarlos del alma de sus hi- 
jos, lloran las madres su ignorancia culpable. 

«Dadme la educación y yo transformaré la faz de l£uropa;>, 
ha dicho sabiamente Leihnitz. 

Seamos nosotras más modestas. Empecemos por reconocer 
su enorme influencia; demos al ejemplo vivo de los padres la 
importancia enorme que le corresponde; y busquemos luego en 
la sugestión constante, en el cariflo sereno, en la severidad tran- 
quila, el complemento necesario a- la educación de nuestros 
hijos. 

Pero hay algo mús aún. Hay en la parte de la nmdre algo 
más íntimo que en la parte del padre. Es preciso, decía, que la 
madre sea el ejemplo constante, el modelo viviente sobre el 
cual ha de formarse el alma de sus hijos. Pero esto corres- 
ponde al padre tanto como a la madre y a los maestros. 

La madre debe ser mús aún. Sin dejar de ser para sus hijos 
esa viva perfección humana, debe ser también la amiga, cuan- 
do más adelante los hijos, ya hechos hombres, busquen en su 
regazo el consuelo un los primeros dolores y el consejo en las 
primeras luchas. 

Esa severidad necesaria de que os hablaba, debe ser templa- 



Misión de la inn¡er como niuUrc y como cilticudorit Sj 



(la lie tiiduli4encin, initiyada ile cnriño, envuelta en una atmós- 
fera tal de dul7.ura que el niflo se convenza, a pesar de su pro- 
pio surVímíeiito en el castigo, de que es sólo un intenso amor 
el que yuín las decisiones maternas y ese convencimiento es 
el que hará crecer maravillosamente el amor filial, como una 
planta de invernáculo que florece en belleza y en amor. 

Sólo así buscará el liijo el reyazo materno para confesar sus 
faltas y encontrará en él el consejo que alienta y fortalece. 
Sólo así, en ese grave amor, podrá encontrar la sugestión del 
ejemplo y la dulzura del cariflo. 

Al lado de cada grande hombre, se ha dicho, encontraréis 
una '^ran mujer: la madre. 

Y yo ajjregaría: junto a cada criminal encontraréis una mu- 
jer culpable: la madre. 

Y aunque ello parezca e.xagerado por cuanto poco pueden con- 
tra las taras hereditarias, el ejemplo y la abnegación muter- 
nas, |)ucde mucho, muchísimo, para evitar desdichas e injusti- 
cias, la honda, la constante preocupación de la madre por la 
educncióii de sus criaturas. 

Pero es preciso empezar por educarse uno mismo antes de 
educar a los demús. Los mejores maestros del perfeccionamien- 
to — decía Víctor Hugo en «El Arte de ser abuelo», — son las 
mismas criaturas a quienes tenemos que enseilar. 

Esos ojos clavados en nosotras para encontrar en nosotras 
su modelo; que nos siguen por doquiera, que observan nues- 
tros menores actos, que copian nuestros más insignificantes de- 
fectos, son los mismos ojos del mito de .'\rgos, transformados, 
por su propia inocencia, en jueces implacables que no nos per- 
dDiiüii, lUte no nos excusan, dorque nos creen perfectos.. 

iQiié :nayor condena y (¡ué mayor castigo para una madre 
(jíie Ver riíproducirse cu 5u hijo, con todos sus mús ínsígnífican- 
ícs •JetalUii, el ataque de violencia y de cólera que no supo 
dominar lince un momento, y que estalló en gritos, en injurias, 
tal vez en llantos luego!... 

Vuelta ¡a calma al espíritu materno, ¡que terriblemente pu- 



H4 Misión lie la mujer como nuitire y como cdnciuioni 



do juzgarse ella misma al ver los estragos que en el espíritu 
de sus criaturas dejó el ejemplo presenciado por ellas! 

Pienso, a veces, que la naturaleza humana no debe ser tan 
cruel como la creemos cuando, a pesar de toda la educación 
del mal que reciben ios niflos en algunos hogares y fuera de 
ellos, encontramos junto a corazones corrompidos, almas de 
una bondad exquisita. 

Y pienso cómo sería posible, a pesar de todns las creencias 
opuestas que se dividen el amplio y vasto campo del espíritu 
humano; a pesnr de todas las religiones, de todas las sectas, 
de todos los partidos políticos que dividen y destrozan la hu- 
manidad en dolores sin cuento y en guerras sin cuartel, cómo 
sería posible llegar a un estado de felicidad casi completa si 
la educación de los niflos, comprendida al fin en su verdade- 
ra trascendencia por madres y maestros, cultivara en los niños 
esas flores delicadas del sentimiento, en vez de atrofiarlas 
sin piedad por la impaciencia y la ignorancia de unos y otros! 

Y aún cuando esta educación no pueda ser todavía puesta 
en práctica en todo su valor por las jóvenes a quienes aún no 
se ha preparado para ser madres, el convencerlas desde ya de 
su enorme trascendencia, es preparar, para el futuro, mejores 
madres y, por lo tanto, una humanidad mejor y más feliz. 

Eduquémonos constantemente nosotros mismas, velemos sin 
descanso sobre nuestro propio carácter, seamos inflexibles con 
nosotras mismas y conseguiremos realizar así el alto y bello 
ideal que encarna el santo nombre de madre. 



m Día del Arbol 



El Día del Arbol 



Discurso pronunciado con motivo de la Fiesta del 
Arbol, en la Escuela de Secundo Grado Niim. 14. 

ís queridos niflos: Hénos aquí congregados como todos los 
años, en nuestro habitual recinto escolar, para conmemo- 
rar con una fiesta sencilla, casi familiar, el «Oía del Arbol». 
Vosotros todos sabéis qué significa el <Día del Arbol». Antes de 
comenzarla Primavera, en este variable y crudo mes de Agosto, 
cuando la savia de los troncos no ha comenzado aún su sordo tra- 
bajo que se manifiesta al exterior en brotos que rompen su cor- 
teza, la mano del hombre, con gesto cariñoso, coloca en la tie- 
rra un nuevo vústago que ha de transformarse con los añoe en 
el frondoso prolector contra los rayos ardientes del verano. Vos- 
otros todos habéis visto cómo se cubrieron de verdes hojas 
y cómo se extendieron poco a poco al rededor del tronco las 
tiernas ramas de los arbolitos que el aflo pasado colocamos en 
tierra, conmemorando también el «Día del Arbol»; hojas mar- 
chitas y caídas luego en el invierno para dar lugar a las nue- 
vas frondas que los cubríriín con su verde manto en esta pri- 
mavera. El crecimiento es lento, muy lento; muchos de vosotros 
abandonaréis la escuela, antes de verlos transformados en los 
amigos grandes y floridos que serún con el tiempo; pero, ¿no 
e.xperimentáis desde ahora al verlos vestidos con su túnica 
riente de verdura, la satisfacción honda de haber sido vosotros 
quienes les habéis dado vida? Vosotros, los que con lo pala 



80 



El Diíi del Arbol 



en lii inuiio Itahéis arrujiulu la priiiiuni tiurru (|iie Iüs sostuvo 
y c|iie los alimenta hoy con la rii|iieza misteriosa de sus jugos? 
¿No sentís ncaso, el mismo orgullo que ilebe experimentar (|uien 
contribuye con su esfuerzo a la realización de unn belleza y 
de una bondad más? 

Ahí tenéis pues, reali/otla en parte viiestrn obra del aiio pa- 
sado; realizada en verdura, cu ale<jría y en belleza. Y hoy nos 
toca emprender la nueva obra de los aílos Venideros. Muy mo- 
destos son esta vez los ejemplares de nuestra flora ijne se nos 
envíu. .\lgunos débiles, casi marcliitos ya. No importa: cnanto 
mayor es la dificultad, mús grande serú la sastifacción de ver- 
las florecientes. Estas plantas i|ue hoy entrego a vuestro amor 
y a Vuestro cuidado serán como hijos débiles y enfermizos i|ue 
reclamen mús amor y más cuidado de parte de sus madres 
adoptivas. A vosotras, pues, hogo responsables de su solud y 
de su vídn. Acostumbraos así, n que toda planta es una criatura, 
más desgraciada (lue íus otras, puesto que carece de movimiento 
y de palabra y que todo lo espera por esta causa de la mano 
benévola de los hombres que la han separado de su única fa- 
milia: la selva primitiva; de su único hogar, la tierra amplia 
y fecunda que las nutre con su sangre y las entrega a la ca- 
ricia fecundante y tibia del sol. Y por qué es débil y por qué 
es generosa y por qué es amiga nuestra, la planta debe sernos 
sagrada. 

La fiesta de hoy es un símbolo y un hermosísimo símbolo. 
Es el amor más consciente, mús clarividente que aquel ciego 
amor a lo creado que no introducía en su culto al Dios Pan 
ningún elemento de actividad, porque no contribuía con sus 
cuidados y con su iniciativa a entender y ayudar la obra de 
la naturaleza. Hermoso símbolo que vuelve a estrechar los la- 
zos un poco relajados con nuestra madre común, de la que 
nunca debiéramos separarnos construyendo con muros desnu- 
dos y ciudades áridas el baluarte que nos aisla de todas las be- 
llezas y de todas las fuentes de la vida! Porque sólo frente a 
la Nnturalezn, sólo en contacto con su impasible y trágica be- 
lleza el alma se recoje dentro de sí misma; sólo allí com- 



El Día del Arbol 



prende la verdadera cifra de su valor: «jraiio perdido en el in- 
sondable misterio de un destino desconocido: átomo infinitesi- 
mnl frente al eterno e implacable rodar del Cosmos. 

No importa que ahora, niños míos, no comprendáis todo lo 
que encierran mis palabras; recordad simplemente que un sen- 
tido más hondo y mús profundo que el que alcanzan vuestras 
mentes juveniles, se encierra en nuestra sencilla ceremonia: re- 
tened solamente de mis palabras el horizonte nuevo que tal vez 
os abren y que penetraréis en el futuro al buscar en la calma in- 
finita de los campos, la paz divina que es fuente eterna de con- 
suelo. Y recordad sobre todo, que es preciso amar a todo lo 
creado, hierba humilde y árbol gigantesco; plantas útiles, y des- 
deñables ortigas; porque todo tiene derecho a la vida, todo tiene 
su objeto sobre la tierra y sólo el derecho a una vida mús am- 
plía puede obligarnos a destruir vidas dañinas. No sólo su utili- 
dad práctica, no sólo los beneficios que nos reportan es lo que 
debe hecernos amar a las plantas. Es también por la belleza 
quo nos proporcionan, por la dulzura que vierte en nuestra 
uima la caricia de su verde y la juguetona luz que tamizan entre 
sus hojas; por el canto de los pájaros que cobijan, por el rumor 
de alas que atraen, por el perfume de sus flores y por esa mis- 
teriosa calma, que vierten en el corazón fatigado del bullicio de 
las ciudades febricientes. Pensad en lo triste, en lo árido de una 
naturaleza donde faltara la alegría tranquila de los úrboles, la 
frescura acariciadora de la hierba, la belleza frúgil y perfumada 
de las flores; pensad que sin esa fuente renovada de juventud 
que es la primavera con su constante renacer de perfumes, 
de colores, de trinos y de bullicio, el alma nuestra sería tam- 
bién úrída y fría, seca, indiferente y des<^raciada. 

Re::urdad entonces que la gota de agua que una mano com- 
¡?asiva arroja sobre la tierra seca, exhausta ya de jugos para 
.ilimcntur la planta, es algo mús que la limosna compasiva de 
un corazón ¿j^eneroso; algo más que el gesto de piedad hacia 
i» criatura abandonada y prisionera en la misma tierra que le 
da vid?.; es un gesto augusto como el del sembrador porque 
viielvi* n la e.xistencia una de las notas de ale<^ría con que la 



El Día iU'l Arbol 



Naturaleza entona el liinino de la Vida; es un jjesto augusto 
porque contribuye a hacer mayor la belleza de la tierra al au- 
mentar la sinfonía eternamente nueva y etémaniente la misma 
de verdura y de ale¡¿ría; augusto" porque de una vida que co- 
mienza, no es posible calcular la belleza de que será fuente 
inagotable y 'jeneroAa.MNo desprecies entonces lu humilde plan- 
ta que con esfuerzo desesperado busca el rayo de sol que de- 
ba darle lozanía; ayudadla a renacer, buscadle sitio, dadle rie- 
yo fecundante; y cuando vuestras manos hayan hecho florecer 
con sus cuidados la humilde planta transformada en árbol, ha 
de surgir la belleza soberana que es el triunfo del amor a la 
Naturaleza, inocencia, primavera y armonía. 



La justicia humana v ¡a justicia natural 



La justicia humana y la justicia natural 



la justicia de ios iiombres es semejante en inuclio a la jus- 
tícia de la naturaleza. Durante muchos siglos la humani- 
dad pretendió encontrar en la ceguedad de las leyes ineludi- 
bles una justicia consciente de su papel, una justicia divina, 
que midiendo los actos humanos por las intendones que los 
rigen castigaba y premiaba los hechos con una regla sobre 
humana. Y cuando lu contradicción resultaba demasiado vio- 
lenta, colocaba sobre la imperfecta y muy dudosa justicia na- 
tural cuyas manifestaciones dejan tanto que desear, una san- 
ción de ultratumba para dar razón a esa necesidad humana que 
se traduce siempre por la creencia de que el vicio debe ser 
castigado y la virtud premiada. 

El genio de Maeterlinck nos muestra hoy, con evidente cla- 
ridad, la especie de fatalismo con que se cumplen las leyes 
inmutables de la naturaleza y da a la pretendida justicia na- 
tural el valor de una fuerza ciega c insconciente que de igual 
manera sanciona con la muerte al que se arroja a las llamas 
para salvar a su semejante como a aquel que en ellas se Ve 
arrastrado por intenciones criminales. 

La necesidad, innata en el hombre, de justicia le hace volver 
los ojos a la sociedad, en espera de esa justicia que no encuen- 
tra en la naturaleza. Ha renunciado a hacer hablar a los cíelos 
que permanecen mudos a pesar de la interrogación de tantos 
seres, y coloca su anhelo insaciable en la justicia humana, per- 
dida la esperanza de encontrnrio satisfecho en la divina. Por 
eso se esfuerza con tanto tesón en inculcar a las generaciones 



9U 



La justicia humana ;• la justicia natural 



(|iie le siyuLMi el res|)eto u la virtud y ai Irulnijo, y ul dosdún 
.1 In vanidad y al interés. Pero a pesar de tantos esfuerzos, 
de tantas predicaciones, el niiindo si'iue siendo tan malo como 
antes. 

.\lyo pues, debe destruir la pncieiite ubra de teoría c|ue se 
estrella, en la realidad de los lieclios, contra una fuerza (|ue no 
(|uerenu)s ver. Apenas si un puco más de sinipatín, un poco 
nuis de tolerancia conserva en lu sociedad ejemplares humanus, 
cuyo dudoso valor no se discute. 

Hay mucho de hipocresía en nuestras prédicas, que desmen- 
timos en lu e.^tistencla de todos los días con nuestra conducta. 

H^Por qué cerramos los ojos voluntariamente a los hechos, y 
pretendemos encontrar en los actos humanos esa justicia que 
la Naturaleza nos niega? La humanidad es tan cic<*a, tan injusta, 
tan cruel como ello. Y yu que nos hemos convencido al fin de 
la « amoralidad > de la Naturaleza, y nos liemos resí'jiiado a 
verla tal como es, ¿por qué no hemos de hacer lo nn'smo con 
la humanidad y aceptar su modo de ser imperfecto e implaca- 
ble, pero Verdadero? 

Pretendemos reformar la sociedad. Perfectamente. Pero has- 
ta ahora no vemos que haya mejorado sensiblemente desde su 
infancia. En vano nos rodeamos de mil comodidades más; en 
vano el pro'Jreso pretende conquistar los apartados rincones 
del universo. Paralelamente a él, y con él, como precio de su 
victoria, penetra el sufrimiento en todas partes. 

Todos nos quejamos unos de otros. La desilusión destruye 
infaliblemente tarde o temprano los más sinceros arranques, los 
mds fervientes impulsos; y en el dolor de la herida recién a- 
bierta, convencidos, como Gayan, del vacío implacable de los 
cielos a quienes no podemos culpar de nuestra desventura, a- 
rrojamos nuestra indignación sobre la sociedad humana que 
pretendemos formada de niónstrnos sin piedad Pero la socie- 
dad está formada de seres i'iuales u nosotros, que se repiten 
en una similitud de estados emocionales que «is como para des- 
esperar de la fecundidad de moldes de la Naturaleza. I^n todos 
se sucede en una cadena invariable el entusiasmo «ieneroso, la 



91 



al)ne<iaciAii, el ideal, el deseiiyai\o, la amargura, el pesiinisiiiu, 
hasta llegor ai fin a esa admirable serenidad de la vejez que 
tanto se parece a la absoluta indiferencia. Desde que la raza 
humana llena la tierra con los gritos de sus dolores y de sus 
desventuras, esu ha sido siempre la sucesión de sus estados de 
olma. Fatal, indefectible, aunque lentamente, pasamos de un es» 
lobón n otro, desde la cuna hasta la muerte. Siempre se han 
visto y se verán por muchos siglos todavía los grandes ideales 
vencidos por la pequenez de las ambiciones y de las vanidades. 
Y eternamente la queja dolorida de los que ven morir en ellos 
el sueflo cultivado desde la infancia, acusa a la sociedad hu- 
mana de verdugo, y se coloca en el lugar de la víctima. 

Al e.scuchar los lamentos de los hombres, podríamos pregun- 
tarnos en donde están los verdugos de tantos inocentes: y si 
en Vez de acusar a los demás de nuestras miserias, no seríi) 
mejor pensar que cada uno de nosotros reúne al mismo tiempo 
al'Jo de verdugo y algo de víctima. Exijimos a la humanidad 
lo que hemos exijido durante tantos siglos a la Naturaleza: una 
justicia que es incapaz de proporcionarnos. Todas nuestras des- 
venturas, todos nuestros dolores, nacen de la oposición entre 
la educación que recibimos y que nos enseña la falsedad de 
siempre — el castigo del Vicio y la recompensa de la virtud — y 
la modalidad propia de la sociedad humana, amoral, cruel, in- 
diferente como la Naturaleza de la que es reflejo. Y de esa o- 
posición violenta que se manifiesta al primer contacto con la 
realidad nace el desen<^año, violento y doloroso como esa mis- 
ma oi^osición. La convicción reforzada por tontos años de edu- 
cación irreal, falsa, en contradicción con la vida, coloca al hom- 
bri; en condiciones exepcionaies de debilidad: cuanto más alto 
esu'i eí ideal nms doloroso es el choque con lo realidad. Buscar 
¿n In suciedad humana la justicia que no hemos encontrado en 
lu Nmuraléza, es exponernos a los mismos errores, a los mis- 
mos extravíos que sufrió la humanidad en el pasada El día que 
nos hayamos penetrado de su indiferencia no esperaremos de 
ella !o ':ue no nos puede dar, como no esperamos hoy del im- 
plticabí'j rnmplímíentü de his leyes naturales, una justicia que no 



92 



existe. Sin llegar al extremo de negar al espíritu humano la ca- 
pacidad de justicia como superior a él, no es posible adjudicar 
a la sociedad, sensiblemente inferior al individuo, una noción 
que se ha discutido en él mismo. 

La sociedad humana está sometida a leyes tan ciegas y tan 
{iieludibles como las de la naturaleza, y como ellas extrañas 
por completo a la justicia. Es necesario, pues, prescindir de 
esa justicia social, como hemos prescindido de la natural, y 
buscar en el fondo de nosotros mismos In indulgencia y el amor 
que suplan a la deficiencia de aquella. No enseñemos que el 
Vicio debe ser castigado, puesto que la sociedad no lo castiga, 
ni pongamos en el alma de los que nos siguen la esperanza de 
una recompensa para la virtud que la sociedad no recompensa. 
Otras son sus leyes. Pacientemente tratemos de investigarlas, 
^ara adaptar a ellas la educación de los que Vendrán sin arro- 
jarlos deliberadamente ai conflicto entre sus convicciones y 
la realidad que las destruye. Cuando no contemos ya con el 
apoyo que la sociedad siempre nos rehusa, nuestros ensue- 
flos, nuestros ideales, serán más firmes, porque estarán susten- 
tados por nuestro solo corazón, y él les dará toda su fuerza al 
saberse único cimiento de esa sublime obra. Pero mientras edi- 
fiquemos sobre la inconsistencia de una base imaginaria, no es- 
peremos en la solidez de las aspiraciones, por que el desen- 
gaño destruirá forzosamente el paciente trabajo de la educación. 



Independencia económica de la mujer 



Independencia económica de la mujer 



NECESIDAD DE DAR A TODAS LAS JÓVENES 
UN INSTRUMENTO DE TRABAJO 



Trabajo presentado al Primer Cunflrcso A- 
mericano del Niflo celebrado en Buenos 
Aires en Julio de 1910. 

El trabajo que tengo el honor de presentar al H. Congreso 
no tiene la pretensión de someter a su estudio un tema 
nuevo: toca por casi todos sus puntos a la vieja cuestión del 
feminismo, tan diversamente tratado, y aún deformado, desde 
Mme. de Lambert hasta nuestros días. 

Quiero sólo someter a su elevado criterio una sola de las 
múltiples facetas de este vital problema, hoy más que nunca 
de actualidad a causa de los importantes elementos traídos a 
su solución por el estado social que crea la actual guerra eu- 
ropea. Trataré solamente la parte económica. Y pienso que 
sea ella la primordial. 

De todas las pretendidas reivindicaciones de la mujer, una 
se impone con caracteres de justicia tan claros, tan terminan- 
tes que no ha podido ser combatida con argumentos decisivos: 
es el derecho al trabajo. 

El mismo Mr. Turgeon, uno de los más violentos antifemi- 
nistas franceses, que ha estampado en su libro «Le Feminis- 
me fiangais» (1902) atrocidades dignas de la '^defensa de la 



Indepeniicncia económica lic la rnii/cr 



esclavitud» (|ue ha (|iiedado como una manclia para la ¡jioria 
del filósofo yriesjo, no puede menos de ilet^ar a la si'^uiente' 
conclusión: «La mujer debe ver legalmente todo lo (|ue pue- 
de ser naturalmente», fórmula que, sin embarj^o, se empeña 
malamente en torcer a fin de demostrar que lu mujer no lia 
dado (no Itabia dado, debería decir) hasta ahora pruebas sa- 
tisfactorias de lo que puede ser naturalmente. 

No Voy tampoco a combatir las razones de Fajjuet, que sin 
declararse abiertamente antifeminísta, lle<;a a una conclusión 
semejante a 'a anterior, a saber: :<que la mujer es en teoría 
i^ual al hombre, pero que debe combatirse en la prúciica el 
desempeilo de las mismas profesiones que él. » 

En cuanto a Camille Bos, en un estudio bastante sincero so- 
bre «E! Feminismo ante la Moral», después de reconocer leal- 
mente la razón y la legitimidad de los que buscan la igualdad 
(he aquí el término culpable de todas las derrotas del femi- 
nismo) de los sexos, después de hacer el proceso desinteresa- 
do del nmtrimonio, de las condiciones a que a él llega el hom- 
bre, y de reconocer, con una sinceridad muy digna de ala- 
banza en un antifeminista declarado, como justa la repug- 
nancia que experimenta la mujer consciente de estas condi- 
ciones emplea razones como las que transcribo en defensa 
de esta misma institución: 

« Avec l'indépendence s'est développé chez la femme le 
« sens critique, et ei/e risque de juger un ¡our son rnarí me- 
« diocre. Or le feminisme travaille a faire des Nora et des 
« Magda pour notre plus grand intérct dramatique, mais pour 
«le moindre avantage de nos ménnges». 

Y mñs lejos: 

« Mais encoré et surtout le leminisme n donné aux jeunes 
« filies une instruction scientifíque et la faculté de réfiéchir 
í: sur les faits- acquis. De la serte la lamiere a penetré dans 
« le cacliot oii fusqn' ici elles étaicnt enfermées, et oii l'on 

n' introduisait (/u'iin dclairage systématitjuement deforma- 
« tcur. » 

Transcripta así la cita, perece una ironía de feminista. Pues 



Imlepcnilenciii económica de ¡a mujer flñ 



bien, iiu. Cainille Bos hablu con toda serietlnd en su trabajo, 
en el que se empeña en convertirnos a su modo de ver, y de 
cuya lectura solimos mús firmemente convencidos de nuestros 
propios ideales. ¿Es esto, en el fondo, lo que deseaba Cami- 
ne Bos? Y al disfrazarse de aiitifeminista, ¿lo hace a fin de 
convencer de un modo más sutil, de penetrar hasta los resqui- 
cios nit'is hondos de la opinión contraria, halagando sus ten- 
dencias pura herirla mús en lo Vivo?... 

Estaríamos tentados de creerlo, si no nos demostraran lo 
contrario las mil observaciones que encierra toda la parte que 
él titula el «feminismo ante la ciencia». 

Ahora bien, nin<¡(uno ha dicho que si la educación de ta mu- 
jer, sus mejoradas condiciones de conciencia y de moralidad; 
si una mayor clarividencia despertada en ella por una mús al- 
ta consideración de sus derechos y de sus deberes, pueden 
hacer pelifjrar los fundamentos mismos del matrimonio, corres- 
ponde reformar esos mismos fundamentos, elevar paralela- 
mente al hombre sobre sí mismo, educarlo en su propio res- 
peto y en el de su compañera, en vez de hundir a ésta en 
las tinieblas degradantes de I& ignorancia y de la inconscien- 
cia. 

El movimiento femenino crea, indudablemente, un malestar 
social, un desequilibrio pasajero, como to crearon todos los 
movimientos colectivos, que al mejorar una clase de la socie- 
dad, hacen repercutir en las otras la vibración de las molécu- 
las sociales. 

En la solidaridad de los individuos reposa el equilibrio so- 
cial; y este equilibrio, incesantemente movedizo, por cuanto 
es la resultante de millones de equilibrios inestables, sólo pue- 
de ser restablecido por un movimiento correlativo de las de- 
ni:':s moléculas. En la sociedad como en los cuerpos, el mo- 
vimiento -lue no se trasmite a todas las partículas, determina 
la ru|>tura del conjimto. No estú, pues, la solución del proble- 
ma en ¡a inmovilización de las moléculas sociales que deter- 
ri'.inan :>l inovimiento llamado feminismo, sino en la transmi- 
sión dt esc movimiento en ondas armoniosas, a Uidoa los indi- 



Indcpemlcncia económica de la tmijcr 



viduos (le la sociudad humana, determinando así un equilibrio 
nuevo y superior ni primitivo. Y así como en los cuerpos esa 
tmnsmisíón de Vibraciones de molécula a molécula da naci- 
miento a un sonido musical, la vibración armónica de todos 
los individuos de la sociedad, da orij{en a una onda armónica 
de pro.greso y n un;i |)osibilidad lUiis de dicha y de bienes- 
tar. 

Sen o»i:il fuere üI porvenir (|He espera a in sociedad tan vio- 
lentamente moldeado a saii;4re y fucyo por la actual tragedia 
inesperada que lo precipita o lo deforma, el problema se pre- 
senta hoy con caracteres nuis anjjiustiosos que nunca. 

Esa misma solidnridad de que hablaba más arriba, nos obli- 
;4a a prepararnos a resolverlo con armas nuevas, en vez de 
presenciar pasivamente un momento de la historia del mundo, 
que dará lu'^ar, forzosamente, a un nuevo y nuis brillante Re- 
nacimiento. 

Pues bien, la crisis del inntrínionio, que es el argumento ca- 
pital de los antifemiuistas, y la niunifestación más clara de e- 
sc desequilibrio pasajero de que hablaba hace un momento, co- 
loca a millares de nuijeres en una situación angustiosa. Las más 
vivamente sacrificadas, son aquellas que no saben comprender- 
lo así; las que oponen la resistencia pasiva de un encastilla- 
miento secular en tendencias fosilizadas, y son luego las víc- 
timas propiciatorias de esa misma socicdtid a la que han sacri- 
ficado sus más legítimas aspiraciones. La educación les ha en- 
señado a esperar el matrimonio como la fuente segura y úni- 
ca de subsistencia material, y pasan la vida en la inactividad de 
la espera con las brazos caldos, mientras la marea desbordan- 
te de lu actividad humana y la íiuliferencía culpable de los que 
las han engañado, pasa sobre ellas y las sumer;4e en el desen- 
gaño atroz de la miseria o la degradación. 

La crisis del matrimonio, profundamente exacerbada por la 
•■uerra actual, que repercute en América no sólo económica- 
mente .sino también con la material desaparición de hombres 
jóvenes y fuertes; y cuyas causas son mucho más complejas 
y numerosas que el pretendido movimiento feminista que es 



liiUvpeildciicia económica üe la mujer 97 



más bien una consecuencia que una causa, no puede darles yn 
ese seguro contra la miseria (|ue las mujeres buscan en él, y 
las entregan, por lo tanto, inermes y vencidas de antemano, en 
la dolorosa alternativa de la miseria, con todas sus funestas 
sugestiones, o del suicidio. Y no se crea que es esto unn sim- 
ple exageración literaria. 

El número de suicidios de mujere.s registrados en los países 
beligerantes, y en especial, en Berlín, y que lian tenido por tí- 
nico motivóla miseria angustiosa y sin salida— suicidios ocul- 
tados hasta donde se ha podido por los gobiernos respectivos 
—ha sido tan elevado, que constituye una prueba irrefutable de 
ese aserto. 

En efecto, las circunstancias extraordinarias creadas por el 
estado de guerra en los países europeos, han planteado el pro- 
blema en su forma más Violenta: la mayoría de las mujeres no 
había sido educada para hacer frente, de pronto, a las nece- 
sidades de la propia subsistencia, y aún a la de toda nnn fa- 
milia. Colocadas de pronto en esa angustiosa situación, sin un 
carácter moldeado para las energías de la lucha, sin ninguna 
aptitud desarrollada y fortificada por la educación, sufrieron 
violentamente el desequilibrio de la guerra, y buscaron en la 
muerte la solución desesperada de su triste situación. Pues 
bien, este estado de cosas, atenuado naturalmente con la termi- 
nación de aquella, se mantendrá aún en pie debido al enor- 
me número de desaparecidos y de inválidos, que dejan en la 
miseria un enorme número de hogares. 

En cuanto a la mujer americana, que sufre en menor esca- 
la, un mal análogo, debe también mirar el peligro frente a frente. 

El número de mujeres cúíibKs, aumenta considerablemente 
ailo tras año. Es, pues, una necesidad social, y un deber de 
humanidad, remediar en lo posible esta situación, y buscar para 
las jóvenes generaciones que inician su lucha en la vida, un 
medio de defensa contra la miseria y la degradación. 

Y el remedio es uno solo, dígase lo que se diga, y pese a 
quien pese. 

Es preciso enseñar u la mujer <|ue debe bastarse a sí misma 

7 



08 



Independciivia cco/iomíca ilc la /nti/cr 



para lo cual ha ile adquirir en la edad adolescente, un instru- 
mento de trabajo. * 

Del mismo modo que el joven que ha cursado sus prinieroR 
estudios y aún la enseflanza secundaria, debe elegir la ocupa- 
ción de su vida, sea cual fuere la situticiún de su Fortuna per- 
sonal, por cuanto recae un desprestijjio social sobre acpiel que 
no aporta su contiu'^ente de actividad a la civilízaciúu humana, 
así también cuando la ñifla Ileya a la edad en que abandona 
la escuela y se hace adolescente, debe ser encaminada— sen 
cual fuere el estado de su fortuna— a buscar una ocupación que 
sea, esa sí, el seguro contra la miseria, mucho más necesario 
aún en la mujer que en el hombre, por cuanto, mus débil que 
él, se encuentra expuesta a los peligros y acechanzas sociales. 

Toda mujer está, pues, en el deber de elegir una profesión 
y de perfeccionarse en ella hasta hacerse económicamente in- 
dependiente. 

Se oponen dos graves argumentos en contra de la proposi- 
ción que someto al estudio del H. Congreso. 
Voy a estudiarlos sucesivamente: 

Es el primero y menos firme de los dos, la sonada bancarro- 
ta de la familia, que levantan los enemigos de la tesis que sos- 
tengo, como un fantasma terrible, destinado a alejar del tra- 
bajo a las jóvenes incautas, y que no es sino el disfraz bajo 
el cual se oculta la verdadera razón de la guerra apasionada 
contra el trabajo de la mujer. Y dejo de lado el cientifismo de 
los antifemínistas, y la ineptitud orgánica de la mujer para el 
desempeño de las tareas hasta hoy reservadas únicamente a 
los hombres. 

Por otra parte, hay mayor diferencia entre el peso del ce- 
rebro de un Goethe, de un Spencer o de un Joffre, y el de un 
carbonero o un vendedor de cintas, que entre el de estos in- 
dividuos y el de una mujer medianamente instruida. En otros 
términos: puede haber mayor diferencia— y la hay— entre el pe- 
so del cerebro de dos hombres, que entre el de uno .solo de 
ellos y una mujer. No necesito para esto comparar, como se 
hace generalmente, yendo a los extremos, el cerebro de una 



Independencia económica de la mujer 99 



Mine. Curie, una Dra. Dieulufoi o una Dra. Fabre, con el del 
cardador de In esquina. La diferencia existe yo, y muy sensi- 
ble, dentro de la medianía que no pasa el nivel de la inteligen- 
cia común. 

Pero todos estos misinos contraanjunientos buscados a su vez 
en la biología, o en in inorfolo'jía, o eii la fisiología, pierden 
su soberana autoridad, anle la prueba material, palpable, irre- 
futable y sílencioüa, que la mujer francesa y la inglesa estrn 
dando al universo, al permitir con su esfuerzo y su inteligencia, 
con su enerr^ía y su aptitud maravillosa para desempeñar toda 
clase de trabajos que fueron hasta ahora patrimonio exclusivo 
de los hombres, al permitir— decía— que la cilivizacion euro- 
pea quede en pie ; salvado así, por sus débiles manos, el teso- 
ro inapreciable de las conquistas seculares del progreso. 

En cuanto a la bancarrota de la familia, se basa en los ar- 
gumentos siguientes: 

l.'< La mujer, económicamente independiente y medianamente 
instruida, ve el matrimonio con sus colores propios, sin el ro- 
manticismo y la idealidad que disfraza sus realidades. Ve, por 
otra parte, las imperfecciones de su futuro esposo, y no se 
encuentra ya seducida por la situación de dependencia c in- 
ferioridad que era aceptada, cuando consideraba al hombre 
como un sér de esencia superior. De ahí que se haga difícil 
en la elección; y que prefiera el celibato a un matrimonio 
mediocre. De este modo es lu mujer misma que renuncia de 
hecho al matrimonio. 

Las tareas propias de uim profesión determinada son in- 
compatibles — siempre al decir de los enemigos de mi tesis — 
con las tareas de! hogar, por cuanto, adenitis de quitarles el 
tiempo material de dedicarse a ellas, atrofian en la mujer la 
natural disposición y gusto para desempeñarlas. 

TiP Los trabajos intelectuales suprimen o modifican por lo 
menos las condiciones necesarias a la niuternidad. 

El primero de los argumentos citados, y el más verdadero 
de ios tres, tiene- un remedio tan sencillo como necesario; y 
es el que indicaba hace un momento cuando me referia a la 



Iiídcpcniicnciit económica de la mujer 



transmisión de las vibraciones en las moléculas sociales. El 
alejamiento del matrimonio por parte de la mayoría de Ia9 
mujeres independientes no depende tonto de las condiciones 
actuales del matrimonio como de las condiciones personnles 
del hombre. Es indudable <]ue la mujer se ha perfeccionado 
morni e intelectualniunte, durante lu última mitad del siglo pasa- 
do y lo que Va de éste, de un modo mus ríipido y uuis gene- 
rol i|ue el hombre. Si era muy fúcil a éste ser superior a la 
mujer y lo es aún con respecto a una enorme cantidad de mu- 
jeres que han permanecido en la infancia intelectual y moral, 
no sucede ya lo mismo con esa élite que constituye las avanza- 
das del progreso femenino. 

El remedio, pues, es sencillo de aplicar. La educación moral 
del hombre, reclama tantas atenciones como la de la mujer. 
Sí la superioridad masculina peligra en los momentos actuales, 
al hombre nusmo toca recobrarla elevándose él moral e infek-c- 
tualmente so])re su compaílera. Por otra parte, no hay ley 
posible que reglamente ilentro de una asociación qué carác- 
ter !m de ser el que predomine. Como nniy bien decía Emile 
Faguet: a pesar <le la obediencia legal déla esposa dentro del 
matrimonio, es la personalidad más fuerte la (|ue absorbe a la 
otra, y nadie puede determinar por medio de ima ley si será la 
del hombre o la de la mujer. Sin la autorización de aquella, 
muchos eran y son los matrimonios en los que la personalidad 
de la mujer por su carácter, su energía o su inteligencia domi- 
naba y absorbía por completo la personalidad del hombre. 

En cuanto al segundo argumento, se presenta con aparien- 
cias más graves. 

No son, sin embargo, más que apariencias. No ha peligrado 
nunca, ni se ha disuelto hasta ahora el matrimonio, ni se ha 
desorganizado la familia de ias clüses obreras, que son, sin 
embargo, las nuis numerosas de la sociedad, por el trabajo de 
la mujer. 

En ellas tiene ésta una carga mucho más pesada, den- 
tro y fuera del hogar, que en las demás clases sociale.':. Den- 
tro de esta clase, la mujer casada y madre de familia atiende 



independencia económica de la mujer 



101 



su trabajo en la fábrica, en el taller o en su propio domicilio, 
y las tareas del hogar, más pesadas, por cuanto no tiene 
recursos suficientes para hacerse ayudar por monos mer- 
cenarias. Y el hogar subsiste. I£s indudable que a costa de un 
esfuerzo grande, y aún de la salud misma de la mujer: pero 
osto, (]iie es un estado de cosas secular, no ha traído hasta 
ahora la pretendida bancarrota de la faniiliu. 

En clases miis acomodadas, alrededor de las cuales es a don- 
de gira todo el problema del feminismo, las condiciones no 
son tan desesperantes. Los recursos un poco mayores permiten 
descargar en el servicio doméstico, la parte más pesada de 
las tareas del hogar, (|ue quedan así reducidas a la vigilancia 
y dirección de las mismas que no son en modo alguno incom- 
patibles con el trabajo externo de la mujer. Tal el caso de 
las maestras primarias, costureras, modistas, bordadoras, peque- 
ñas industriales, encajeras, etc., etc., profesiones todas, declara- 
das muy propias de la mujer, así como la de empleada en oficinas 
o casas de comercio, y que requieren, algunas, el abandono del 
hogar durante varias horas consecutivas, aún cuando pueden, 
algunas, realizarse dentro de él. 

Quedaría, pues, el trabajo intelectual de la mujer, como el 
único incompatible con las tareas del hogar. Pues bien, es 
dicho trabajo, el que, mejor remunerado que los otros, y ab- 
sorbiendo menos tiempo fuera del hogar, permite más fácil- 
mente a la médica, abogada, profesora de escuelas superiores, 
periodista, escritora, etc., por un lado, un servicio domés- 
tico más completo, y por otro un mayor loisir para la vigilan- 
cia y dirección del mismo. 

Más alejada de él se encuentra, — y ya se ha hecho obser- 
var esto infinidad de veces, — la mundana que reparte /o</» el 
día entre las visitas, los recibos, las fiestas de beneficencia y 
la modista. 

Podríamos citar más de un caso de señoras de la alta so- 
ciedad que abandonan a sus hijos enfermos en manos de sir- 
vientas para asistir a fiestas y recibos. 

El último argumento su combate con casos concretos. Uas- 



Independencia cconúniicu de la mujer 



te citur por uliuru, el de Mtnu. de Luinbert, Ui reina de Ru- 
mania Carmen Silva, Mme. Curie, lu reina Victoria de Ingla- 
terra, la Dra. Pabre, entre las antiguas y las modernos, etc., 
etc., etc. 

Pero la verdadera razón Implícita de todos estos argumen- 
tos, nuncn expresada ciara y abiertamente, es el temor a la 
competencia en el terreno del trabajo. 

En las profesiones liberales sobre todo, reservadas husta ayer 
a los hombres, y ya encambres por ellos mismos, lia encontra- 
do la nmjcr una resistencia sorda, tenaz, constante, que no es 
otra que la lurha al competidor: lucha tanto más dura y acer- 
ba cuanto que la mujer se ha demostrado en ellas rival temi- 
ble. Muy fúcil seria demostrar su falta de capacidad, dejún- 
dola desempeñar libremente todas las profesiones: el tiempo y 
la práctica se hubieran encargado por sí solos de demostrar 
su ineptitud. La lucha de que son objeto, prueba, pues, mejor 
que ningún argumento, la seriedad con que son recibidas y te- 
midas dentro de esas mismas profesiones. 

Pues bien: si esta lucha se cumple con respecto al número 
hasta hoy reducido de las mujeres que trabajan, fuerza es es- 
perar una mayor aún cuando todas las mujeres reclamen pu- 
ra sí el derecho y el deber del trabajo. 

Y bien, yo sostengo que este temor es exagerado sino in- 
fundado. 

f£n primer lugar, la mujer no es igual, sino equivalente al 
hombre. Sería ridículo pretender que su naturaleza, su físico, 
su sensibilidad, sus aptitudes sean las mismas que las del varón. 
Por lo tanto, las profesiones por ellas desempeñadas, no pue- 
den ser exactamente las mismas que las desempeñadas por él. 
Hay trabajos (|ue sólo excepcionalmente, como correlativo a 
una naturaleza e.xcepcional, serán elegidos por una mujer. To- 
les las arriesgadas empresas de exploración, conquista y civi- 
lización de comarcas aún salvajes; la carrera de las armas, las 
grandes iniciativas industriales, el trabajo de lu tierra, la cons- 
trucción de puentes, caminos y grandes edificios, la explota- 
ción de minas y de selvas, los trabajos navales en general, la 



independencia rcnnónifca de la mujer 



defensa del orden público, la cartía y transporte de mercade- 
rías, la cría, cuidado, explotación y matanza del ganado, el 
comercio en grand»; «scaln; que requieren sobre todo, una su- 
ma extraordinaria dt; energía física y moral, de Valor y de se- 
renidad que no 8f)ii, por cierto, características de la mujer 
cornil II. 

Existen, en caniljii,. profesiones y oficios que debieran ser 
exclusivos de la iiuij(.r, por cuanto estdn más en armonía con 
su cnrtícter y apiiiiu|,..s propias; y son entre otras: la educa- 
ción e instrucción ,|,. Iq n¡nez, |a medicina de mujeres y niflos. 
el cuidado de los nnfermos, la química, la teneduría de libro», 
las industrias deli.üi.ias como la de joyería, relojería, labrado 
de metales, couslruoción de instrumentos de óptica y piezas de 
maquinaria, pulido y .;u<4arce de piedras preciosas, la contabi- 
lidad, los empleos ,:„ „ficinas y casas de comercio, etc., etc., 
que requieren umm ^ran delicadeza de sentimierito las primeras, 
dulzura de carácter. |)ac¡encia, prolijidad en el detalle, escru- 
pulosidad de conciíiiicia, etc.; y que constituyen de por sí un 
amplio campo de !ic.:i,')ii para el trabajo de la mujer. 

Y quedan aún luui serie de trabajos y profesiones que no 
son exclusivos ni (](. y^no ni del otro sexo; una zona común pa- 
ra ambas actividadi-H, dentro déla cual, únicamente se produ- 
ciría esa temida competencia reducida así a sus verdaderas pro- 
porciones. Tales, la abogacía, la arquitectura, el profesorado 
superior, las inVtí3ti<{«ciontí3 científicas, las letras en general 
y las artes, el p<;rio(iÍ3,no, etc., que requieren, sobre todo, con- 
diciones de inteli:4(;,i( ia y de talento, comunes a los dos sexos. 

No quiero decir c.n esto que deba legislarse en este senti- 
do. La libertad de <;|(;cción debe ser patrimonio de la mujer co- 
mo del hombre, «idícii hu usurpado desde hace siglos ocupacio- 
nes un tanto vergr,ii/,„j.as pg^a su naturaleza robusta y para su 
pretendida superioridad intelectual, como las de vendedor, 
oficinista, escribiem,., copista, y en general las que apuntaba 
más !.\rriba como «¡.vciiisivas de la mujer. Quiero decir símple- 
mentp i¡iie la mayi,i¡;, iig las mujeres, colocadas en la obli- 
gación .ie elegir miii profesión u oficio para ganar su subsis- 



1Ü4 



¡iidependciwiii económica de la mujer 



tenciu, upturúii pur la que mús eii unnonia esté cun las condi- 
ciunes de su carácter; y sólo las naturalezas excepcionales, 
eligirán la ingeniería,, la carrera naval, la aviación u otra de 
las que requieran gran energía física y valor moral. 

Por otra parte, la cuestión de la competencia profesional 
constituye un problema económico de múltiples fases. 

Si por un lado es mayor el número de los que piden trabajo, 
y por lu tanto, menor su retribución; por otro lado, la mujer 
que trabaja no necesita ya del apoyo material del padre, her- 
mano o esposo, disminuyendo de este modo las salidas y los 
gastos del hombre. 

Y queda así, de nuevo, restablecido el equilibrio económico 
dentro de la familia. 



Para hacer práctica esta aspiración, es necesario ante todo 
que lu educación de la mujer sea orientada en este sentido, 
y haga evolucionar la opinión pública, no ya solamente en ei 
respeto a la mujer que trabaja, que ya es conquista definiti- 
va en la mayoría de los países, sino en el de una reprobación 
manifiesta o tácita a toda mujer que aprovechando del tesoro 
de las conquistas modernas, y consumiendo sin producir en 
ninguna rama de la actividad humnim, constituye una rémora 
y un parásito de la civilización. Estas actividades pueden ser 
también las del hogar, c\iundo la presencia de la mujer en él 
sea indispensable; pero aún así, la nuijer debe tener siempre 
en su mano la posibilidad de arrostrar con ventaja la lucha 
por la vida, de por sí, y con sus propias fuerzas. 

El mismo descrédito que recae sobre el hombre joven y 
fuerte que no dedica sus actividades ai provecho común, debe 
recaer con la misma justicia sobre la mujer sana y robusta 
que no aporta también su ci)ntingente de trabajo al bienestar 
de la humanidad 

El establecimiento de escuelas profesionales para mujeres, 
anexas a las e.scuelas primarias superiores, es el corolario 
obligatorio de esta proposición, así como la admisión de la mu- 



Independencia económica de la mujer 



105 



jer al mismo título que el hombre en todas las carreras liberales 
y en todos los puestos públicos. 

No se me oculta que deban pasar muchos años todavía, an- 
tes de que las mismas mujeres acepten el deber del trabajo, 
como uno de los tantos ineludibles deberes de la existencia; 
pero entretanto, toca a las convencidas, predicar con la pala- 
bra y el ejemplo, el próximo y feliz advenimiento de una épo- 
ca mejor. 

CONCLUSIONES 

1. " No existe ninguna razón de orden psíquico, fisiológico, 
ni moral que impida a la mujer desempeñar una profesión. 

2. ** No está demostrado en forma alguna que la institución 
de la familia peligre por que la mujer trabaje dentro o fuera 
del hogar. 

5." «La mujer debe ser ante la ley todo lo que ella pueda 
ser por su naturaleza». 

4. » La mujer no puede esperar ya del matrimonio un segu- 
ro contra la miseria, pues día a día es mayor el número de 
mujeres célibes que registran las estadísticas. 

5. " La mujer casada está expuesta a quedar viuda o a di- 
vorciar, quedando en la mayoría de estos casos sin recursos 
suficientes para hacer frente a su subsistencia y aún a la de 
sus hijos. 

6. ** La mujer sin recursos y sin aptitudes educacionales pa- 
ra el trabajo está abocada a una de éstas terribles saljdas: la 
prostitución, la mendicidad más o menos disfrazada, o el sui- 
cidio. 

Admitidas estas conclusiones, es necesario reconocer como 
indispensables las siguientes 

Proposiciones 

Toda mujer está en el deber para consigo misma, para con 
los hijos que un día pueda teirer, y para con la sociedad, de 
elegir una profesión u oficio en su edad adolescente y de per- 



Independencia económica de la mujer 



feccionarse en él hasta hacerse económicamente independiente. 

— Deberá establecerse una escuela profesional para muje- 
res, anexa a cada escuela primaria superior. 

— Todas las carreras liberales deberán ser abiertas legal- 
mente a la mujer al mismo título que al hombre. 

— Debe existir la misma libertad en la elección de carrera 
para la mujer que para el hombre. 



ÍNDICE 



ÍNDICE 



Prólogo 7 

El problema de la educación en nuestro ambiente |9 

Valor pedagóüJico de los Desfiles y Fiestas Escolares ... 53 

Proyecto de Reglamento para las Escuelas de Práctica . . 53 

iVlisión de la mujer como madre y como educadora 75 

El Día del Arbol 85 

La justicia humana y la justicia natural S9 

Independencia económica de la mujer i)5 



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Novela con' un próTogo dé BUxen . . . \ . .. ... ;"• l.po ', 

Mateo Magariñoa Borja. — La familia Gutiérrez. Novela " O.SO 
Vicente Martínez Cuitiño. — Rapsodias paganos. Versos " O.-lO 



HOMENAJE A JOSfa ENRIQUE RODÓ 

La repatrioclón de los restos de este principe de los letras 
dló motivo 'a un homenaje en el que Intervino lo más repre- 
sentativo de lo Intelectualidad americana: profesores univer- 
sitarios, fllósofos, Uterotcs y críticos, contribuyeron con su sa- 
ber, estudlondo en sus diversos foses lo personalidad de cstu 
eminente ortlsta. maestro de lo Juventud americano Estos tn\- 
bajos formón este volumen, que contiene 224 páginas, con un 
retrato y pensamientos de Rodó, cuyo precio es de $ 1.20. 



LOS NUEVOS .FUNDAMENTOS 

Por Emilio Frugonl. 

En esta obra se han recogido los discursos pronuncisidcis 'pnf 
fruffoni, en la .Asamb!t^a"Conslituyente que reformó la Con.sti- 
luciún uruguaya d¿"'18ÍO. Estos ' discursos no tienen süíamento 
«n valor de circunstancia y de oratoria inspirada, sino que 
.taniblón constituyen profundos estudios de varios tópicos fiiri-^ 
dáiiieñtalés''en lo ciencia social.^' 0.60. 



PROCESO HISTÓRICO DEL URUGUAY 

Por A. Zum Felde. 

Es i-sta obro un estudio de la clvilizoción uruRruayn. sobr'' 
todo su aspecto pclltico, hecho con gran riqueza ríe «latos y 
íilzxiAn sentido de In critica histórica. $ 1.50. 



ÓRltlCA DÉ LÁ ÜTÉRATÜRA URÜGUÁVÁ. 



Pop a. Zum Felde. 

Los autores represeAtatiyos de la evolución, literaria , del.. país... 
están estudiados separadamente en esta obra, con ,1a extensión, 
quo exige cada uno, formando un cuadro sintético de la. historia 
de la literatura uruguaya. % 2.00. 

EL ULTIMO HIJO DEL SOL 

Pop Carlos M. Princivalle. 

Es éste el pi-lmer poema en verso de autor uruguayo, que se 
ha estrenado en Montevideo. Desarrolla un episodio de amor, 
de fe y de odio, en que se resume un momento y un aspecto 
de la comiulBta del Perú por los españoles. | 0.60. 

.VIVIR 

Por el Dr. Voronoff. 

Es esta la única traducción española de la sensacional obra 
de Voronoff, sobre la prolongación de la vida, mediante el In- 
jerto de las glándulas. A su valor clentiflco une esta obra un 
alto valor literario, por su hermosa forma, que recuerda la 
pluma de otro sabio francés: Claudio Bernard. | 0.80. 

PASAR 

Por Matee Magariños Solso'na. 

Notable novela uruguaya, cuyos capítulos preliminares se 
desarrollan en Parfs; pero que es un cuadro palpitante, en su . 
iconjunto, de la vida uruguaya, tanto en la ciudad. como en el 
campo. S 1.00. 

EL CAUDILLAJE CRIMINAL EN SUD AMERICA 
Por Florencio Sánchez. 

Estos son unas páginas fuertes del dramaturgo uruguayo, on 
las quo se dibujan con rotundos rasgos, las siluetas de algunos 
caudillos. Tiene gran valor Oociimonturio y de emoción. ( 0.25. 



Por Toreia Santos da Bosch (F'abioia). 

Bate «S 'tUaJibro lleno -de ásndeza y gracia femenina, muy 
estimada, pori.las mujeres .uruguayos. $ 0.66. • ' • 

laio- 

Por.iYamandú Rodríguez. 

Poema en . verso, dramático y en tres actos, en; el que se des- 
arrolla un emocionante episodio de la lucha por la indepen- 
dencia en el Río de la Plato. $ 1.20. 

RAfZ SALVAJE 

Por Juana de Ibarbourou. 

Bajo aquel titulo, la inspirada. poetisa urui^ayo ha agrupado 
HU última obra poética Inédita, que es, como suyo, de gran 
valjr lírico y do encantadora originalidad. | 1.00. 

EL NUNCA USADO MAR 
Pdr Emilio Oribe. 

Colección de poemas, dividido en cuatro partes: I El' Libro 
de Maruja, versos del amor puro y sereno, II La Gracia del 
^iro'y del Mar, visiones del océano y de las playas y ciudades, 
coa BUS símbolos celestes y el afán civilizador. III Oda heroica 
ai viento de las Pampas, extenso canto en el que se ensaya una 
forma origli\p,l, no usada en castellano, con la cual se consigue 
darle al verso la armonía bárbarai del gran viento del sur. 

El niffo desnudo, versos Intimos, meditaciones del olma o- 
dentro. En síntesis, "El nunca usado mar" no es otra cono, que 
el espíritu del poeta cantando mientras se halla difundido en 
el mar. 9 1.00. 

LENGUAS DE DIAMANTE 

Por Juana de Ibarbourou. 

Aparecerá en breve una nueva edición de esta hermosa obra. 



ibÉAS SOBRE ÉDÜCACIÓM 



Por Luisa Luisi. 

Estos estudios pedagóericos son el rosultado de la observación 9 
directa sobre el ambiente vivo de nuesti*aa escuelas. Dice el ' 
prologuista, Dr. Vicente Mercante: "Conocí a In Sto. Luisa Lulsi, 
leyendo sus versos con el mismo encanto con que lela a Teó-j; 
crito. Sófocles. Darío o Ñervo, antea de escribir "Frenos". Me 
seducían los temas, la forma. I?, simplicidad elocuente de la 
estrofa: la manera de ver los fcnómunoa, de penetrar en los in- 
teriores, de sentir el alma de las cosa^, en Im&erenes de una 
incomparable belleza " 

"Luisa Luisi. CQmo Ada Negti. es educacionista; consagra 
parte de su tiempo u la literatura didáctica, abordando temas 
de circunstancias, ya sociales, "yu profesionales, que. como los. 
de este libro, son de una concepción madura y se resuelven en 
Indicaciones que se destacan por>; su penetración y claridad. 
Pienso como ella, que "el problema de la educación en nuestro 
ambiente" :es moral, ligado íntimamente al car&cter y a la cul- 
tura. ..."• 



Obras del mismo Autor: 

SENTIR... - Poesía - 1916 - (Agotada). 
EDUCACIÓN ARTÍSTICA - Prosa - 1919. 
INQUIETUD - Poesía - 2.«^ edición - 1922. 
IDEAS SOBRE- EP.UC ACIÓN - Prosa - 1922. 



En preparación: 

A TRAVÉS DE LOS LIBROS - Crítica literaria. 
POEMAS DE LA INMOVILIDAD - Poesía. ' 



TALLERES GRAFICOS DE LA ESCUELA INDUSTRIAL N.» |